Nuestro propio paraíso terrenal. Nos quedamos así, colapsados el uno sobre el otro, fundidos en un abrazo que duele tanto como reconforta. El silencio regresa al salón, pero ya no es el silencio gélido de antes. Ahora es un silencio denso, cargado con el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas, el único ruido que llena la estancia mientras el sudor se enfría sobre nuestra piel. Su peso sobre mí es el ancla que me impide salir flotando hacia la miseria de mis decisiones. No decimos nada por unos segundos. No hay palabras que puedan arreglar lo que hemos roto, ni promesas que puedan sobrevivir a la luz del día. Solo queda el eco de la piel, el rastro de las uñas en la espalda y la amarga certeza de que, aunque nos hayamos entregado con este desespero, el reloj sigue avanzando hacia

