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1687 Words
Levanto las caderas para que me quite los pantalones y, al erguirse, él también se quita los suyos y se queda en calzoncillos. Quiero ser más valiente así que empiezo por quitarme la camiseta hasta estar a la par en ropa interior. Killian se encorva sobre mi cuerpo, sus labios se aplastan contra mi escote y me dejan un rastro de besos por toda la piel desnuda, que siento que me vibra al son de los latidos desbocados de mi corazón. No sabía que esto podía sentirse tan bien. Me doy unas palmaditas en la espalda por haberme depilado ayer, porque estoy lisa cuando sus manos me tocan, cuando sus dedos se enredan en la tela de mi ropa interior y me la hacen a un lado para tocarme. Es la primera vez que gimo. A veces he intentado tocarme en la soledad de mi habitación, pero nunca he sentido mucho porque nunca he sabido. —¿Te has tocado alguna vez? —Más o menos —admito, colorada como un tomate. Tampoco es que haya tenido la oportunidad de hablar de estos temas con alguien. Sonríe y me muerde la piel del pecho. —¿Te has metido los dedos? Su dedo se empuja dentro de mi, es mucho más grueso que el mío y se siente mucho más diferente, mucho mejor. Se me abre la boca y exhalo un jadeo. ¿Cuál era la pregunta? Con el pulgar me acaricia el clítoris. —Responde —me ordena. —Puede... —respondo. —Joder... —Otro de sus dedos se empuja dentro de mi y tengo que hacer fuerza contra él para que entre. Duele un poco pero aguanto. El placer es más grande que el dolor—. Que estrecha estás. —Soy virgen —admito. Él se ríe y me deja un beso en el cuello. —No tenías que decirlo, es bastante obvio. Centrada en el placer de sus dedos estirándome por dentro, su otra mano tira de la copa de mi sujetador y me siento más desnuda que nunca, algo en lo que tampoco puedo pensar cuando sus labios se envuelven alrededor de mi pezón. Me arqueo para sentir como sus dientes se aferran a mi y como sus dedos me entran más. Es un hombre grande, demasiado para mi, pero aparto esos pensamientos para no echarme atrás. Quiero esto. El sonido de sus dedos entrando en mi con toda la humedad se mezcla con mis gemidos y el sonido del viento moviéndo los árboles. Cuando me saca sus dedos casi me quejo, quería seguir, mi humedad me empapa la cara interna de los muslos. Killian deja mis pechos para deslizarse por mi cuerpo y besarme. Besa tan bien que no quiero soltarlo, pero lo hago para ver como coge su chaqueta del respaldo y saca un preservativo del bolsillo —¿Siempre llevas uno? —Me he traído cinco. Me hace reír pero no creo que sea un chiste. Rasga el envoltorio con los dientes y empuja el látex para ponérselo. Ay Dios. Eso no son sus dedos. Es demasiado grande para mi primera vez. Ay Dios. Va a doler. Me empuja por los hombros para tumbarme y se me vuelve a echar encima. Pensaba que alguien como Killian sería más bruto, es lo que hacen en su club ¿no? He oído el sexo a través de las paredes, he oído lo que les dicen a las chicas, he oído los gritos y los orgasmos. Pero Killian no está siendo como ellos, o puede que lo sea pero no conmigo porque soy virgen, puede que él también sea un bruto, puede que lo sea una vez me penetre. —Relájate —me dice, y sujetándosela con una mano me la pasa los labios—. No tenemos prisa, cuando te acostumbres voy a follarte mejor. Intento relajarme pero estoy pensando demasiado. Necesito... Apoyo mis manos en su cuello y lo empujo contra mi boca. Esto necesito. Con sus labios expertos sobre los míos y su lengua jugando con la mía, enseñándome como quiere que lo bese, pienso menos en como me puntea y como empieza a meterse en mi. ¡Dios! Es mucho más grande que sus dedos, no veo el momento en el que está todo dentro de mi y frena, dejando que me acostumbre. Se traga mis gemidos y cuando la invasión no es tan sobrecogedora y molesta, él empieza a moverse cada vez más y más fuerte, rápido. Me alegra que no tenga vecinos para poder dejarnos llevar. —Esto es mejor que tocarte tú misma, ¿a que sí? Apenas puedo murmurar un asentimiento con los ojos cerrados. Su mano se envuelve en mi brazo y me lleva con él cuando se sienta y lo noto más dentro. Sigue molestando un poco pero es más fácil cuando Killian me enseña y me mueve sobre él. Todo se vuelve tan placentero que exploto en mi primer orgasmo real. Me