El doctor Lobato caminó por el pasillo, bajó un piso y buscó la habitación en la que estaba su sobrino Ángel, su hermano Samuel y su ex cuñada, Patricia.
Samuel lo vio llegar y acarició la espalda de Patricia antes de dejar la habitación, tenía pesadas ojeras. — Estoy bien, no necesitas supervisarme cada hora. — Lo dijo con los brazos cruzados.
— Lo sé.
— ¿Cómo está el chico? — preguntó Samuel refiriéndose a Javier.
— Sigue inconsciente. Su familia llegará pronto y entonces lo despertaremos — explicó Lucas.
Samuel respiró profundamente, como un buen Alfa, debía preocuparse por el civil que fue herido y convertido, pero le era difícil concentrarse.
Samuel le puso la mano en el hombro — Karina y Diego están en el laboratorio, en cuanto tengan el toxicológico vendrán a verte y Ángel se recuperará.
La expresión de Samuel cambió. — Esa niña no va a estar en la manada de mi hijo, no me importa que sea la hija de Karina, no quiero volver a verla.
— Estás muy agitado.
— Mi hijo está allá dentro luchando por su vida porque esa mocosa lo drogó — estalló Samuel y dio la vuelta para tranquilizarse — no la quiero cerca.
El doctor Lobato suspiró — apuesto a que Karina estará de acuerdo contigo y entre todos arreglaremos esto, pero primero, debes quedarte con tu familia — miró la habitación del otro lado de la vitrina.
Samuel asintió — gracias.
Más tarde Lucas dejó la clínica y fue hacia el estacionamiento, pero un aroma en el aire lo hizo detenerse.
Astrid llegó en un taxi, alcanzó a bajar y cerrar la puerta antes de que Lucas la sujetara del hombro y la arrastrara de regreso a la entrada.
— Espera, quiero ver a mi tío — pidió Astrid.
— No lo llames así, por tu propio bien, no vuelvas a llamarlo “tío”
Astrid se mordió el labio — quiero disculparme, hazlo tú en mi lugar, tío Lucas, dile que lo siento.
El doctor Lobato abrió la puerta de la camioneta — sube. Hablaré con Samuel en la mañana y le diré que lo sientes, anda — señaló el interior del coche, unos segundos después Astrid subió — ¿tu mamá sabe que estás aquí?
— No.
— Mi hermano está muy enojado. No hemos encontrado al traficante y tú no tienes idea de qué clase de droga le diste a Ángel, pero lo que haya sido, puso su vida en peligro.
Astrid se talló los ojos.
Lucas soltó el aire de golpe. — Escucha, sé que no tenías malas intenciones, no sabías cómo iba a responder a la droga, y la situación se salió de tu control, pero lo que no entiendo, es por qué corriste. Si nos hubieras llamado, cualquiera de nosotros habría hecho algo para ayudarte.
— Me puse nerviosa, se me resbaló el celular de las manos y pensé que podría salir por la puerta de atrás, no creí que él pudiera destrozarla, Ángel — hizo una pausa. — De verdad lo siento.
Lucas condujo a casa.
Era sábado por la mañana, Javier faltó a clases un día y Ofelia estaba preocupada. La pantalla de su celular mostraba cinco mensajes sin leer, todos del día anterior, pensó seriamente en borrarlos, pero eso generaría más preguntas.
Ofelia respiró profundo y mandó un mensaje a Beatriz.
— ¿Sabes algo sobre Javier?
La respuesta fue corta y contundente: NO.
Ofelia bajó los hombros y escribió un largo mensaje.
Beatriz escuchó su celular sonando y lo levantó, del otro lado de la cama estaba Santiago.
— ¿Quién es?
— Ofelia — respondió Beatriz — ayer faltó Javier, ya te imaginarás cómo está — suspiró y respondió, luego miró a Santiago. — Hazme un favor, mándale un mensaje a Javier.
— Seguro.
El mensaje se envió, ninguno había sido recibido por lo que Beatriz y Santiago determinaron que Javier se había quedado dormido y su celular se descargó.
Ofelia fue la única que siguió escribiendo.
El mensaje número veinte decía: — Espero que estés bien.
Lucas llegó a la mansión de los Lobato y Astrid bajó.
Mientras caminaban hacia la entrada Lucas recibió una llamada del hospital, la familia de Javier acababa de llegar y él tenía que regresar. Miró a Astrid. — Quédate en casa hasta que tus padres regresen. Yo tengo que volver a la clínica — dijo y se detuvo abruptamente — no vuelvas a ir, lo digo por tu bien.
Astrid respiró profundamente, caminó hacia el jardín para no entrar a la casa y se sentó en uno de los columpios. Su celular sonó.
Karina tenía los brazos cruzados y la espada recargada sobre la pared de una sala de espera. En cuanto la llamada conectó, suspiró. — Samuel me dijo que fuiste a la clínica.
Astrid imaginó que el Alfa de la manada de sus padres la había visto por la ventana, o la olfateó, o tal vez el doctor Lucas le envió un mensaje. No importaba, ahora todos lo sabían.
