El patio resonaba con el sonido del acero chocando y las voces de mando que iban de aquí para allá. Los guerreros entrenaban en formaciones cerradas, con el sudor brillando en sus torsos descubiertos, a pesar del frío. Normalmente entrenaban a primerísima hora cada mañana, siempre bajo la mirada del Alfa... pero ahora él estaba enterrado entre montañas de papeles, así que me mandó a mí—o mejor dicho, yo fui quien se ofreció para supervisar el entrenamiento. Pensé que iba a decirme que no por ser la Luna, pero en realidad, ni siquiera se molestó en voltear a verme. Simplemente dijo que sí y me deseó suerte con esos diablillos—sus palabras, no las mías. Pisé el campo de entrenamiento. Esta vez sí se dieron cuenta. Todos me miraron, aunque estaban en medio de un entrenamiento duro. Tr

