AJUSTES

870 Words
[SALVADOR] —Detente. Mi voz corta la escena con precisión, no con brusquedad, pero lo suficiente como para que ambos se separen sin romper completamente la energía que se ha construido. Kamilla mantiene la postura un segundo más antes de dar un paso atrás. Adrián suelta el contacto con naturalidad, como si no le costara hacerlo. La coordinadora me mira, esperando. —Funciona —digo, avanzando unos pasos hacia ellos—. Pero estamos llegando demasiado rápido al punto de contacto. Se siente correcto… pero no se construye lo suficiente antes. No es una crítica. Es un ajuste. Adrián asiente sin discutir. Kamilla tampoco habla. Eso simplifica todo. Me detengo frente a ellos, observando la posición en la que estaban hace apenas unos segundos. La distancia que dejaron, el punto exacto donde el cuerpo de uno respondía al otro. —El problema no es el contacto —continúo—. Es cómo llegamos a él. Me giro levemente hacia Adrián. —Cuando entres, no busques el cuerpo primero. Busca el espacio. La diferencia es mínima, pero cambia todo. Adrián lo procesa en silencio. —Tu mano en la cintura está bien —añado—, pero sube demasiado directo. No la tomes. Encuéntrala. Hago una pausa breve. —Hay un momento antes… en el que todavía no la tocas, pero ya estás ahí. Ese es el que falta. Kamilla me observa con atención. —¿Quieres marcarlo? —pregunta. La pregunta es directa. Y completamente profesional. Asiento. —Sí. No hay necesidad de decir más. Adrián se aparta sin resistencia, cediendo el espacio con la misma seguridad con la que lo ocupó antes. No hay incomodidad en el gesto, lo cual solo confirma lo que ya es evidente: está acostumbrado a este tipo de dinámica. Ahora es Kamilla quien queda frente a mí. La distancia inicial vuelve a establecerse, pero no es la misma que antes. Ya no es completamente técnica. Ya no es neutral. —Desde el inicio —digo, colocándome frente a ella—. No te muevas todavía. Kamilla asiente. Sostiene la posición. Doy un paso hacia ella. Lento. Sin tocarla. La distancia se reduce, pero no desaparece. Me detengo justo antes de entrar en su espacio, en ese punto donde el cuerpo ya percibe la cercanía aunque no haya contacto. —Aquí —murmuro—. Este es el momento que falta. No la miro a los ojos de inmediato. Observo la línea de su cuello, la forma en que respira, el leve cambio en la tensión de su cuerpo al sentirme tan cerca. —No es acción —continúo—. Es decisión. Doy otro paso. Esta vez sí entro en su espacio. Mi mano sube, pero no la toco de inmediato. La dejo suspendida un segundo, lo suficiente como para que ese vacío tenga peso propio. Después ocurre. La contacto. Primero la cintura. Suave. Pero firme. La deslizo apenas, siguiendo el recorrido que antes marqué con palabras, pero ahora con el cuerpo. No hay apuro en el movimiento. No lo necesita. —Aquí no hay duda —digo en voz baja—. Si entras… entras. Mi mano sube lentamente por su costado, alcanzando su espalda antes de detenerse, justo en el punto en el que el siguiente contacto cambiaría el tono de la escena. No avanzo. Todavía no. —Este es el límite previo —explico—. Lo sientes antes de cruzarlo. Kamilla no se mueve. Pero responde. Su mano se apoya en mi pecho, exactamente como en el ensayo anterior, pero la presión es distinta. Más presente. Más consciente. La siento. Y eso es lo que cambia todo. Mantengo el control. Tiene que mantenerse. —Ahora el contacto —añado. Mi mano se desplaza apenas, alcanzando su pecho con la misma precisión con la que lo haría Adrián, pero sin romper el ritmo que acabo de construir. No hay brusquedad, no hay exceso, pero tampoco duda. Es directo. Definido. Kamilla no retrocede. Su respiración cambia apenas. Suficiente. —Aquí no es físico —digo—. Es emocional. Si no está eso… no funciona. No aparto la mano de inmediato. No debería quedarse. Pero tampoco debería desaparecer tan rápido. Ese punto exacto es el que marca la diferencia. La sostengo. Un segundo más. Después retiro. La distancia no vuelve. No del todo. —El beso —continúo, inclinando levemente la cabeza hacia su cuello—. No es inmediato. Se anticipa. Me detengo antes de tocarla. Ese espacio mínimo. Ese segundo. Después rozo su piel con la misma lentitud que marqué antes, manteniendo el control en cada movimiento. No es un gesto íntimo. Pero se siente como uno. Y eso es lo que buscamos. Me separo entonces, rompiendo la escena antes de que deje de ser ensayo. El silencio que queda no es el mismo. No para mí. —Eso es —digo finalmente, volviendo al tono profesional—. Ahora sí tiene peso. Me giro hacia Adrián. —Inténtalo así. Adrián asiente, pero su mirada pasa brevemente de Kamilla a mí, como si entendiera más de lo que se dijo. Kamilla no habla. Pero no aparta la mirada de inmediato. Y eso…es lo único que no debería importar. Pero importa.
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