Me quito las gafas de sol con una lentitud deliberada. Mis ojos están cansados, tienen la huella de una noche de desvelo y sin tener aún café decente, pero están fijos y sin parpadear. —El comunicado del señor Sterling habla por sí solo —digo, y mi voz proyecta una autoridad que no sabía que poseía, una fuerza aprendida a base de los golpes emocionales de este último mes—. Hoy se ha disuelto una unión legal de mutuo acuerdo ante un juez. Soy una mujer libre, residente legal de este país y, sobre todo, la única propietaria de este establecimiento. —¿Recibió una pensión millonaria para guardar silencio? —pregunta otro reportero, empujando su cámara hacia mi rostro. Sonrío. Es una sonrisa gélida, desprovista de cualquier calidez, la misma que le daría a un cliente grosero que intenta devol

