León Mateo tropezó al verme. —¿Señor Branston? —preguntó. Lo vi fruncir el ceño. Vi la preocupación en sus ojos; sin duda, reaccionaba a mi mirada. No me importaba. No podía importarme. —Las llaves del coche —le dije, extendiendo la mano para que las dejara. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó las llaves, pero no me las dio. —Señor Branston, si quiere ir a algún sitio, no me importaría llevarlo. No creo que tenga ganas de conducir ahora mismo. El sonido de la puerta de mi oficina abriéndose a mis espaldas hizo que ambos nos volviéramos. Antonia estaba allí, con cara de que iba a llorar otra vez, pero ¿por qué demonios me iba a importar ahora? Me volví hacia Mateo. —Las llaves del coche —exigí de nuevo. —Señor Branston… —¡Dame las malditas llaves, Mateo! —e