— Quería disculparme.
Karina negó con la cabeza. — No es buena idea, hija, te pedí que lo pensaras y creo que es tiempo de que tengamos esta conversación. De nuevo.
Astrid lloró. — Entiendo.
— Astrid, voy a hacerte una pregunta y necesito que me respondas honestamente, ¿qué es un Gamma para ti?
La respuesta no se hizo esperar. — Un protector, un guerrero, es el más fuerte, no es presa de sus emociones como el Alfa, ellos deciden cuándo transformarse, están en control de su fuerza, son los mejores.
No era una idea, era una convicción, Astrid pasó su vida idealizando la posición de sus padres dentro de una manada, era tarde para negarlo.
— Hija, un Gamma no es un guerrero, su papel no es pelear, es cuidar. Necesitas paciencia, respeto, no somos súper héroes con capas, somos personas y nuestro trabajo es pensar en los demás, un Gamma jamás pondría la vida de su Alfa en peligro.
— Sabes por qué lo hice — alzó la voz — nadie quiere hablar de eso, pero pasó. Soy una Omega por culpa de Ángel.
Karina se mantuvo en silencio, antes fue ella quien estaba en el papel del abogado acusador y señaló los errores de Ángel, pero ahora la historia había cambiado. — Y tú sabes por qué Ángel tomó esa decisión, lo hablamos contigo.
— No es verdad.
— Tu subgénero…
— No es cierto.
— Es Beta.
Astrid quería tener algo en las manos para lanzarlo.
— Tu personalidad, tu forma de ser, todo apuntaba a que serías una Beta, y no es algo malo.
— ¿Cómo puedes decir eso? — estalló — las Beta son las primeras en dejar la manada, no les interesa, no sienten respeto por los lobos.
Karina asintió — exactamente como tú, sí sintieras un poco de respeto por Ángel, no lo habrías drogado ni habrías puesto la vida de un civil en peligro, tampoco pensarías que ser Beta u Omega es algo denigrante.
Astrid se levantó del columpio y deseó gritar.
— Ángel tenía miedo de que te alejaras, por eso estuvo a tu lado todos estos años, él te ama y sus feromonas provocaron un cambio en tu diferenciación. No apruebo lo que hizo, Samuel tampoco, íbamos a buscarte una manada diferente, antes de todo esto — dijo Karina.
— Tú no sabes nada — lloró Astrid — yo iba a ser una Gamma, lo sé.
— ¿Qué hay del chico?, el civil que corrió atrás de ti en el campo. Lo empujaste hacia Ángel, pudo haber muerto.
Astrid se molestó — ¿él te dijo eso?
— No, yo lo vi. Llegué al campo, le apunté a Ángel y te vi usarlo como escudo humano.
La noche del jueves Karina llegó a la gasolinera en el momento en que Javier cayó al suelo, le tomó algunos segundos acomodar su rifle, pero cuando lo hizo, pudo ver a su hija empujando a Javier para que Ángel lo atacara a él. Por un par de segundos los dedos de Karina se paralizaron, no pudo creer que su hija hubiera puesto en peligro la vida de un inocente y hubiera corrido.
Tardó en disparar y ese tiempo fue lo que Ángel tardó en morder a Javier.
— No cuenta, él no es parte de la manada — soltó Astrid.
Karina sintió que algo se atoraba en su garganta, desde que Astrid entró en la adolescencia fue difícil comunicarse con ella, pero había llegado al punto en el que sentía que hablaban idiomas diferentes. — Es una persona, un ser vivo. Hija, todas las vidas cuentan.
— ¿Insinúas que soy una asesina?
— No es lo que quise decir.
Astrid perdió la poca calma que tenía. — Lo que tú y todos quieren decir es que yo soy la culpable. Lo que Ángel me hizo es comprensible, lo que yo le hice es el crimen de una psicópata. Gracias mamá, gracias por todo tu apoyo — dijo y colgó la llamada.
Karina intentó volver a marcar.
Diego Marín escuchó el nombre de Ángel y fue al mostrador, después buscó a su esposa. — Ya tenemos los resultados.
Karina asintió y abrió la cámara de su celular. — Les mandaremos fotografías para que puedan tratarlo de inmediato.
Aún no sabían qué tipo de droga se usó con Ángel, los resultados arrojaban compuestos desconocidos, pero había suficiente para tener un tratamiento.
Ángel iba a recuperarse.
Javier despertó a la mañana siguiente, después de su transformación. Su pierna estaba enyesada, de nuevo y su brazo estaba conectado a la intravenosa.
Pasó al baño y revisó las cicatrices, estas se habían vuelto la única forma de saber que todo fue real, era un hombre lobo y uno con serios problemas.
— Hay algo que necesito que entiendas — le dijo Lucas la noche anterior. — Tú no eliges tu subgénero, este se basa en tu personalidad y hay una probabilidad de que te conviertas en un Alfa.
Javier todavía recordaba esa conversación y estaba abrumado.
