El pasillo del edificio de Asher olía a madera vieja y café recién hecho. Siempre había sido así, como si el tiempo ahí dentro se resistiera a marcharse del todo. Toqué dos veces la puerta. Me abrió con la misma cara de siempre: cejas arqueadas, con la corbata de la camisa ya deshecha, y una mirada que sabía demasiado. —Tienes cara de miércoles… y hoy es viernes. —¿Y si te digo que los miércoles se sienten mejor que yo ahora? —respondí, empujando la puerta con el hombro. Asher solo se hizo a un lado. No necesitaba más palabras. Él a veces solo sabia que los tragos venían después de los silencios, no antes. Me dejó un vaso en la mano antes de que pudiera pedirlo. Whisky barato, pero honesto. Como él. Nos sentamos en la sala. La luz tenue, música instrumental apenas audible desde su com