aprieta más fuerte por el culo empujándome a tronpicones sobre él hasta que termina. Su pecho se sacude contra el mío y me dejo caer en él envolviéndole el cuello con mis brazos. Me echo contra el hombro que tiene sano. No deja de acariciarme. Sus manos grandes se pasean por mi cuerpo desnudo y me echa su chaqueta por hombros. —Vamos a pasar aquí la noche —me dice. —Vale. Para cuando da la hora de cenar, hemos gastado casi todos los condones y tras una ducha muy necesaria, mientras él hace llamadas, yo intento cocinar algo. Andrea y yo hemos visto tutoriales de algunas cosas, sobre todo de repostería, pero no podemos cenar dulce... ¿o sí? —Dana —me llama, su voz me atraviesa como una daga—. Es Roy. Miro su teléfono que me ofrece y dudo en cogerlo. Yo estaba bien pensando que mi padre era un jardinero al que jamás volvería a ver. —Umm... ¿hola? —dudo, apretando el teléfono con la mano un poco temblorosa. —Estaba pensando en ir a verte. —Ah... Es todo tan raro ahora... ¡Mi padre! He perdido la virginidad con Killian y no sé dónde estaré cuando este hombre consiga lo que quiere. —Ese c*****o dice que no puedo verte ahora. —Es que... necesitaba salir un poco y hemos salido a dar una vuelta. Estaba abrumada. —Es jodido enterarte de que tu padre es alguien como yo, ¿no? No es eso, es más bien haberlo conocido y toda esta situación. Pero ya que estoy... No puede ser peor que en la mansión, creo, y todas esas veces que soñé con vivir con mi padre... —Es difícil —admito—. Pero cuando vuelva estoy segura de que podrás ir a verme. Me siento en la isla de mármol blanco y me quedo con la vista fija en la espalda ancha y tatuada de Killian. Un árbol sin hojas decora su piel y entre toda la tinta hay muchas más figuras, algunas ilegibles, otras se ven claramente, pero no hay nada de color. Casi es difícil verle los músculos, pero se notan cuando se mueve por la cocina para hacer la cena. —Yo tampoco me hago a la idea de que tenga una hija. Las pocas veces que te vi cuando eras pequeña... Yo no lo recuerdo y en realidad me gustaría. Me gustaría haber tenido un padre preocupado, alguien que me sacara de la mansión. Y todo es por culpa de esa familia tan mala. > ¿Cómo se puede ser tan mala persona para hacerle creer a un padre que su hija ha muerto? —Prefiero que me lo cuentes en persona —digo. —Vale. Vamos a tener que pasar mucho tiempo juntos para hacernos a la idea. —Lo sé. —De nuevo el dolor de cabeza está ahí. Me froto la frente y decido despedirme. —Pásame con Killian. Escucho poco de su conversación, apenas dura diez segundos antes de que suelte su teléfono sobre la encimera y siga cocinando. —¿Vas a dejar que me vea? —dudo. —Es tu padre y va a buscar problemas si no lo hago. Asiento lentamente y me levanto del taburete para ver qué hace. Su mano se apoya en mi cintura y me aleja un poco. —Metes demasiado las narices —dice. —Es que no veo bien. —¿Y no tienes gafas? —¿Crees que me iban a comprar unas gafas? Llegué a un punto en el que ya casi no me compraban ni ropa, ¿para qué? Si yo no salía de la mansión y nadie me veía. Killian me aprieta más la cintura y siento sus labios en mi frente. Soy la primera sorprendida pero me estoy acostumbrando. Pensaba que esto iba a ser sexo y ya, pero creo que me equivocaba. Levanto la cabeza, estamos tan cerca que mi nariz roza su pecho desnudo —Iremos a por unas gafas, y te vas a quitar el tinte oscuro. Me miro en el reflejo del microondas incrustado en un mueble. Tengo las raíces del pelo claras, los estragos de no haber echado tinte en todos estos días. Tengo ganas de ser yo, otra versión de mi diferente a todo lo que sido en mi vida. Quiero ser una persona, no un pájaro encerrado. —Vale —digo y no puedo contener mi sonrisa. Necesito verme diferente, tengo ganas de verme diferente. De ser otra versión de mi que nunca ha conocido el mundo y lo está explorando por primera vez. Killian también me sonríe y alarga el brazo hasta que su mano se cierne en mi cara y me acerca a él para darme un beso. Puede que me guste un poco, o más que un poco. Descubro que es un buen cocinero, mejor que yo aunque eso no es para nada difícil, y que dividirnos las tareas de limpieza de después de la cena es divertido. Por unas horas se me olvida el caos en el que estoy metida.
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