El aire frío me azota el rostro mientras camino a pasos apresurados por el patio central del colegio. Llevo mi abrigo ajustado hasta el cuello y la tablet con mis partituras apretada contra el pecho, buscando en la rutina diaria la cordura que la noche anterior me arrebató por completo. Todavía siento el pulso acelerado. Todavía siento el fantasma del roce de sus labios sobre los míos, la presión sutil pero imperiosa de la mano de William en mi nuca y el olor a maderas nobles y tabaco caro colándose por mis poros. Apenas pude dormir un par de horas. Cada vez que cerraba los ojos, el eco de su voz ronca volvía a retumbar en mi cabeza, alejando el sueño y los pensamientos coherentes. Suelto un suspiro amargo, viendo cómo el vapor de mi respiración se disipa en el ambiente helado. Me niego

