Le partía el alma salir por esa puerta y dejarla allí, no le conocía pero le traía recuerdos un tanto dolorosos. Dejarla era como fallar a una promesa, y él no podía.
Jennell se removió incómoda, y por un momento pensó en soltar todo lo que llevaba guardado durante todo ese año, sus ojos cansados hicieron contacto visual con los de él y aunque los suyos estaban vacíos se dejó llevar por ese azul tan intenso que exigían respuestas.
— Porque si acepto tu ayuda vendrían acompañada de preguntas que no estoy dispuesta a responder. —dijo bajo, tan bajo como si le costara admitirlo.
— j***r, sí que tengo ganas de hacerte un interrogatorio ahora mismo, pero también quiero ayudar —pausó un momento— ¿Si aceptas que te ayude al menos prometes que me contaras que es lo que ocultas algún día?
Jennell pensó en mentir pero finalmente negó.
— Probablemente no.
— Vale, —dijo resignado y se volvió a levantar— quiero que aceptes mi ayuda, no te preguntaré nada, pero por favor deja que te ayude y no te dejes acabar en una puta cama.
Jennell miró la pared como si se debatiera en que contestar hasta volver a ver aquel rubio que había insistido en ayudarle desde hacía unos días.
— ¿A cambio de qué? — preguntó desconfiada.
— A cambio de que no te quedes a mirar como tu vida se desliza por tus dedos.
— Digo, ¿Qué tengo que hacer? —replantea su pregunta de otra forma.
— Trabajar, por supuesto, pero en un sólo turno y algo en lo que puedas pagarte una residencia representable, —agrega—y comer de manera balanceada.
La vergüenza volvió a sumirla y se quedó callada. Ya la había visto desmayarse, ya sabía que padecía y había visto su estadía en todo su esplendor, ¿Qué más podía avergonzarla?
— Supongo que te pagan una miseria para que vivas así, que desgraciados tus jefes. — no pudo evitar comentar Ancel
— No quiero hablar de eso.
— Vale, —cortó él alzando sus manos— recoge tus cosas para irnos de una vez porque el auto a estado afuera por mucho tiempo.
Jennell abrió los ojos y le miró como quien mira un fantasma.
— ¿Que has dicho?
— Que recojas tus cosas y...
— Eso ya lo he odio, ¿pero para qué? —no pudo evitar sonar alarmada.
— La ayuda que aceptas comienza por qué dejes este cuchitrí. —su cara demostraba lo molesto y asqueado que estaba.
— No pienso irme de aquí.
Ancel dejó de caminar y se puso las manos en las caderas con seguridad.
— Y yo pienso que sí.
Jennell miró a la pared otra vez y Ancel empezaba a molestarle ese gesto de niña y se sorprendió de lo rápido que ella podía impacientarle.
— El trabajo en él empezaras necesita que estés cerca, y tú estás al extremo de él como para poder tomar transporte y llegar a tiempo o conseguirlo para regresar cuando salgas.
— ¿Dónde queda?
— Al norte de acá.
— Probablemente cocinarás, o leerás algún cuento o ayudarás con cualquier cosa. —dijo indiferente mientras la veía con impaciencia por el tiempo que corría empezaba a sentir asfixia de ese lugar tan pequeño.
— No puedo, tendrían que hacerme preguntas, presentar papeles que no tengo —se detuvo abruptamente—... Tiempo de organizar —dijo después con disimulo—, no puedo.
— No lo harán.
— ¿Tu como sabes? — pregunto medio fastidiada.
— Porque soy el director, el dueño y único jefe.
Oh, que soberbio había sonado eso.
Eso le dejó pasmada y no pudo evitar verle con sorpresa, en ningún momento lo dijo de manera presuntuosa, lo dijo de una manera simple.
— Vale...
— Ahora por favor, recoge tus cosas que se nos hace tarde.
— ¿Qué tengo que llevarme? ¿Cómo voy a pagar la residencia? —miró a otro lugar que no fuera su cara para decir lo siguiente— No tengo dinero.
— El lugar donde te quedarás correrá por los gastos del trabajo. —mintió él con una sonrisa amable, ya lo pagaría él sin que ella se enterase.
— Bien. — dijo una anonada Jennell de que estuviera aceptando ayuda y que fuera a mudarse de ese lugar donde habitaba hacía más de un año. Cuando había querido hacerlo pero sus ingresos y otras circunstancias no se lo permitían.
Se levantó y con unos pasos cerca de la habitación volvió a preguntarle que debía llevarse.
— Solo tus cosas más importantes y la ropa.
Ella no dijo nada y tardó al menos veinte minutos en recoger lo poco que tenía en una maleta, y sin sentir nada miró la habitación, no dejaba nada, porque la verdad es que había ingresado sin nada a ella. Y ahora que se marchaba seguía con las mismas cosas, algunas mudas de ropa, un sobre con algunos papeles y otro que nunca había querido abrir.
Salió de la habitación y se encontró al rubio con un pasamontañas y los lentes puestos. Debió quitárselos cuando había entrado a la habitación, pensó ella.
— Había olvidado que eras el hijo del senador camuflado. — bromeó para aliviar la vergüenza que llevaba junto con la maleta, el sólo sonrió y le quito la maleta mientras salía sin miramientos y ella se detuvo unos segundos para mirar todo pero no dudó en salir y seguir a aquel rubio terco, que con suerte, la ayudaría.