Traiciones

1182 Words
Kaia no perdió el tiempo. Apenas cerró la puerta de su habitación, tomó papel y tinta y comenzó a escribir sin detenerse: una carta tras otra, dirigidas a Erik, Uriel, Malcom y Alex. Sus amigos. Sus "aliados". O eso había creído. La pluma raspaba el papel con más fuerza de la necesaria. No cuidaba la caligrafía, ni las formas, ni siquiera las palabras. Solo escribía. Descargaba. Cada carta era distinta, pero todas tenían el mismo fondo: reproche, incredulidad... y algo más que no quería nombrar. Dolor. Selló cada carta con más fuerza de la necesaria, como si en cada golpe dejara escapar parte de su frustración. —Más les vale venir... —murmuró entre dientes. Cuando terminó, no esperó respuesta. No podía quedarse quieta. Si lo hacía, empezaría a pensar demasiado... y eso era lo último que necesitaba. Necesitaba moverse. Necesitaba golpear algo. El campo de entrenamiento estaba casi vacío cuando llegó, pero eso no la detuvo. Pidió una espada, luego otra, y otra más. Uno tras otro, los caballeros de su padre aceptaron enfrentarse a ella; al principio con cautela, después con respeto... y finalmente con cierta preocupación. Kaia no luchaba como una dama. Luchaba como alguien que necesitaba romper algo por dentro. Cada golpe llevaba algo consigo: la humillación, la frustración, las palabras de su padre... el peso de una decisión que no había elegido. El sonido del metal chocando resonaba en el aire, seco, constante. Sus movimientos eran rápidos, precisos... pero también impulsivos. Más de una vez dejó su defensa abierta, más de una vez atacó con más fuerza de la necesaria. No le importaba. Quería cansarse. Quería dejar de sentir. Siguió hasta que su cuerpo no pudo más. Cuando finalmente cayó al suelo, estaba empapada en sudor, jadeando, con el pecho ardiendo y los músculos temblando. Pero aun así... no era suficiente. Nada lo era. —Supongo que ahora sí estás preocupada. La voz de Calen llegó como una sombra. Kaia no se levantó, ni siquiera lo miró. —Maldito traidor... —murmuró, con la voz rota por el esfuerzo—. Sabías lo que padre iba a decirme... y no me dijiste nada. —No es como si pudiera hacer algo para ayudarte. —Podías haberlo intentado. Esta vez giró la cabeza y lo fulminó con la mirada. —Podías haberles dicho que estaban exagerando. Calen negó con calma. —No lo están. Las palabras dolieron más que cualquier golpe recibido ese día. Kaia apartó la mirada, clavándola en el cielo. —Mírate, Kaia —continuó él—. Después de lo que te dijeron... estás aquí, peleando. Cualquier otra chica estaría llorando en su habitación. Kaia hizo una mueca. —Eso es porque estoy furiosa. Y, como si quisiera demostrarlo, dio una pequeña patada al suelo, levantando polvo como una niña enfadada. Luego lo miró de reojo. —¿Y me ayudarías si me fuera a llorar? Calen suspiró. —Kaia... —Entonces no me digas lo que debería hacer —lo interrumpió—. Si no vas a ayudarme, mejor vete. Se giró hacia el cielo. —Déjame en paz... mal hermano. Calen guardó silencio unos segundos. Sabía que cuando su hermana se ponía así... no había forma de hacerla entrar en razón. —Deberías cambiar tu actitud —dijo finalmente—. Quizá eso haga que padre cambie de opinión. Kaia se incorporó, apoyándose en los brazos. —¿Y eso de qué me serviría? Ellos quieren que me case. Ser más "dama" no va a hacer que aparezca un marido de la nada. —Te lo dije hace años —respondió él—. Pero nunca escuchas. La tierra voló hacia él antes de que pudiera reaccionar. —¡Lárgate! Calen sonrió apenas, resignado, y se marchó. Cuando se quedó sola, Kaia volvió a dejarse caer sobre la tierra caliente. El cielo estaba despejado, tranquilo, como si nada en el mundo estuviera mal. —Encontraré un esposo... —murmuró, recordando sus propias palabras. Horas antes habían sonado firmes. Ahora... vacías. Si su padre, con todo su poder y conexiones, no había encontrado a nadie... ¿cómo se suponía que lo haría ella? Cerró los ojos. Y por primera vez, el miedo empezó a filtrarse entre la rabia. No era un miedo ruidoso. Era silencioso. Persistente. El tipo de miedo que no puedes golpear hasta hacerlo desaparecer. Ese día evitó a sus padres. Y esa noche... no durmió. Se quedó mirando el techo, repasando nombres, posibilidades, escenarios. Cada idea parecía absurda en cuanto la pensaba un poco más. Ningún nombre encajaba. Ninguna solución parecía real. Y lo peor... era que empezaba a sentirse atrapada. Al amanecer, estaba agotada. Pero tenía una última opción. Sus amigos. El salón de madame Jord estaba lleno de vida, como siempre: risas, conversaciones, miradas curiosas... y, por supuesto, murmullos. Kaia los escuchó antes de verlas. —¿Otra vez vestida así...? —Parece un chico... —Qué vergüenza... Las palabras no eran nuevas. Nunca lo habían sido. Pero hoy... pesaban más. Kaia no bajó la mirada, no se encogió ni se escondió. Se detuvo, giró lentamente hacia ellas... y sonrió. Una sonrisa segura. Desafiante. Como si sus palabras no significaran absolutamente nada. Como si no le importara. Y, en realidad... quizá dolían más de lo que estaba dispuesta a admitir. —Hola, Kaia. Alex la esperaba en lo alto de la escalera, observándola con una leve sonrisa. Ella lo miró y frunció el ceño. —No sonrías. —¿Por qué? —Porque acabo de recordar lo molesta que estoy contigo. Alex alzó una ceja, divertido. —¿Y ahora qué hice? Kaia lo miró unos segundos más de lo necesario. —Vamos con los demás. Cuando entraron en la sala, los otros ya estaban allí: Erik, Uriel y Malcom. Su "grupo". Su refugio. O al menos... eso había sido. Kaia se quedó de pie frente a ellos unos segundos, observándolos, evaluándolos. Como si intentara verlos de otra forma. Como si buscara algo que antes no había notado. Luego habló. —Son unos malditos traidores. El silencio fue inmediato. Malcom dejó de moverse. Uriel alzó la vista. Erik frunció ligeramente el ceño. —¿A qué viene eso? —preguntó Malcom, confundido. Kaia se dejó caer en una silla, cruzando las piernas sin la más mínima preocupación por el decoro. —No se hagan los tontos. Todos rechazaron las propuestas de mi padre. Se inclinó hacia adelante. —Pero eso no es lo peor. Su voz se endureció. —Lo peor es lo que dijeron. Nadie habló. Pero esta vez... no era indiferencia. Era incomodidad. —Dijeron que no querían casarse conmigo... porque no me ven como una mujer. La palabra quedó suspendida en el aire. Pesada. Incómoda. —Que soy... un amigo. El silencio se volvió más denso. Más real. —Porque lo eres —respondieron casi al mismo tiempo. No hubo burla. No hubo risa. Solo sinceridad. Y eso... dolió más. Algo dentro de Kaia se tensó. —Soy una chica. Lo dijo más fuerte esta vez, como si necesitara recordárselo a ellos... o a sí misma.
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