La atmósfera en la habitación 312 se espesó hasta volverse irrespirable.
Ángel movió la cabeza hacia un costado y se tronó el cuello con un ruido demasiado exagerado. Entonces bufó. — Así que tú eres el idiota, ¿te estás escondiendo detrás de la cama?
Javier miró su postura. Después de sentir que algo se aproximaba, bajó de la cama y estableció distancia.
— ¿Tienes miedo?
Las palabras de Ángel fueron retadoras, pero Javier no respondió. No tenía miedo. Estaba siendo precavido frente a una amenaza que no conocía. Una descarga eléctrica le recorrió la columna. Era una vibración salvaje, un eco que nacía en su pecho y encontraba respuesta en el extraño que acababa de entrar por la ventana.
Frente a él, Ángel proyectaba una sombra amenazante. Sus dedos se curvaron como garras, sus ojos terminaron de adoptar un tono ámbar, sus músculos aumentaron y su respiración era un silbido errático.
Pero eso fue todo.
Ángel no se transformó.
Los medicamentos surtieron efecto, estaba libre de la droga, no de los efectos y de momento, no podía llamar a su lobo, por más que lo intentaba. Su rabia creció.
Javier tragó saliva. — Eres el monstruo…
Quizá fue por los ojos, tal vez porque ya había procesado que el lobo de esa noche no era una criatura, sino una persona. Lo que fuera, no importaba. Javier sabía que el hombre frente a él era el mismo que lo mordió la noche del jueves.
Su actitud cambió, enderezó la espalda y la misma corriente eléctrica se transformó en fuerza.
— No tienes idea de quién soy — gruñó Ángel. Sus ojos brillaron, hizo un esfuerzo más para transformarse, pero su cuerpo se sacudió en un espasmo de dolor. Intentó forzar el cambio, pero sus huesos emitieron un crujido sordo que lo hizo trastabillar.
Gritó.
Los enfermeros escucharon el ruido y uno de ellos corrió a la habitación.
Ángel atacó a Javier, lo empujó contra la puerta y desde el pasillo escucharon el sonido de un golpe.
Javier lo empujó y Ángel chocó contra la mesa móvil donde aún descansaba la gelatina de piña del almuerzo.
El enfermero regresó para notificar a seguridad, pero en el camino se encontró con el doctor Lucas Lobato.
— Yo me encargo.
La pelea cambió de rumbo cuando Javier intentó moverse y olvidó que su pierna derecha estaba enyesada. El paso en falso le costó el equilibrio y cayó al suelo.
Ángel dejó de intentar transformarse y se concentró en golpear el rostro de Javier.
Cada golpe dejó manchas de sangre. Javier logró detener uno de los puños de Ángel y lo empujó con todas sus fuerzas.
En el siguiente ataque, Ángel se lanzó hacia adelante a gran velocidad. No hubo garras, pero el impacto de su puño contra el pecho de Javier lo mandó directamente contra la pared.
El dolor estalló en la espalda de Javier, pero algo extraño sucedió. En lugar de la debilidad habitual, sintió una oleada de calor volcánico. Su hombro, el lugar donde fue mordido, palpitó con fuerza. De pronto, el mundo se volvió más nítido. Podía escuchar el goteo de la intravenosa en el pasillo y el pulso acelerado de Ángel, que sonaba como un tambor de guerra.
Ángel volvió a atacar, lanzando un golpe directo al rostro de Javier. Esta vez, el instinto tomó el control. Javier ladeó la cabeza y dejó que Ángel se golpeara el puño contra la pared, en el segundo ataque atrapó el antebrazo de Ángel.
— ¡Suéltame, maldito convertido! — rugió Ángel, intentando golpear a Javier con la otra mano. Estaba furioso por su propia debilidad, por no poder convertirse en el lobo que debía ser para aplastar al intruso.
La visión de Javier se tiñó de un carmín intenso. Sus dedos, aún humanos en apariencia, se hundieron en el brazo de Ángel. Sus pupilas se dilataron hasta que el iris desapareció bajo un rojo encendido.
Desde fuera Lucas empujó la puerta. Un aroma suave inundó la habitación. Tanto Ángel como Javier sabían que estaban en una clínica, pero el aroma los trasladó a un bosque.
