El sonido de las teclas bajo mis dedos es la única ancla que me sostiene en este presente. El aula de música del Colegio resuena con la melodía entusiasta, aunque a veces desafinada, del coro de segundo grado. Observo a las niñas vestidas con sus impecables uniformes de falda a cuadros, cantando con los ojos muy abiertos y las mejillas sonrojadas por el esfuerzo. Se están preparando para el recital escolar de final de mes, y marcándoles el ritmo con una sonrisa serena, siento cómo una extraña paz intenta asentarse en mi pecho. Volver a dar clases de música, sumergirme en la docencia y reconectar con mi vocación ha sido el único salvavidas que me ha mantenido a flote durante estos dos últimos dos meses. Trabajar en este reconocido colegio de señoritas me devolvió la estructura, la indepen

