Punto de vista de Rosie
Estaba nerviosa, sin palabras y agotada. Pronto, Harry estaría aquí, para reclamar la custodia de los niños.
El sudor me cubría el rostro mientras miraba a mis cachorros en la cuna; sus llantos agudos iluminaron mi expresión, hasta que su voz volvió a sonar.
Sonaba como si estuviera bajo presión, sus ojos apagados se clavaban en los míos.
La piel se me erizó; tal vez el destino estaba destinado a ocurrir de esta manera.
—Déjalo entrar —murmuré, tragando con dificultad. Ella se fue y, en cuestión de segundos, regresó con el hombre que decía ser el padre de mis hijos. Sin embargo, mis expectativas se desmoronaron al ver quién era en realidad.
—¿Larry? —murmuré, quedándome helada en la cama, perturbada. Era el gerente del burdel donde me habían capturado.
El ambiente se volvió sombrío, y una tristeza repentina me invadió.
—¡Por fin te encontré, perra! —gruñó él, mientras sus hombres mostraban un rostro amenazante, dispuestos a cumplir sus órdenes.
Uno de los guardaespaldas arrastró una silla cerca de donde yo yacía.
Mi cuerpo temblaba, temía que Harry llegara pronto. Necesitaba deshacerme de esos visitantes sin escrúpulos en mi habitación. Intenté parecer valiente, porque sabía que este hombre se alimentaba del miedo ajeno.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté fríamente, exhalando despacio.
—Vuelve al territorio, Rosie —escupió de sus labios, y fruncí el ceño. No podía estar hablando en serio.
—¡No! —le grité, llena de furia. Ya había arruinado mi vida una vez.
—No me importa si dices que sí o que no, ¡te llevaré de vuelta!
La historia no tenía sentido. ¿Por qué quería que volviera? El trato ya estaba hecho.
Las voces de mis bebés se alzaron, necesitaban que los alimentara, necesitaban mi atención.
—No voy a regresar, Larry, ¡tengo todo el derecho a mi vida! —repliqué, intentando incorporarme en la cama, cuando de pronto él chasqueó los dedos.
El segundo guardaespaldas se acercó rápidamente a la cuna y tomó a mis pequeños. Él parecía furioso, como si hubiera buscado por todo el mundo para encontrarme.
Abrí los ojos de par en par y reuní fuerzas para alcanzarlos, pero Larry se levantó y bloqueó mi camino.
—Devuélveme a mis bebés —grité, intentando apartarlo, pero él me empujó con fuerza hacia atrás y caí de rodillas.
—¡Zorra! ¡Ese alfa me tiene en la mira por tu culpa!
—¿Qué? —pregunté aterrada, casi perdiendo el conocimiento mientras luchaba por recuperar a mis hijos de las manos de sus brutales guardaespaldas.
Me agarró del cabello y me obligó a levantar la cabeza, mirándome con odio.
Entonces, de sus labios salió la revelación: el alfa Darrell me había estado buscando desde aquella noche.
Mintieron. Me escapé, pero él seguía viniendo detrás de mí como una sanguijuela.
Aun así, no quiero tener nada que ver con ningún alfa; esa es la decisión que tomé.
—¡Devuélveme a mis bebés! —protesté con lágrimas que casi ahogaban mi voz.
Mi cuerpo dolía; acababa de dar a luz y mantenerme de pie era difícil.
—¡Solo te los devolveré si regresas! —gruñó con un tono burlón. Sus ojos se oscurecieron y la piel de su rostro se tensó.
Cerró los puños, transformando sus manos en garras, y supe que podría golpearme si lo consideraba necesario. Sentí un dolor agudo en la parte baja del abdomen; los bebés lloraban y mi cabeza palpitaba.
Mil pensamientos pasaron por mi mente. No puedo volver allí. Nunca. Ese territorio es una pesadilla para mí. Tampoco quiero enredarme con ningún alfa.
Sabía que Larry hablaba en serio cuando me dijo que debía regresar. Si volvía, sería una gran ganancia para ellos; el alfa podría recompensarlo.
—Si no vienes conmigo, le daré tu ubicación —dijo sin una pizca de emoción.