— No... te... acerques — siseó Ángel, mirando a su tío.
El siguiente en entrar fue Samuel.
Ángel se sintió atrapado, entre las feromonas emitidas por un Omega con la experiencia de Lucas y las feromonas de Samuel, un Alfa, respirar se volvió imposible.
Ángel dobló una rodilla y terminó siendo él quien se apoyaba en el borde de la cama.
— ¡Basta! — ordenó Samuel.
Su presencia funcionó con Ángel, pero Javier era diferente, se había convertido apenas un par de días atrás y su estado era inestable. Lo ideal, habría sido mantenerse tranquilo y en calma. Eso ya no iba a pasar.
Los músculos de Javier se contrajeron, la transformación ya había iniciado.
— Samuel, saca a Ángel de aquí ahora mismo — ordenó Lucas mientras se interponía entre los dos chicos. — Rápido.
Samuel sujetó a su hijo por el cuello y lo arrastró hacia el pasillo lateral, el que conducía a las oficinas administrativas. — Muévete.
Javier se quedó de pie, jadeando. El rojo de sus ojos no desaparecía. Por el contrario, sentía que su piel quemaba. No había luna llena y no comprendía del todo lo que le estaba pasando, pero estaba seguro de una cosa; iba a transformarse.
— Javier, mírame — pidió Lucas, tratando de acercarse. — Tienes que calmarte.
¿Calmarse?
Javier apretó la mandíbula, conteniendo la palabra como un sabor amargo, pero lo que salió de su garganta fue un gruñido. Sin más esperanza, dio la vuelta y saltó por la ventana.
Lucas se acercó al marco, por suerte la habitación de Javier apuntaba al estacionamiento viejo, solo había un piso pavimentado y una vieja cerca que Javier saltó sin problemas.
— ¡Maldición! Iré por la camioneta — dijo Lucas en voz alta, aunque ya nadie quedaba en la habitación.
Javier siguió corriendo. El yeso de su pierna, cubierto con los mensajes de sus amigos y la frase de Ofelia ‘rómpete una pierna’, se partió desde adentro.
No fue el movimiento de su pierna lo que rompió el yeso, sino la expansión de sus músculos. Mientras corría, su forma humana era devorada por la bestia.
Javier corrió hasta que sus pulmones parecieron estallar. Se detuvo en un claro donde la luz del sol de la tarde filtraba sombras alargadas. Allí, el proceso de ruptura y recomposición comenzó; sus huesos crujieron, su mandíbula se estiró y el vello oscuro brotó con una violencia que lo hizo aullar de agonía.
Su conversión bajo la luna llena fue menos salvaje. Lucas había dado la orden de inyectarle un sedante mientras dormía para que el proceso fuera más fácil de asimilar.
Ese día Javier no tomó medicamentos. Pasó una mañana aburrida y de golpe, su día se había convertido en un infierno.
Cuando el proceso terminó, un lobo inmenso, de pelaje n***o como el azabache y hombros poderosos, se sentó sobre sus cuartos traseros. Sus ojos eran de color gris claro.
Estaba solo y de manera natural, aulló.
Ya no había enemigos a su alrededor, se sentía tranquilo, tanto, que le produjo miedo.
Lucas subió a su camioneta y condujo por la carretera. Siguiendo su instinto se salió de la carretera y se adentró en el bosque. Más adelante escuchó el aullido de Javier y bajó de la camioneta para correr el último tramo.
Mientras se acercaba, Javier lo olfateó.
Lucas era un Omega experimentado. Se diferenció a los diecisiete y ya habían pasado treinta años desde entonces. Su presencia en el bosque se sintió tan natural como un árbol o una roca.
Javier no gruñó.
Lucas tragó saliva, caminó muy lentamente para acercarse sin parecer una amenaza y le alegró ver que Javier estaba más calmado.
El problema era precisamente ese.
