Capítulo 7

984 Words
  "Kathleen me contó todo lo que pasó."   La voz estalló de repente, grave y salvaje, como un trueno deslizándose por el cielo; vibró dentro de mi cabeza, haciéndome tambalear como si el suelo se hubiese abierto bajo mis pies. Aunque pasaran mil años, él aún lograba hacerme temblar como la primera vez.   "Pequeña loba, ¿necesitas que te eche una mano?" La voz de Lucien era profunda, ronroneante, suave como una garra deslizándose sobre piel desnuda. Todo mi cuerpo se estremeció.   Se me secó la boca, como si el oxígeno se evaporara. Asentí sin pensar y, al recordar que estaba al otro lado del teléfono, respondí:   "Sí..." Me aclaré la garganta. "Necesito tu ayuda, Alfa Lucien."   Silencio. Tres segundos igual de largos que una sentencia. Pude imaginarlo: ojos plateados brillando como cuchillas, la sonrisa apática pero letal en el rostro, esperando a verme caer.   "Je." Soltó una risa baja, cálida como fuego lamiendo papel viejo. "Valiente eres, pequeña loba. Eres la primera que se atreve a buscarme para pedir ayuda."   El corazón me dio un vuelco.   "Entonces dime, ¿ya pensaste cómo vas a pagarme?" soltó despacio, con esa forma suya de tender trampas con palabras dulces.   Me mordí el labio, dudando un segundo antes de susurrar, "¿Qué quieres?"   "Mucho." Su risa fue ambigua. "Pero no por ahora."   Me prendí en furia, y solté sin filtro: "¡No voy a ser tu juguete! Si todo esto es una broma para ti, ni siquiera debiste llamar."   El silencio se volvió amenazante. Pude escuchar su respiración: profunda, lenta, como la de un depredador oculto entre las sombras.   "Vaya..." murmuró con voz suave, rozando como el viento nocturno. "Al final, la lobita mostró los colmillos... Me gusta eso."   Había algo salvaje en su tono, un deseo crudo, contenido a duras penas.   Mi corazón latía con fuerza. Los recuerdos me golpearon como un torbellino. Hace siete años, no era más que una niña temerosa. Siempre que Lucien se acercaba, mi lobo desaparecía.   Pero eso quedó en el pasado.   Enderecé la espalda y hablé lo más firme que pude. "Las cosas cambiaron, Alfa Lucien. Necesito ayuda de verdad, no un juego. Si no puedes tomártelo en serio, tal vez Kathleen se equivocó contigo."   Pasaron unos segundos pesados antes de que soltara una carcajada helada. "¿Así que ahora cambiaste de táctica? Furia primero, provocación después, ¿eh?"   Tragué saliva, apretando el teléfono hasta que los nudillos se me pusieron blancos.   "No voy a mover un dedo por alguien atrapada en el pasado, hundida en dudas." Su voz cayó con un tono frío e impaciente. "Esta charla terminó. Si de verdad estás lista para contraatacar, llámame otra vez."   La línea se cortó y yo me quedé inmóvil, aún apretando el teléfono, el corazón latiendo con rabia.   Su voz arrogante se repetía en mi cabeza. Tiré el celular.   ¿Cómo se me había pasado por la mente confiar en un macho alfa, aunque fuera el hermano de mi mejor amiga?   Otra vez, la esperanza se hacía trizas. Otra vez, la cagué.   Corrí escaleras abajo buscando aire. Pero Alexander me tenía prohibido salir.   Entonces Ruby apareció en la puerta, los ojos brillando como nunca. "¡Luna Scarlett, puedes salir!"   Parpadeé, confundida. "¿Qué?"   "El Alfa Alexander acaba de dar la orden. ¡Ya no hay restricciones!" exclamó, como si acabara de anunciar una fiesta sorpresa.   Asentí despacio, con mil emociones remolinando dentro.   ¿Y ahora a qué jugaba ese tipo? ¿Así, sin más, me daba libertad?   Ruby, notando mis reservas, se acercó y me abrazó fuerte. "El Alfa se dio cuenta de su error. ¡Sabe que tú eres mejor que Faye, todos lo ven! Sólo tú puedes salvar a la manada de la Luna Nueva, Luna Scarlett."   Tal vez tenía razón. Pero yo ya no me fiaba de nadie.   Entonces mi teléfono vibró.   Un mensaje. De Faye.   "De nada, por cierto. Convencí a Alexander de que te dejara libre. Así la manada ve que soy una Luna compasiva, aún cuando tus celos casi le cuestan la vida a mi bebé."   Me hirvió la sangre.   Claro que ella estaba detrás de esto. ¿Cómo pensé que Alexander actuaba por buena voluntad?   Apreté los puños.   Tenía que liberar esta rabia o me iba a consumir.   Me fui directo al campo de entrenamiento. Al menos tenía mi libertad de vuelta. ¿Y qué mejor que usarla para partirle la cara a alguien? Prefería eso que dejarme envenenar por esa víbora.   El sol picaba fuerte. Guerreros combatían en la tierra seca.   Miré alrededor. Coby estaba entrenando con algunos.   El campo se había partido en dos: mi equipo por un lado, el de Alexander por el otro. Los suyos parecían más cuidados, más brillantes, con armaduras nuevas.   ¿Qué estaba tramando ahora, dividiendo a los nuestros?   Entonces vi un nuevo equipo de arquería, impecable, apartado como si nadie pudiera tocarlo. Seguro Alexander había dado la orden.   Se me encendió una chispa maliciosa.   ¿Y si lo provocaba tantito?   Fui y arrastré uno de esos aparatos hasta nuestro lado—el lado de mis lobos.   Escuché susurros, respiraciones contenidas. Me importaba un carajo.   Un guerrero alto se adelantó, fuerte, con el emblema de Alexander en el pecho.   "Eso rompe las reglas," dijo con los brazos cruzados. Sin Faye cerca, ni se habría atrevido a hablarme así. No podía culparlo.   Le levanté una ceja. "Entonces, detenme."   Una sonrisita creció en sus labios. "Vas a romperte en dos. No me hagas hacerte daño."   Le sonreí con dulzura. "Ay, cielo. Lo que no sabes es la vergüenza que te vas a comer."   Las risas explotaron a nuestro alrededor.   "¿Qué, quieres pelear?" me provocó.   Me planté frente a él, firme, clavándole la mirada.   "No. Quiero darte una lección de humildad."   Él se rió. "Primero las damas."   Yo no me reí. Agarré una espada del guerrero más cercano y se la apunté directo.
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