Cuando siento que la punzada aguda se disipa, un suspiro tembloroso y roto escapa de mi boca. Noto cómo su lengua lame sutilmente, con una posesividad enfermiza la pequeña marca en mi hombro para volver a cubrirla con la tela de mi ropa. En el preciso instante en que la niebla mental se disipa y mi cuerpo vuelve a estar bajo mi propia voluntad, me alejo de un golpe seco, empujándolo con toda la fuerza que me queda, indignada y aterrorizada por lo que acababa de hacer. —¡¿Q‑Qué diablos me hiciste?! —grito con el corazón en la garganta, temblando de pies a cabeza mientras me llevo la mano al lugar de la punzada—. ¡Me has mordido! —No te hice nada que no debiera —se encoge de hombros con una tranquilidad que me desquicia, como si acabara de saludarme—. Nada de lo que tú, en el fondo de tu a

