El aire dentro del auto seguía cargado de tensión mientras avanzábamos por las calles desiertas. Uno de los hombres, sentado en el asiento del copiloto, rompió el silencio con una orden firme: —Detente en el próximo estacionamiento subterráneo. Dejaremos el auto ahí. Asentí sin decir una palabra, girando el volante hacia la entrada de un estacionamiento que se encontraba a pocos metros. Las luces fluorescentes iluminaban el espacio con un tono frío y desolador mientras descendíamos por la rampa.El sonido de los neumáticos sobre el concreto resonaba en el espacio vacío, amplificando la sensación de aislamiento. —Aquí está bien —dijo el hombre, señalando un lugar apartado cerca de una columna. Apagué el motor y me quedé en silencio, observando cómo los hombres comenzaban a moverse con ra