Apreté los dientes, tragué saliva con dificultad y respondí:
—Treinta por ciento. Te prometo el treinta por ciento de mis ganancias si mantienes en secreto mi paradero —murmuré, tratando de no llorar.
No podía mostrarme débil frente a él; eso solo me haría parecer insignificante. Una cosa que me he prometido es no ablandarme jamás con la gente que desprecio.
Soltó mi cabello, y yo jadeé suavemente, corriendo a tomar a mis hijos de las manos de esos malditos guardaespaldas. Los abracé con fuerza, besé sus frentes y lloré.
Larry se ajustó los puños de la camisa, carraspeó y se sentó de nuevo en la silla. Chasqueó los dedos, cruzó las piernas y me observó fijamente.
—¿Cómo puedo confiar en ti? Ni siquiera sé si tienes algo entre manos…
—Tengo una pastelería, y está prosperando —interrumpí, fulminándolo con la mirada llena de odio.
Mi cuerpo temblaba, pero no aparté los ojos de él.
Sonrió con satisfacción. Larry solo amaba una cosa: el dinero. Todo lo que necesitábamos era firmar el contrato, y yo estaría libre de su amenaza.
—Cincuenta por ciento —negoció en voz baja.
—¡Larry! —exclamé, indignada.
Él agitó su teléfono frente a mi rostro, recordándome que tenía el contacto de Damian y que una sola llamada bastaría para traerlo.
Apreté los labios. Por mis hijos… no me importaba ceder.
—De acuerdo —dije al fin, y él pareció complacido mientras yo volvía a sentarme en la cama.
Con un chasquido de sus dedos, ordenó al primer guardaespaldas que imprimiera un documento de acuerdo que nos vincularía.
Volvió en un instante, como si ya lo tuviera preparado de antemano.
Yo también fui rápida al firmarlo; quería hacerlo cuanto antes para poder amamantar a mis pequeños. Además, necesitaba que Larry y sus hombres se marcharan, porque su presencia me ponía los nervios de punta.
—Solo prométeme que no revelarás mi ubicación —le exigí, recobrando un poco de fuerza al tener a mis hijos conmigo.
—Trato hecho —gruñó con tono siniestro y se marchó junto a sus guardaespaldas.
Apenas se fue, Harry entró. Lo vi echar una mirada hacia afuera antes de rodar los ojos hacia mí.
Llevaba una expresión triste; podía ser fuerte frente a cualquiera, pero no frente a Harry.
—Hey, preciosa, ¿pasa algo? ¿Vino alguien? —susurró, acercándose a mí mientras dejaba los paquetes que traía en el sofá cercano.
No pude pronunciar ni una sola palabra. Cuando estuvo lo bastante cerca, lo abracé con fuerza, sosteniendo a los niños entre mis brazos.
Parecía sorprendido por mi manera de acercarme.
—Por favor, sácame de aquí —dije, enterrando mi rostro en su hombro.
Él me envolvió en sus brazos, acariciando suavemente mi espalda.
—Está bien, ya estoy aquí —me aseguró con un suspiro.
Me sentí segura en sus brazos; en su abrazo, el mundo pareció detenerse sobre su eje. No existía el tiempo, ni el viento, ni la lluvia. Mi mente estaba en paz.
La negociación con Larry había sido arriesgada, pero jamás se lo contaría a Harry. Podría complicar las cosas o tratar de enfrentarse a él.
Se apartó un poco de mi abrazo cuando los niños comenzaron a llorar otra vez. Reímos juntos mientras él bromeaba diciendo que eran unos pequeños tigres.
Harry me tranquilizó, haciéndome sentar de nuevo en la cama y preguntándome si me dolía algo.
Solo le dije que me había puesto sensible al ver llorar a los bebés, y él me tomó el pelo diciendo que era normal, ya que era mi primera vez como madre.
La vida con él era divertida, siempre estaba ahí para sacarme adelante.
Amamantar a los niños era como el comienzo de una nueva guerra mundial; me agotaban por completo.
Sin embargo, con Harry había esperanza. Me estaba encariñando con él, sobre todo cuando lo veía cuidar a mis hijos como si fueran suyos.
¿Habría cambiado todo si nunca nos hubiéramos conocido?
¿O nunca habría aprendido a decir adiós?