Capítulo 3

1321 Words
  Punto de vista de Cecilia   Xavier estaba justo detrás de mí, su cara congelada por la furia.   Mi compañero lobo—bueno, más bien ex—presenciaba la escena completa, sin perderse ni un detalle.   Me giré para mirar al grupo, y mis ojos fueron a parar directo a la chica del corte pixie, acurrucada en la esquina del sofá. Hace apenas un rato, estaba toda confiada cruzando las piernas, rizándose un mechón con el dedo y luciendo esa sonrisa de "ya gané". Ahora tenía el rostro torcido, con una mirada que si pudiera, me degollaría ahí mismo.   Así que aquí era donde hacían sus "reuniones". Por el modo tan relajado en que hablaban todos, claramente no era la primera vez. Ya ni disimulaban, salían juntos sin siquiera intentar esconderlo.   Xavier dio un paso al frente, liberando todo su aura de Alfa al entrar en modo autoridad total.   Como si de repente alguien jalara las cuerdas, todos en la sala entraron en acción.   "Luna Cecilia, lo sentimos muchísimo, solo estábamos hablando tonterías," balbuceó uno, soltando el título ‘Luna’ como si ya no valiera nada.   "Luna Cecilia, no hay nada entre Xavier y la señorita White," agregó otro, en tono desesperado.   "Luna Cecilia, por favor, no malinterprete nada."   Xavier me tomó de la muñeca, su agarre firme como si pensara que podía arrastrarme afuera como si nada. Nuestra conexión, a medias rota, chispeó dolorosamente con su contacto, como una bofetada del pasado.   Me giré de pronto y le lancé mi trago directo a la cara.   Silencio absoluto.   Todos se quedaron estáticos, como congelados, mirándome con los ojos desorbitados. ¿Una humana enfrentando a un Alfa en público? Vaya bomba.   Si tuviera instinto de loba, ya estaría postrada... pero no era el caso. Solo era una humana harta hasta el tope.   Sonreí con dulzura y solté: "Anda, sigue la fiesta con tu querida... ya no voy a arruinarles la diversión."   Intenté zafar sus dedos de mi muñeca, esa chispa de vínculo estallando cada vez que me tocaba.   Xavier puso una cara que daba miedo, claramente su lobo se estaba saliendo de control. Y sin decir nada, me levantó y me echó al hombro como si fuera un saco.   Todos en la sala: "..."   En el pasillo luché con todo lo que tenía, pataleando encima de su hombro.   El ascensor se abrió justo a tiempo.   Xavier entró conmigo a cuestas, y al girarse, vi a un hombre... un gigante que ocupaba medio elevador con solo pararse. Llevaba un traje n***o que le marcaba los hombros anchos y una postura que gritaba poder. Los zapatos de cuero caro brillaban bajo la luz, y sus piernas larguísimas completaban la imagen de alguien que dominaba sin esfuerzo.   El ascensor se volvió claustrofóbico al instante.   Levanté la vista, sola por curiosidad. Su rostro era afilado, anguloso, una mandíbula como cincelada. Ojos de lobo, gris acero, tan fríos que daban escalofríos. Me miraba como si ya lo hubiera dicho todo sin abrir la boca, labios delgados, expresión de puro desdén. Y aun así, había en él una elegancia altiva, fría como el mármol.   Bajé rápidamente la cabeza. Aunque mis sentidos humanos no eran nada comparado con los de un lobo, incluso yo sentí esa presión. Definitivamente un Alfa... y no cualquiera.   Fuera del club, Xavier me tiró directo al asiento trasero del auto y luego se metió él.   Intenté incorporarme, mareada por tanto vaivén. Todo me daba vueltas, sentía como si me fuera a desmayar.   Él agarró unas toallitas húmedas y empezó a limpiarse la cara.   Miré de reojo y vi un paquete detrás de las cajas de pañuelos—claramente un condón. Las pruebas de su infidelidad estaban por todas partes.   Su voz me atravesó el aire, acusadora: "¿Fuiste a eso, a atraparme en el acto?"   Abrí la puerta para bajarme. Ese carro estaba cargado de veneno.   "¡Cecilia!" gruñó, tirando de mí de vuelta. "¿A dónde crees que vas? ¿No sabes parar?"   