— ¿Cómo lo evito? — gruñó esa noche.
— Por lo pronto, lo más importante es que te quedes en la clínica y no tengas contacto con otros lobos en al menos un mes. Tampoco puedes involucrarte en peleas, debes ser la versión más tranquila y retraída de ti mismo.
— Hola.
La puerta se abrió y él tuvo dos segundos para subir a la cama sin que se notara que acababa de apoyar el peso de todo su cuerpo sobre la pierna rota.
Beatriz entró, también lo hizo Santiago, Ofelia y Lilia.
— ¿Cómo?
— ¡Sorpresa! — dijo Santiago y se sentó sobre la cama.
Javier forzó una delgada sonrisa.
— Tu mamá nos contó — explicó Ofelia.
— Y todos venimos preparados — anunció Lilia al tiempo en que sacaba un marcador permanente — ¿listos?
Javier señaló su pierna y dejó que todos dibujaran mensajes optimistas y de felicitación en el yeso de su pierna.
Ofelia lo miró brevemente e intentó decir algo.
— Te accidentaste el jueves, debes tener una maldición con ese día — habló Santiago y Ofelia se quedó callada.
Javier asintió.
— ¿Qué sucedió? — preguntó Beatriz.
— Yo…
No había forma de explicarlo, porque era una historia inventada, así que intentó no dar demasiados detalles.
— Salí del trabajo, un coche entró a la gasolinera a exceso de velocidad y me atropelló. Eso fue todo.
Fue una manera muy fría de tratar su accidente, por suerte, todos pensaron que se debía al trauma y no insistieron.
— ¿Fue antes o después de la chica de los jueves? — preguntó Santiago — lo digo para tener una referencia de la hora.
Javier sonrió. Dicho en voz alta ese apodo sonaba bastante ridículo y le alegraba saber que Astrid jamás lo hubiera escuchado, o él habría muerto de la vergüenza. Esa sonrisa se mantuvo en su rostro cuando miró a sus compañeros y dijo: — se llama Astrid.
Medio segundo después y tras escuchar las burlas, se arrepintió de haber compartido esa información.
— Así que fue después de las ocho — declaró Lilia, ya había terminado de escribir su mensaje. — Tu turno.
Ofelia tenía una frase en mente: una cita de Miguel de Cervantes que decía. “Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”
La había repasado todo el camino y sentía que era la frase perfecta, optimista, elegante y al mismo tiempo distante, porque no era ella, sino un escritor famoso quien la había escrito. Pero después de ver esa sonrisa y escucharlo nombrar a su chica de los jueves con tanta dulzura, tomó el marcador y escribió sin duda: “rómpete una pierna”
Santiago abrazaba a Beatriz.
— ¿Cuánto tiempo estarás en la clínica? — preguntó Lilia.
Javier respiró lenta y profundamente. — Dijeron que tres meses, pero planeo salir de aquí en un mes.
— Suena genial — dijo Santiago.
La punta del marcador dejó una mancha justo después de la frase que escribió Ofelia. Su expresión ya no era amable.
— Tú no te das de alta solo, los doctores tienen que revisar tus radiografías y enviarte a casa cuando estés listo, no antes, ¿sabes lo arriesgado que es no seguir el tratamiento, o la rehabilitación?
Los demás intercambiaron miradas, Ofelia sonó muy enojada e incluso Javier estaba sorprendido.
— Lo sé — habló Javier — pero la fractura no es tan grave…
— ¿Ahora eres doctor?
Lilia se aclaró la garganta y tomó el brazo de Ofelia. — Bebí mucha agua en el camino, iré al baño un momento, amiga, ¿me acompañas?
Beatriz levantó el marcador y tomó el lugar de Ofelia — ¡es mi turno!
Ofelia se dejó arrastrar solo porque sabía que, si se quedaba otro minuto, iba a estallar.
Lilia se detuvo en el pasillo y volteó a verla. — Lo siento, pero tenía que sacarte de ahí, estabas sonando como una novia preocupada y amiga, tú…
Dejó la frase a la mitad para que Ofelia la terminara y tras una larga exhalación, ella lo hizo.
— No soy su novia.
Lilia asintió con tristeza.
— Soy su amiga preocupada — dijo Ofelia. — Hace dos años mi tía se fracturó el tobillo, estuvo tres meses en silla de ruedas y la obligaron a volver al trabajo antes de tiempo, ella volvió a accidentarse y fue cuando los doctores descubrieron que tenía osteoporosis. Hay que seguir el tratamiento médico, ¿cuál es el punto de venir al hospital si vas a hacer lo que tú quieras?
Lilia alzó las cejas. — Dices, que Javier podría tener osteoporosis. Y yo te saqué de la habitación porque pensé que ibas a decir algo estúpido, te debo una disculpa — habló con sarcasmo.
Ofelia guardó silencio, procesando sus palabras hasta que lo comprendió. No hizo falta que le diera las gracias a Lilia por haberla detenido, un abrazo lo dijo todo.