—No, para nada. Me estoy portando como un maldito santo, te lo juro —me mofó, intentando quitarle hierro al asunto legal que arrastro en los bolsillos. Ella sonríe con un deje de diversión a pesar de la gravedad de la situación actual, pero su expresión se vuelve seria en un parpadeo. Estira la mano sobre la colcha y toma la mía entre sus dedos delgados, apretándola con una fuerza sorprendente para su estado. —Silas... —Empieza, y sé que viene el discurso que he estado intentando evitar—. Necesitas madurar, hijo. Necesitas ser el hombre que yo sé que puedes ser, el hombre que llevas dentro y que insistes en esconder detrás de esas noches salvajes. Ya no quiero volver a ver tu nombre en esos titulares amarillistas de porquería. Me destroza el alma. Eres un hombre exitoso, sumamente talent

