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Creía haber estado enamorada antes, pero me doy cuenta de que jamás había sentido lo que era amar de verdad hasta que Dominic ha arrasado con todo de mi. Nuestra boda es perfecta. En un parador idílico de Italia: un castillo de piedra mediano con un gran jardín tan verde que contrasta de maravilla con las sillas blancas que se extienden delante del altar de ceremonias. Es el sitio de mis sueños. Quizás demasiado grande para los pocos que somos, pero Dominic insistió en que, aunque fuéramos solos los dos, este sería nuestro lugar. —¿Señora Russo? —Dan dos toques en la puerta y la entreabro un poco—. Hay un hombre en la recepción que dice ser el padre del señor Russo, pero no está en la lista de invitados. Joder. —Dame un segundo —le pido, antes de recoger mi bata de seda blanca del resp

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