Hago el amago de esquivarlo, pero él da un paso al frente, bloqueándome el pasillo que conduce a los vestuarios privados. El aroma de su sudor mezclado con una colonia barata me golpea la nariz, haciéndome apretar los puños a los lados del cuerpo. Es el tipo de personaje sin clase que, por más dinero, siempre va a parecer un gánster. —Vamos, Audrey, no seas tan dura conmigo. Ya no estás en posición de mirar a nadie por encima del hombro —dice, y su tono es una caricia babosa que me ofende hasta la médula—. Todos en la ciudad sabemos que tus contratos han ido directo al pique. Los audios filtrados te han dejado la reputación más negra que el carbón, preciosa. Eres una actriz en desgracia. Una paria. Nadie en el cine comercial te va a tocar ni con un palo de diez metros durante los próximo

