Leon Enterré el rostro entre los muslos de Isabella; su ropa interior ya había quedado tirada en algún lugar del suelo, y su calor y su respuesta deshacían hasta el último hilo de contención al que me aferraba. Ella se esforzaba al máximo por guardar silencio. Demasiado. Pero su cuerpo la traicionaba: se tensaba, temblaba y reaccionaba a cada movimiento lento y deliberado que yo le provocaba. A cada roce rápido de mi lengua contra su clítoris. La forma en que sus dedos se aferraban a mi cabello me decía todo lo que ella no podía expresar con palabras. Quería más. Y eso, por sí solo, bastaba para hacerme perder la cabeza. No me detuve. No podía hacerlo. No cuando por fin la tenía así: abierta, receptiva, mía de una manera en que nada más en este mundo lo había sido jamás. El sonido

