Isabella El trayecto a casa transcurrió en silencio, pero algo me decía que todo había cambiado. Y se debía a que las manos de Liam no estaban donde solían estar. No estaban ambas sobre el volante, como él las mantenía cuando conducía concentrado, ni su mano derecha descansaba con desidia en la consola, como hacía cuando estaba relajado. En cambio, estaba sobre mi muslo. La primera vez que la posó allí, pensé que había sido un accidente. Un error. Algo que nunca había ocurrido antes y que simplemente había sucedido en ese momento. Pero, tras retirarla para cambiar la marcha de reversa a directa, volvió a colocarla en el mismo sitio. Sus dedos trazaban a veces dibujos distraídos sobre mi piel, provocándome un escalofrío. Cada vez, yo me estremecía e intentaba ocultar mi verdadera rea

