—No, no quiero escuchar que te tomara tiempo —continúa, su tono volviéndose más tajante—. Manipula la maldita nota si es necesario, pero ponla sobre mi escritorio en una hora. No más. Gabriella es nuestra cliente y pagó por nuestra protección, así que haz que la otra parte parezca el villano. Punto. Termina la frase, se quita el auricular de la oreja y lo arroja sobre el escritorio con un gesto de hastío. Se detiene frente a los grandes ventanales que dominan la oficina, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad que parece rendirse ante él. —Eres muy difícil de encontrar, ¿sabes? —le digo a modo de saludo, intentando que mi voz no tiemble. Él suelta una risa seca y toma asiento en su silla, esa que domina la habitación como un trono. —Las personas interesadas siempre saben dónde est

