[SALVADOR]
Días después
El amanecer entra por los ventanales sin pedir permiso.
París siempre tiene esa forma de imponerse, incluso en silencio. La luz grisácea se desliza por las paredes del apartamento, recorre el suelo de madera y termina por alcanzarme en el rostro, obligándome a abrir los ojos antes de lo que quisiera.
No me muevo de inmediato.
Permanezco acostado, mirando el techo, dejando que la conciencia llegue lentamente, sin prisas, como si el día pudiera concederme unos segundos más antes de empezar.
Pero no lo hace. Nunca lo hace.
El peso sobre mi brazo me hace girar apenas la cabeza.
Ella.
No recuerdo su nombre, eso no me sorprende.
Está recostada de lado, con el cabello desordenado cayendo sobre la almohada, la respiración tranquila, completamente ajena al mundo que existe fuera de estas paredes. La sábana apenas cubre lo necesario, dejando al descubierto la línea suave de su espalda.
Bonita.
Lo suficiente como para no haberme ido solo anoche de aquel bar.
Nada más.
Deslizo el brazo con cuidado, liberándome sin despertarla. Me incorporo en el borde de la cama y paso una mano por mi rostro, dejando atrás cualquier resto de sueño… o de lo que haya sido esto.
No queda nada.
Nunca queda.
Camino hacia el baño en silencio y cierro la puerta. El agua cae casi de inmediato, caliente, constante, llevándose cualquier rastro de la noche anterior. Permanezco bajo la ducha más tiempo del necesario, dejando que el vapor llene el espacio y que mi mente se vacíe lo suficiente como para empezar de nuevo.
Siempre empiezo de nuevo.
Cuando salgo, envuelto en una toalla, el aire del apartamento se siente más frío. Camino hacia el ventanal mientras paso una mano por mi cabello húmedo, ignorando el leve sonido que llega desde la habitación.
Apoyo la mano contra el vidrio y observo mi reflejo superpuesto con la ciudad. Durante un segundo, me pregunto cuánto de lo que soy es visible… y cuánto está cuidadosamente construido para que nadie haga las preguntas equivocadas.
Detrás de mí, el sonido de pasos descalzos rompe el silencio.
—¿Te vas tan temprano?
Su voz está más despierta ahora. Más segura.
No me giro de inmediato.
—Tengo trabajo.
Siento su presencia acercarse. Se detiene a pocos pasos de mí, lo suficiente para que el calor de su cuerpo se note sin necesidad de contacto.
—Podrías quedarte un rato más —insiste.
Cuando finalmente me doy la vuelta, la encuentro apoyada contra el marco de la puerta. Lleva una de mis camisas, desabrochada sin intención de cubrir nada, como si supiera exactamente lo que hace… o como si no le importara en absoluto.
No dice nada más.
No lo necesita.
Da un paso hacia mí. Luego otro.
Su mano se apoya en mi pecho con naturalidad, recorriendo mi piel aún húmeda con una lentitud que no es torpe ni urgente… es deliberada.
—No pareces tener tanta prisa —murmura, levantando la mirada.
Durante un segundo, dejo que ocurra.
No es deseo lo que me detiene.
Es costumbre.
Es fácil.
Demasiado fácil.
Y precisamente por eso…vacío.
Mi mano se cierra suavemente alrededor de su muñeca, deteniendo el recorrido sin brusquedad.
—No es buena idea.
Ella sostiene mi mirada, buscando algo más. Algo que no va a encontrar.
—Anoche no parecía preocuparte eso.
Una leve sonrisa cruza su rostro.
—Anoche ya pasó.
Mi tono no cambia.
Eso es lo que termina de romper el momento.
La tensión se disuelve lentamente, dejando un silencio que no incomoda… pero tampoco invita a quedarse.
Ella asiente, apenas.
Lo entiende.
Siempre lo entienden.
Se aparta sin insistir, y el espacio entre nosotros vuelve a ser el que debería haber sido desde el principio.
Me visto en silencio, recogiendo cada prenda con la misma precisión con la que hago todo lo demás. Camisa, pantalón, reloj. Todo en su lugar.
Antes de salir, dejo las llaves sobre la mesa.
—Puedes quedarte el tiempo que quieras.
No espero respuesta.
Salgo del apartamento sin mirar atrás.
[…]
El set vuelve a llenarse de vida.
Las reuniones de preproducción nunca han sido de mi agrado. Demasiadas voces, demasiadas opiniones, demasiadas variables fuera de control. Pero esta vez hay algo distinto. Algo que se instaló en mi cabeza desde que Antoine mencionó ese nombre.
Kamilla Nowak.
Entro a la sala sin anunciarme, dejando que la conversación continúe sin mi intervención. Prefiero observar primero. Siempre prefiero observar.
Productores, asistentes, parte del equipo técnico… rostros conocidos, dinámicas previsibles.
Hasta que la veo.
No está hablando.
No lo necesita.
Está sentada al final de la mesa, con una postura relajada que contrasta con la tensión general del ambiente. No participa, pero tampoco se desconecta. Observa como si todo lo que ocurre a su alrededor fuera material que ya está procesando.
No se mueve como alguien que busca encajar.
Se mueve como alguien que nunca lo ha necesitado.
Mi mirada se detiene en ella más de lo que debería.
El cabello oscuro cae con naturalidad sobre sus hombros, con un movimiento ligero que no parece trabajado, sino propio. Su piel es clara, pero no frágil; la luz no la suaviza, la define. Sus rasgos no buscan ser delicados… son precisos. Equilibrados de una forma que no necesita esfuerzo.
Sus labios no están tensos ni forzados en una expresión social. Permanecen ligeramente relajados, como si no tuviera ninguna necesidad de agradar.
Y sus ojos…
No recorren la sala.
La sostienen.
Incluso cuando no están puestos en mí.
No intenta llamar la atención.
Y sin embargo… todo en ella la reclama.
En ese momento, levanta la mirada.
Directo hacia mí.
No hay sorpresa.
No hay duda.
Solo esa forma de observar que no busca aprobación.
Como si ya hubiera decidido que no la necesita.
El resto de la sala pierde relevancia de forma gradual. Las voces se vuelven ruido de fondo, los movimientos dejan de importar, hasta que lo único que queda es esa sensación incómoda, precisa, que se instala en el pecho.
No me gusta.
No me gusta no anticipar.
No me gusta no entender.
Pero, sobre todo…
No me gusta no tener control.
—Salvador.
La voz de Antoine rompe el momento.
—Justo a tiempo —añade—. Estábamos hablando de ti.
No aparto la mirada de ella.
—Eso suele pasar.
Camino hasta la mesa sin prisa, ocupando mi lugar con la seguridad que esperan de mí.
—Perfecto —continúa Antoine—, así podemos avanzar. Salvador… ella es Kamilla Nowak.
El nombre encaja.
Y por primera vez desde que entré en esta sala… entiendo por qué.