Lucía cae rendida en la cama apenas apoya la cabeza en la almohada. No sabe cuánto tiempo pasa desde que cierra los ojos hasta que el sueño la vence por completo. Está agotada, física y emocionalmente. Demasiadas cosas en un solo día: la cena con el señor Magnus, la conversación con Alexander, esa casa que parece respirar secretos por cada rincón. Un sonido seco, insistente, golpea su puerta, haciéndola despertar de forma brusca. Se incorpora sobresaltada y confundida. La habitación está casi a oscuras, apenas iluminada por la luz tenue del reloj digital que marca las doce menos cuarto de la noche. —¿Quién podría ser a esta hora? —murmura, con voz adormecida. Los golpes vuelven a sonar, más firmes. Lucía suspira, se pone de pie y camina hasta la puerta, frotándose los ojos. Gira el pica