A menudo los lobos convertidos enfrentaban un periodo de choque. El lobo y el humano competían entre sí para tomar el control y se repelían mutuamente. Lucas vio a un lobo intentar caminar como humano y pararse sobre sus patas traseras, solo para perder el equilibrio y caer, también sabía que los lobos convertidos se esforzaban por hablar y creían que lo hacían, porque no eran conscientes de en realidad estaba gruñendo.
Sin embargo, en ese momento Javier estaba echado, gruñía, no hablaba y tampoco luchaba. El lobo y el humano se habían fusionado y ya no existía una brecha entre ambos. El cerebro de Javier se había rendido en la búsqueda de su humanidad y había asimilado su forma de bestia.
Eso solo significaba una cosa, se había diferenciado.
— Lo siento — dijo Lucas con voz suave. — Esperaba que el aislamiento funcionara — quiso disculparse, aunque de nada servía y soltó un largo suspiro. — Eres un Alfa.
Una vez completo el proceso de diferenciación, era imposible cambiar el subgénero.
El lobo gruñó, una vibración baja que sacudió las hojas de los arbustos.
— La buena noticia es que no estás solo. La manada de mi hermano tiene varios lobos jóvenes.
Lucas cerró los ojos. Hablar sobre su familia era una línea básica, el problema era que Javier no tenía cabida en la manada de Ángel. Ni hablar, era imposible.
Dos Alfas se repelían por naturaleza.
— Mi hermano conoce muchas comunidades, te buscaremos una manada. Lo importante es que no te aísles. He leído sobre casos de Alfas convertidos que piensan que pueden vivir por su cuenta, sin una manada y funciona, al comienzo — dijo Lucas y se humedeció los labios — pero la soledad les hace olvidar su lado humano y se convierten en auténticos lobos. Tienes que transformarte y hablar conmigo. Tu fractura nos dará tres meses, encontraremos una solución.
Javier se levantó, había un coche subiendo por la carretera, la velocidad era muy alta y los cables emitían un sonido molesto. Javier no pensaba con claridad, emprendió una rápida carrera y se lanzó contra aquel ruido infernal.
Lucas maldijo entre dientes.
El chirrido metálico de los frenos del taxi rompió el silencio. El conductor intentó ir más despacio, movió la palanca de velocidades y de repente, una mancha negra apareció en un costado y el taxi fue empujado contra la pared de contención.
El impacto fue inevitable, incluso si el conductor hubiera podido reducir la velocidad a tiempo, el costado del vehículo fue golpeado por un gran lobo.
El cristal de la ventanilla trasera estalló en pedazos, el conductor se golpeó contra el volante y en la parte de atrás, la única pasajera se quitó el cinturón de seguridad y empujó la puerta para abrirla y salir a la carretera.
Era Ofelia.
Estaba temblando, no podía ver con claridad y sentía que su cabeza daba vueltas. Subió las manos para buscar algún golpe, rastro de sangre o pedazo de vidrio en su cabeza. Todo parecía estar bien. Fue cuestión de suerte, si se hubiera sentado en el otro costado, su estado de salud sería muy diferente.
Pensó en llamar al servicio de emergencias cuando vio que sobre la carrocería del taxi se asomaba una gran sombra. Dio la vuelta y vio al gran lobo.
Ofelia gritó.
Unos segundos después, corrió por la carretera sin mirar a los costados, tropezó al entrar al bosque y cayó de bruces. Se levantó y arrastró por la hierba, quería ser rápida, quería escapar.
Al girarse vio como el gran lobo estaba a solo dos pasos de distancia y la miraba fijamente. De manera desesperada, Ofelia tomó una rama seca y la agitó en el aire.
— ¡Aléjate!
El lobo dio un paso más y su peso se hundió, el pelaje fue desapareciendo, los músculos se contrajeron y cuando sus ojos se encontraron con los de Ofelia, ella sintió que eran humanos.
La transformación la dejó sin palabras. El gran lobo se fue y en su lugar solo estaba Javier, tirado boca abajo sobre la hierba… desnudo.
Ofelia se quitó la blusa, era de color rosa y tenía encaje, debajo traía una blusa de tirantes. La usó para cubrir a Javier y se talló los ojos, deseando que todo fuera una ilusión.
Cuando Lucas llegó, la transformación ya había pasado y la situación entera, era un maldito desastre.