La primera luz del amanecer apenas rozaba las cortinas, pero yo seguía acurrucada bajo las mantas un rato más. Lucien no se había alejado de mí desde lo de anoche. Estuvo a mi lado todo el tiempo, tomándome la mano, observándome en silencio, intentando tranquilizarme, haciéndome sentir que no estaba sola. Ni siquiera se fue cuando la marca en la nuca se calmó. “Ya estás despierta… ¿Cómo te sientes?” preguntó Lucien desde la puerta, acercándose con un vaso de agua en la mano. Lo tomé y bebí antes de responder. Sentía la garganta inflamada y la voz ronca. “Ya no duele… ¿qué pasa?” “Solo vine a ver cómo estabas. ¿Estás segura de que te sientes bien?” preguntó, mirándome con preocupación. Asentí con la cabeza. “Sí. Quiero salir a ver cómo están los demás.” “Voy contigo,” dijo

