Víctor subió a su coche, el que Regina le regaló para que pudiera moverse y que figuraba en el listado de artículos de la herencia. Condujo a la entrada del complejo, mostró su identificación y siguió por la carretera hasta una pequeña casa con un gran jardín.
Sin dar mayores explicaciones, era el cumpleaños de su tía, la hermana favorita de su madre y para celebrarlo prepararon carnes asadas.
Solo con sentir el aroma Víctor deseó vomitar y pensó en dar la vuelta e irse.
Su madre lo vio – Vic, ven aquí, al fin llegas, ven, te serví un poco de todo. Anda, siéntate.
Víctor miró la mesa llena de condimentos, sintió el fuerte aroma a cerveza y se cubrió la boca. Alguien palmeó su espalda y los saludos comenzaron.
Desde que lo diagnosticaron se alejó de su familia. Su madre también tuvo cáncer y aún estaba en recuperación, su tía sufrió una caída y su padre vivía de su pensión. Víctor sabía que la noticia de su enfermedad iba a regresarlos quince años atrás, al día en que diagnosticaron a su madre, a las noches en el hospital, los medicamentos y las malas noticias.
Prefirió pasar por esa experiencia él solo y asumir las consecuencias. La llegada de Regina fue inesperada, también la noticia de que iba a recuperarse y una parte de él, todavía se preguntaba si no estaba viviendo tiempo extra, y un día la vida le cobraría.
– Víctor, no has comido – le dijo uno de sus tíos.
Él bajó la mirada – comí bastante antes de venir.
Tres de sus primos ya estaban casados, él era el único que permanecía soltero y de repente, el tema de conversación fue él.
Uno de sus tíos le sirvió una cerveza sin preguntarle si quería tomar, otro tomó su plato y vertió una gran cucharada de salsa y alguien más colocó un trozo de chorizo al ver que él no comía. Todos a su alrededor hablaban y lo único que él escuchaba era el sonido de su estómago. Tomó un trozo de verdura y al llevarlo a su boca recordó que debía masticar hasta el cansancio.
– Asesor financiero, ¿eh? – comentó uno de sus primos y le dio una palmada en la espalda – me preguntaba por qué dejaste tu trabajo y estaba preocupado, si tienes problemas, tenemos espacio en el billar.
Víctor quedó muy cerca del plato y los olores lo golpearon, generalmente no se sentía tan enfermo, todo eso era culpa de la consulta. Pasar horas esperando que lo atendieran, tener que volver al día siguiente y descubrir que no había medicamentos. Todo para que al final se sintiera más enfermo.
– Oye, te estoy hablando – reclamó su primo y volvió a palmear su espalda con un movimiento que ya casi era un golpe.
Víctor miró su reloj y se levantó, buscó a su mamá con la mirada y la vio en la sala junto a su tía – ahora vuelvo – le dijo a su primo.
Su tía platicaba una anécdota sobre sus hijos, de cuando eran pequeños y jugaban entre ellos, era un milagro que siendo tan agresivos no se hubieran sacado un ojo, uno al otro.
Víctor esperó el momento para involucrarse – tía, feliz cumpleaños, lo siento, pero tengo que irme, tengo una reunión de trabajo.
– Pero es sábado – reclamó su mamá.
– Yo no decido el horario – suspiró Víctor.
Su mamá se levantó – ¿comiste bien?
– Si – mintió y le dio un abrazo.
– No trabajes mucho.
– Prometo que vigilaré mi horario.
De regreso en su coche pensó en ir al hospital, pero no mentía, de verdad tenía una reunión – no debí ir a consulta – maldijo entre dientes y culpó a la doctora por todos sus malestares.
Si ya estaba enfermo, ¿cuál era el punto de empeorarlo?
Condujo despacio, llegó a la tienda y lo primero que hizo fue buscar el baño. En cuanto abrió la puerta, vomitó. No estaba loco, el problema era lo que le recetaron, abrió su mochila, sacó el nuevo medicamento y vació todas las pastillas, después pasó al lavabo para enjuagarse.
Antes de que la doctora le cambiara la receta, había un medicamento que sí funcionaba, aún lo tenía, pero no recordaba dónde lo guardó. De forma desesperada abrió su mochila, revisó todos los cierres y soltó un pequeño grito de euforia cuando lo encontró en el fondo. Solo había una pastilla, pero era suficiente.
Poco después de tomarse el medicamento se cubrió la boca, pensó que vomitaría, pero quería eructar, después de un par de respiraciones profundas sintió su estómago menos inflamado y parte del malestar se fue.
Quizá era psicosomático, porque sabía que los medicamentos no eran milagrosos, pero no importaba si era eso, en tanto se sintiera mejor y pudiera fingir que era una persona sana. Se lavó la cara, buscó un chicle entre las cosas de su mochila y salió del baño.
Sarah estaba en la entrada.
Instintivamente, Víctor miró hacia atrás, por un momento temió haberse metido al baño de mujeres, lo que era posible considerando lo mal que se sentía cinco minutos atrás, pero vio los mingitorios y supo que no se había equivocado. Después miró a Sarah – ah, llegué un poco antes de la hora.
Sarah dio un paso atrás – entiendo, subiremos a la oficina – dio la vuelta y caminó con prisa.
Víctor la siguió, entraron al elevador y después a la oficina.
Sarah se veía molesta – aquí están los primeros reportes de ventas, tuvimos muy buenas críticas y la cobertura fue la esperada – habló de prisa – una pareja fue a la sección de joyería y la chica intentó robarse un collar, fuera de eso, no hubo más incidentes.