Cerré los ojos un momento, presioné los dedos entre sí para calmarme. "Sólo quiero ir a casa," logré decir.   Xavier llamó a Beta Henry, que estaba afuera, para que nos llevara.   Durante todo el camino, no dijimos una palabra. Yo me acorralé contra la puerta lo más lejos de él posible. Mi rostro, pálido como si estuviera a punto de vomitar. Él apestaba a alcohol—un olor fuerte, penetrante, mezclado con un perfume que definitivamente no era mío.   Apenas llegamos a casa, me bajé enseguida.   En la cocina me vacié un vaso entero de agua con hielo antes de empezar a sentirme medio humana otra vez.   Cuando salí, Xavier ya estaba en el sofá. Fui y me senté.   Un nuevo silencio pesado se instaló, como concreto.   Hasta que él habló: "Estaba ahí por negocios. Tú apareciendo así e interrumpiendo todo... me hiciste quedar pésimo. ¿No entiendes lo ridícula que te viste?"   "¿Eso era todo?" pregunté sin alterarme, manteniendo la compostura helada.   "Si todavía quieres que esto funcione, deja de imaginar cosas. No puedo estar lidiando con tus dramas todo el tiempo."   "Entendido. ¿Algo más?" Mi voz estaba firme, plana.   "..." Su ceño se frunció con fuerza. "Cecilia, ¿no te das cuenta de lo pesada que estás siendo?"   Me levanté, con una media sonrisa dibujada en los labios.   Muy pronto, ya no tendrá que aguantarse más.   Subí las escaleras.   Después de ducharme, Xavier se metió en la cama al lado. En la oscuridad, me giré y me arrinconé lo más pegada al borde posible para evitar cualquier contacto físico.   Entre los lobos, tocarse no era cualquier cosa—era un acto sagrado, un lazo que fortalecía la unión. Pero nosotros no éramos verdaderos compañeros, ¿verdad? Nuestro lazo nunca fue real, y ahora solo se estaba desmoronando.   Xavier se giró también y me jaló hasta sus brazos a la fuerza, envolviéndome con un abrazo lleno de rabia contenida.   Su cuerpo, grande y fuerte, me inmovilizó enseguida. Una vez que cerró los brazos, no pude moverme más.   Pasé la noche rígida en sus brazos, imaginando ese mismo cuerpo abrazando a Cici White.   En la mañana, preparé desayuno solo para mí.   Xavier bajó y me vio comiendo tostadas sola. Parecía que se iba a marchar, pero se dio media vuelta y se acercó, inclinándose para susurrarme al oído con cinismo disfrazado de dulzura: "Este finde, ¿vamos en el yate un par de días tú y yo?"   Seguí bebiendo leche, soltando un "Mmm" sin mayor entusiasmo.   Y como era de esperarse, el día antes del finde, canceló otra vez. Tenía que volar a Hong Kong, según él.   No sentí nada. Nada de decepción, nada.   Tal vez ni se había dado cuenta de cuánto tiempo llevábamos sin sentarnos a comer juntos o simplemente pasar tiempo como pareja.   Me advertía que ni pensara en el divorcio, como si eso le preocupara... pero en realidad, me trataba como si ni existiera. Podría desaparecer mañana y ni se inmutaría.   Ese fin de semana empecé a sacar mis libros de nuestro estante. Los guardé en una maleta, lista para mudarme.   Mientras los organizaba, sonó mi celular. Era una llamada rara: Dora.   Contesté con cortesía: "Hola, Luna Dora."   Dora respondió con ese tono repulsivamente arrogante: "Ven. Lo que hablamos antes, es hora de hacerlo oficial."   "¿Es realmente necesario?" pregunté, aunque bien sabía la respuesta.   "Si yo digo que sí, es porque sí," contestó tajante, con toda la frialdad de una anciana Loba.   "Está bien, iré en la tarde."   "A mediodía."   "Perfecto."   Colgué. Podía imaginarme su cara, toda llena de veneno. Seguro tenía preparado algún show enfermo con Xavier y esa rompehogares, esperando que los viera juntos y saliera corriendo. Para ella, solo una loba pura era digna de su querido hijo.   Pero lo que aún no entendía era que eso no me iba a romper.   Fuera lo que fuera que estuviera tramando, que lo intentara. Adelante, querida suegra Dora.
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