Primera sesión

1910 Words
La doctora Andrea dio un pequeño paseo por las tres páginas en las que había garabateado mientras Regina hablaba y respiró profundamente. Había más frases subrayadas de las que tenía normalmente en una sesión y en una página escribió dos interrogantes. ¿Dermatitis nerviosa?, ¿prurito psicógeno? Ya que en toda la sesión Regina no mostró signos de picazón, decidió dejarlo para después y la miró – hay muchos puntos importantes a tratar, tu relación familiar está terriblemente rota y tienes severos problemas en la forma de tratar tus relaciones – movió la cabeza – además de que encontré muchos pensamientos de auto reflexión que me gustaría tratar a detalle, sin embargo – cerró la libreta – pasemos a una de tus principales preocupaciones. Tu esposo. Regina se limpió los ojos y se sacudió la nariz dándole la espalda a la doctora para poder concentrarse. La doctora Andrea la esperó – me gustaría que miraras a tu derecha e imaginaras que Leo está aquí contigo, sentado en ese sillón. No pienses en, ¿qué hace aquí?, o, ¿por qué vino a terapia?, solo concéntrate en su imagen y dime, ¿qué sientes? En cuanto Regina escuchó la primera frase, se recorrió en el sillón para dejarle espacio a la figura hipotética de Leo, después cerró los ojos y se concentró. Al instante, un flasheo de la caja con el anillo apareció en su mente, aun antes de ver a Leo, ella vio ese anillo con forma de alianza y un diamante, justo al final del cajón. – Concéntrate – pidió mentalmente y abrió los ojos muy lentamente. Leo estaba sentado en ese sillón de color gris. Tenía el cuerpo inclinado hacia el frente, los codos sobre las rodillas, las manos juntas y la mirada hacia el suelo, en el instante en que Leo giró la cabeza hacia un costado y la miró, Regina encontró esa mirada tan fría como en su primera reunión meses atrás. ¿Qué sentía? – Enojo, rabia, odio. – ¿Por qué? – Porque es un idiota. Yo lo conocí primero, me enamoré de él, hablé con mis padres para pedirles que me cambiaran de escuela. Mi papá aceptó con la condición de ser él quien tomara las decisiones de mi educación, eligió la universidad, mi carrera. Por culpa de esa promesa perdí la oportunidad de elegir mi vocación. Y ahora debo dejarlo ir para que sea feliz. La doctora la escuchó en silencio y habló pausadamente – no somos dueños de las personas de quienes nos enamoramos, no dictamos sus destinos ni tomamos decisiones por ellos. Dices que renunciaste a tu vocación para estar a su lado y estás molesta porque él no lo valoró, pero, ¡él no te pidió que hicieras ese sacrificio!, tú lo decidiste. No era lo que Regina quería escuchar y sus ojos lagrimaron, porque era verdad. Andrea esperó un momento a que Regina mantuviera sus emociones y continúo – peleas con él porque cada vez que lo ves te sientes traicionada, frustrada, enojada, y ha sido así por un largo tiempo. Te acostumbraste a asociar esas emociones negativas con su presencia. Esa pared que mencionaste en varias ocasiones, ¿quién crees que la puso ahí? – Él – contestó Regina muy rápidamente, no podía creer que tuviera que decirlo. – ¿Estás segura? – preguntó la doctora. Regina se perdió en la imagen de Leo sentado en ese sillón y presionó sus párpados para borrarlo, después respiró profundamente – si está diciendo que fui yo, eso no es posible. Yo sugerí el contrato de matrimonio, pagué por la boda, me acerqué a él, literalmente hice que todo esto sucediera. Si hay una pared, él la puso. Fue él – insistió. La doctora Andrea volvió a la primera página – entiendo que desde tu perspectiva es así como parece, pero mucho de lo que compartiste, tu dedicación y todos tus esfuerzos para casarte, me lo dijiste a mí, no a él. Al comienzo de tu relato dijiste algo muy importante: desde los quince años supe que Leo era el hombre equivocado. – Incorrecto – la corrigió Regina. – Cierto, y así es como lo has estado tratando. Si yo tuviera la perspectiva de Leo, pensaría que estas intentando seducirme para vengarte de mí. No es el mensaje que quieres enviar, pero es el que transmites – soltó la doctora – el día en que firmaron el contrato dijiste: “no es por presumir, pero reaccioné excelente, no brinqué, no sonreí, me mantuve en calma” – leyó y se quitó los lentes porque los sentía pesados sobre su nariz – Regina, creo que si había un momento para reaccionar y mostrar tus verdaderos sentimientos era ese. Pero tú te mantuviste en calma y no solo eso, te mostraste feliz y orgullosa de haber ocultado tus emociones. Y entiendo que esta es la forma en que te has manejado, porque no quieres que la gente te perciba como alguien débil. Pero si no te muestras tal y como eres, vas a seguir construyendo esa pared, y no solo con Leo, va a ser así con todas tus relaciones. Una lágrima bajó por la mejilla de Regina, rápidamente se limpió con un pañuelo – tal vez soy un poco hermética, pero no es porque quiera serlo, es…, complicado – habló y presionó su frente. Ni ella podía comprender sus palabras. – Si de verdad no eres tú quien construyó esa pared – dijo la doctora Andrea – dime, ¿podrías decirle que lo amas? Regina se abrazó y evitó mirar el lugar donde se suponía que Leo estaba sentado. Después de un momento respondió – si