El cuarto de lavandería era una celda.
No tenía barrotes, pero la humedad, el olor a detergente barato y el constante murmullo de las tuberías lo hacían sentir más opresivo que cualquier prisión. Era un cubículo minúsculo al final del ala de servicio, y por la ventana sucia solo podía ver la pared exterior de la casa de la manada. Era un lugar para guardar cosas olvidadas. Era mi nuevo hogar.
Xavier, el Alfa que la Madre Luna había decidido que me pertenecía, me había asignado a este rincón con una frialdad quirúrgica. Su declaración pública —“una invitada temporal con derecho de refugio. No tiene estatus político”— resonaba en mis oídos. En lugar de convertirme en la Luna de su manada, me había convertido en su humillante secreto personal.
Mi cuerpo aún dolía por la caminata y los rasguños de la cerca, pero el dolor más punzante era el rechazo de Xavier. No era solo su desprecio; era el grito agonizante de mi propia loba, que se había lanzado a los pies de su Mate solo para ser pateada. El Vínculo era una cuerda tirante que unía dos corazones que se detestaban, y esa tensión era física, un nudo constante en mi estómago.
El Gamma que me había escoltado había dejado una manta vieja y una bandeja de comida escasa sin decir una palabra, evitando mi mirada. No los culpaba. Las reglas del Alfa eran claras: no honrarla.
Me senté en la manta, apoyando la espalda en la pared fría. Mi mente se negó a descansar. Había sobrevivido al destierro, pero ahora estaba atrapada en el centro de la Manada Luna Ancestral, con un Alfa que me odiaba y un secreto que me devoraba.
Tenía que confirmarlo. Tenía que saber si el terrible acto de Weide había tenido consecuencias definitivas.
Mi ciclo era errático desde que el trauma me había golpeado. No había estado atenta, solo centrada en sobrevivir. Pero la punzada de dolor que sentí en el bosque y la náusea ligera que me había despertado esta mañana eran signos que, incluso una Omega agotada, no podía ignorar.
Me levanté y me dirigí al pequeño fregadero, abriendo el grifo. El agua salió fría. Me mojé la cara y me miré en el espejo deslustrado. Mis ojos estaban hundidos, pero mi mandíbulo estaba apretado por una nueva determinación.
Tenía que ser muy, muy precavida. Tenía que monitorear mi cuerpo día a día, con la esperanza de que solo fuera estrés. Si lo revelaba ahora, con el odio que Xavier me tenía, me desterraría de nuevo, o peor, usaría al niño como una herramienta de venganza contra Weide, poniéndome en peligro directo. No podía permitirlo. Debía asegurarme y luego decidir cuándo o si lo revelaría.
Me concentré. Puse mi mano sobre mi vientre, que se sentía plano y normal. Cerré los ojos e intenté sentir la vida allí, un instinto que las lobas poseen. Solo sentí miedo, y el nudo del Vínculo.
No hay nada. Solo es el pánico, Madeline. Es el hambre.
Traté de convencerme, pero el olor del cordero frío que me habían dejado en la bandeja me revolvió el estómago. No me atreví a probarlo. Necesitaba estar alerta, no debilitada por las náuseas.
De repente, la puerta de mi cuartucho se abrió sin avisar.
Xavier estaba allí, ocupando el marco. Su aura de Alfa era tan vasta que parecía que el espacio se había encogido. Me puse inmediatamente de pie.
—Las Omegas no se sientan a holgazanear. Hay trabajo. —Su voz era baja y resonaba con autoridad.
—Haré lo que se me pida, Alfa —dije, usando su título como escudo.
Me ignoró. Su mirada recorrió el pequeño cuarto, la manta en el suelo, la comida sin tocar, y finalmente, se posó en mí. Por un instante, pude jurar que el hielo de sus ojos se quebró, viendo no a una Omega problemática, sino a una persona en un estado lamentable. Pero fue fugaz.
—Tu trabajo será en la cocina. Limpieza. Y luego trabajarás en la biblioteca de la manada. Silencio absoluto, ¿entiendes? —ordenó, acercándose. Su olor me golpeó, potente y puramente masculino, y mi loba gimió silenciosamente por el contacto que él no daría.
—Entendido.
Estuvo a punto de irse, pero se detuvo. Giró su cuerpo grande y rígido, mirándome con una intensidad que me hizo tragar saliva.
—Te alimentaremos, y te daremos seguridad —dijo, su voz más suave, pero no menos fría. Era una declaración de hechos, no una ofrenda de paz. —Pero no pienses que eres bienvenida, Madeline. Eres un error que debo corregir. Y cualquier intento de deshonrar a esta manada o a este Vínculo será castigado con el destierro definitivo. ¿Está claro?
—Perfectamente, Alfa.
Se fue tan rápido como había llegado, dejando tras de sí un vacío poderoso. Y aunque la amenaza era clara, por primera vez en días, tenía un objetivo: trabajar, pasar desapercibida y, sobre todo, ocultar el secreto que tal vez crecía. El tiempo era mi único aliado.