Le doy la espalda de inmediato, sin permitirle un segundo más de protagonismo en mi miseria, y camino por el pasillo a paso firme hasta llegar a la clase de Biología. Al cruzar el umbral, en verdad fui sincera con cada una de las palabras que escupí; jamás mentí al respecto en lo que dije, y lo único que pido en este punto de quiebre es que ella entienda de una vez por todas que no la quiero, ni la quiero volver a ver cerca de mi vida. —¡Muy bien chicos, hoy tenemos a una estudiante nueva! —anuncia la profesora con una energía que choca violentamente con mi estado anímico. Una chica mulata, con el cabello largo y perfectamente trenzado, entra al aula con paso sereno; lo primero que noté de ella no fue su físico, sino esa extraña calma que irradiaba a su alrededor, una especie de armadura