le digo que lo amo y el contrato termina, nuestra relación no volverá a ser la misma. – Estás usando ese contrato como un escudo y una estrategia de salida, en caso de que todo salga mal. Gracias a ese documento puedes decirle a Leo que lo amas y agregar, “es por el show”, puedes besarlo y actuar como si no fuera importante, pero lo que estás haciendo es crear una pared más gruesa. No puedes mentir, ocultar tus emociones, guardar secretos e intentar tener una relación honesta. No es así como funciona. Regina sintió una fuerte punzada en el corazón – entonces, ese es su consejo, voy, le digo que lo amo y él me echa en cara que ya tiene a alguien con quien planea casarse, ¿en serio es una psicóloga? – Doctora en psiquiatría, de hecho – aclaró la doctora Andrea y sin querer señaló con el lapicero la sección de la pared en donde estaban colgados sus títulos y certificados. – No cambia que sea un pésimo consejo – reclamó Regina e intentó acostarse en el sillón para calmarse. La doctora Andrea acomodó su libreta – en cada situación de crisis, reaccionas peleando. Así te enseñaron y está bien pelear, pero hacerlo todo el tiempo es muy cansado y desgastante, emocionalmente hablando. Tú fuiste quien llamó para pedir una sesión y pagaste la tarifa por cuatro horas, mi secretaria dijo que intentó razonar contigo y amenazaste con demandarla. Regina se cubrió el rostro – lo siento. La doctora Andrea no se mostró molesta, al contrario, sonrió y acomodó la libreta en su regazo – analizaste tu sonrisa y mencionaste que no es dulce ni inocente, que era una mezcla de arrogancia y soberbia, y que eso era lo que las personas querían ver. A la hija rica y mimada. Pero yo siento que tu sonrisa es muy honesta, tu rostro se ilumina y eso es lo que tus anteriores novios vieron en ti. Ansias relacionarte con las personas, anhelas ese sentido de pertenencia que tu familia te negó y te sobre esfuerzas para que todo sea perfecto, pero si una sola cosa sale mal, sientes que todo se arruina. Regina no debatió ese punto. – Estás tan empeñada en formar esa relación perfecta que no te das cuenta de muchas cosas. Regina alzó la mirada – ¿cómo qué? – Que tu esposo quiera correr por la playa no significa que no le importes. Regina apartó la mirada – que tenga un anillo entre su ropa interior, sí. – No conocemos el contexto de ese anillo, pudo haber pertenecido a su madre o a una relación que ya terminó. Sugiero que dejes de formar escenarios en tu mente hasta que tengas toda la información. Es un área en la que me gustaría que trabajáramos – anotó en su libreta – tener mucha imaginación es bueno para la creatividad, pero no debes dejar que eso altere tu percepción de la realidad. Regina no quiso enlistar todo lo que estaba haciendo mal, aún lidiaba con el hecho de que era ella quien creó esa pared entre ambos y no quería pensar en ello. El celular sobre la mesa emitió un pequeño pitido, la larga sesión de cuatro horas por la que Regina había pagado el doble de la tarifa regular, había terminado – de acuerdo – dijo la doctora – quiero que agendes una sesión para la semana entrante, de una hora – enfatizó – y hasta entonces, te dejaré un ejercicio que tendrás que hacer en pareja. Regina se incorporó – espere, no puedo decirle a Leo que vine a terapia o que tiene que hacer ejercicio conmigo. La doctora la miró – no hablo de actividad física, son ejercicios de pareja – abrió su cajón para sacar un folleto – es una práctica que recomiendo en las sesiones. Regina abrió el folleto y fue leyendo las instrucciones. 1 – Tomarse de las manos. 2 – Leer juntos. 3 – Abrazarse por un minuto completo. 4 – Hacer algo por el otro y agradecerlo. Al terminar de leer, Regina volteó a verla. – El punto número uno es el más importante, pídele que tome tu mano y mantente de esa forma hasta que él te diga que pares. Vamos a usarlo como una medición, si él se niega o te rechaza, es posible que no estés entre sus prioridades. Si toma tu mano más de un minuto, significa que le importas, y si mantiene el agarre todo el tiempo que tú se lo pidas, eso quiere decir que tienen una gran oportunidad de estar juntos – sonrió con amabilidad. Regina presionó el folleto. – Una cosa más – agregó la doctora Andrea, recordando un dato importante – por todo lo que me has contado, tengo la impresión de que elegirás el peor momento para pedirle que se quede a tomar tu mano y te aferrarás al escenario más negativo, así que agregaré un punto importante – le quitó el folleto y escribió – debes hacerlo cuando ambos tengan tiempo. Regina lo tomó de vuelta – yo no haría eso. – No podremos avanzar si no eres sincera conmigo – dijo la doctora. Regina resopló – de acuerdo, tendré cuidado. – El punto número dos – continuó la doctora – no es necesario que busques un libro para leer, o una revista científica. Puede ser un chiste o la trama de una película, lo importante es que lo discutan y expresen sus opiniones. Si eso conduce a una discusión no significa que la actividad fracasó, al contrario, es el objetivo. Regina alzó la mirada – ¡ese es su objetivo!, una pelea. – Lo que quiero es que hablen – dijo la doctora y Regina se quedó sin palabras.
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