“Eres solo mía”. Aquellas palabras no podían salir de la cabeza de Wendy, miró de reojo al hombre que conducía en total silencio y se aclaró la garganta. —No comimos nada— dijo ella mientras veía por la ventana, la vida nocturna apenas comenzaba. Vincent la miró y se sobó los labios. —¡Mira!....vamos ahí— dijo Wendy al ver un pequeño puesto de comida callejera. Vincent frunció el ceño. —Hay un restaurante cerca… —No, por favor, vamos ahí— Exigió Wendy. Vincent no podía negarse, menos al ver esos ojos llenos de súplica, los mismos ojos que puso cuando pidió que le comprara el collar de su madre. —Bien, estacionaré por aquí. Wendy aplaudió con emoción, se detuvieron y bajaron del auto. Al llegar a aquel puesto, Wendy saludó con emoción. —¡Wendy!— La mujer que atendía la reconoció