Víctor lo revisó, los reportes eran prometedores, para una tienda que apenas comenzaba y como ella lo dijo, las críticas eran buenas, también había varios videos del espejo y de la forma en que trabajaba, a Víctor le pareció extraño, porque la expresión de Sarah no coincidía con los resultados. Quizá era su lado perfeccionista, Regina hablaba mucho sobre eso.
– Muy bien – dijo Víctor – entonces…
– Pienso que sería más eficiente comunicarnos por mensajes – dijo Sarah, interrumpiéndolo – para que no tenga que venir hasta la tienda, así ahorramos tiempo.
Víctor estuvo a punto de decir que fue Sarah quien sugirió que debían verse en persona, pero no tuvo quejas, su semana estaba podrida desde que se le ocurrió ir al chequeo médico – suena bien.
– Excelente – sonrió Sarah y se levantó – lamento haberlo hecho venir.
Víctor estrechó su mano y notó cierta renuencia en el rostro de Sarah, después fue a su coche y se recargó sobre el asiento. Debió saber que aún no estaba listo para una reunión familiar, encendió el motor y volvió a casa.
Quince minutos antes, Sarah estaba en el área de regalos y vio a dos empleadas susurrando en el pasillo. Dejó los moños en su lugar y caminó con la espalda recta – ¿sucede algo?
El empleado en el área de calzado dio la vuelta y sus dos compañeras retrocedieron.
– Si es un problema que afecta a la tienda, debo saberlo – insistió Sarah.
Una de ellas se aclaró la garganta – hace un momento vimos a un hombre extraño que entró a la tienda y pasó a los baños – le explicó con un poco de vergüenza – se veía muy mal.
– Tenía los ojos hundidos – explicó su compañera – la mirada perdida y sudaba, les dije que tenemos que llamar a la policía para que lo saquen, porque – hizo una pausa y miró hacia la puerta del baño – estaba, ya saben, drogado.
El único hombre en el grupo intervino – no hay forma de saberlo, podría estar enfermo.
– Sé lo que vi, se le veía en la mirada, ¡no le viste los ojos!
Sarah les hizo una seña para que dejaran el tema y caminó hacia el baño de hombres, ya fuera un adicto o no, la mejor forma de resolverlo era sin llamar a la policía. La puerta estaba entreabierta, Sarah se asomó y a través del pequeño espacio vio a Víctor metiendo una pastilla en su boca.
Poco después él abrió la puerta y Sarah lo llevó al segundo piso, donde los empleados no pudieran verlo.
Él era el asesor financiero de su socio comercial y alguien importante para la tienda, Sarah no podía terminar esa relación porque nadie más quiso invertir en su tienda, lo entendía, pero encontró muy desagradable la actitud de Víctor.
Mentalmente, se recordó tratar con él lo menos posible.
Veinte minutos después Víctor volvió a casa, abrió la puerta y vio a Regina en la cocina, sobre la mesa había varios platos cubiertos con plástico – hay comida en el refrigerador.
– ¿Cuándo fue tu última comida?
Víctor ignoró la pregunta.
– Llamé a Leo, te reuniste con él para la validación de los contratos prenupciales que mis padres establecieron y dijo que no tocaste la cena, ¿cuándo fue tu última comida?
Víctor resopló – no lo sé, a las cinco de la tarde de ayer, tal vez. Me siento mal por el medicamento nuevo, dejaré de tomarlo y todo estará bien.
Regina no pudo creerlo – siendo tan inteligente, ¡no te das cuenta del problema!, se supone que tienes que comer cinco veces al día, no cero. Y esto – levantó las recetas que Víctor tiró a la basura – dejaste la clínica privada que yo pagué, para ir a un hospital.
El estómago de Víctor se revolvió – este no es tu problema.
– Lo es, eres mi asesor financiero. Te dije que pagaría la operación.
– Y yo dije que te devolveré el dinero – reclamó Víctor, sabía exactamente a cuándo ascendía su deuda y cuántos años le tomaría pagarle, no quería aumentar la cifra.
Regina lo miró sin comprender – te he visto comer, parece que quieres vomitar y actúas como si odiaras la comida – destapó uno de los platos – despedí a la señora que cocina y le pedí a Leo que buscara un restaurante especializado, pruébalo.
Víctor frunció el ceño – ¿qué le dijiste a Leo? ¿le hablaste sobre mi enfermedad?
Regina colocó el tenedor – sí, lo hice. Era necesario para encontrar comida que se ajustara a tu dieta y fuera fácil de digerir.
Víctor perdió la paciencia, lanzó su mochila al suelo y peinó su cabello hacia atrás – no tenías derecho.
Regina se apoyó sobre la mesa – no te entiendo, las personas que contraté para cuidarte en el postoperatorio dijeron que te esforzaste mucho por recuperarte, pero llegas aquí y actúas como si quisieras morirte.
– Me estoy tomando el medicamento.
– No estás comiendo.
Hablaron al mismo tiempo y Regina enterró el tenedor en el plato – soy tu jefa, no tu amiga, obviamente. Y te ordeno que lo pruebes. Cinco comidas al día, sáltate una y estás despedido – le dijo antes de subir a su habitación.
Víctor se recargó sobre la mesa y dejó su cabeza en esa posición, sintió el aroma de la comida. Era un plato de puré de papa con pescado blanco desmenuzado. Sabía bien, continuó comiendo por un largo rato.
En su habitación Regina escribió “gracias”, y le envió el mensaje a Leo.
Era la primera vez que hablaban desde la propuesta de matrimonio y Leo pasó un largo tiempo mirando el mensaje.