Capítulo 5

1700 Words
  —¿Eh? —murmuró Jason, todavía absorto en el contenido de la carta.   "¿Qué quiso decir con que lo entendería más adelante? ¿Había algo sobre esta familia que debía saber?"   Bajó la mirada, pensativo, y se acomodó en el asiento.   Mirenda y James lo observaban con sorpresa. Matilda, muy seria, salió de la sala y se dirigió a su habitación.   —Hermano, ¿por qué te casaste en secreto? —preguntó Mirenda, tratando de entender qué razones podía tener para ocultar su matrimonio.   —No fue algo planeado. Simplemente ocurrió —respondió Jason con sinceridad.   —¿Cómo que simplemente ocurrió? ¿Está embarazada? —preguntó James, intrigado.   Acto seguido, rompió a reír. Sabía lo distante que Jason se mostraba con las mujeres desde aquel incidente ocurrido cuando apenas era un niño.   Mirenda miró a James sin entender qué tenía de gracioso su pregunta. Jason se limitó a levantar los ojos hacia él antes de volver a bajarlos, sin responder.   —Espera, espera... Lo siento —dijo James, intentando contener la risa—. ¿Ella te violó?   Y volvió a reírse.   —Ya basta, James. No tiene ninguna gracia —lo reprendió Mirenda. Luego se volvió hacia Jason—. No le hagas caso. Ya sabes cómo es.   —Siempre has sido muy reservado, hermano. Casi llegué a pensar que eras gay. No sabía que tenías una amante secreta —comentó James con una sonrisa—. En fin, felicidades.   Mirenda puso los ojos en blanco.   —Eres imposible —murmuró, mirando a James.   —No me lo creeré hasta que vea a esa mujer.   La voz de su madre llegó desde la entrada del pasillo que conducía a su habitación, la que antes había compartido con el Sr. Haward.   James y Mirenda volvieron la cabeza hacia ella. Jason apenas alzó la vista antes de bajarla de nuevo.   —Mamá, ¿qué tiene de malo que haya decidido casarse en secreto? —preguntó James.   —Esta familia tiene una imagen que proteger. Imaginen el escándalo que se desataría si los medios se enteraran —replicó la Sra. Haward.   —Mamá, estás exagerando. Podemos organizar una rueda de prensa y presentarla. ¿Cuál es el problema? —señaló Mirenda.   La Sra. Haward evaluó la situación. Jason guardaba completo silencio, pero James y Mirenda habían salido en su defensa. Si seguía insistiendo, empezarían a sospechar, y no podía revelarles nada delante de Jason. Por el momento, sería mejor dejarlo pasar.   —Tienes razón. Supongo que no lo había visto de esa manera. Entonces no hay ningún problema —concedió con una sonrisa—. Voy a descansar un rato. Avísenme cuando llegue la esposa de Jason.   La sonrisa desapareció en cuanto les dio la espalda y se alejó.   James se levantó de inmediato y fue a sentarse junto a Jason.   —Entonces, cuéntame, hermano. ¿Cómo es ella? —preguntó con una sonrisa.   Jason se volvió hacia él.   —Está fuera de tu menú, así que ni se te ocurra intentar cocinarla —respondió con severidad.   —Tranquilo. Ya tengo novia, ¿lo olvidaste? —James se recostó en el sofá.   —Sí, la tienes. La pregunta es cuántas tienes y si eso alguna vez te ha detenido.   James frunció el ceño, mientras Mirenda se echaba a reír por el comentario de Jason.   —Hermano, tienes que encontrar a una chica y sentar cabeza con ella. Créeme, serás más feliz —dijo Mirenda con una sonrisa.   James se inclinó hacia delante para mirarla.   —¿Por qué querría ver un solo canal si tengo en la mano un control remoto que me da acceso a muchos canales y a toda clase de programas?   —¡Puaj, qué asco! —Mirenda hizo una mueca.   —No eres hombre, así que nunca lo entenderás. Además, tú no tienes esos privilegios —replicó James.   —Señor, ya está aquí —anunció el guardaespaldas.   James y Mirenda se volvieron hacia la entrada para ver quién aparecía. Jason fue el único que no se movió.   Los dos sentían curiosidad por saber qué clase de chica podía atraer a Jason y qué mujer lo bastante loca habría pasado por alto su actitud distante para atreverse a casarse con él. James, que no creía en el amor, ya había decidido que debía de tratarse de una cazafortunas.   Mirenda, en cambio, imaginaba a una mujer sofisticada y de extraordinaria belleza.   Julia entró en la sala privada y creyó que iba a desmayarse. Todo a su alrededor parecía demasiado caro. Había oído hablar de lugares así, pero nunca había entrado en ninguno. Se quedó inmóvil en la entrada.   La sonrisa de Mirenda se congeló.   Bueno, era hermosa, pero no se parecía en nada a la mujer que había imaginado. La examinó de pies a cabeza. Llevaba una sencilla blusa blanca y unos jeans azules. Lo único costoso que lucía era el anillo del dedo. Su cabello parecía no haber visto el agua jamás.   "¿Qué es eso?", pensó Mirenda, haciendo una mueca como si acabara de encontrarse con algo repugnante.   James, por su parte, ni siquiera intentó contener la risa.   —Ahora todo tiene sentido. Ya entiendo por qué no querías que nadie se enterara de tu matrimonio —comentó entre risitas—. ¿Dónde la encontraste? ¿La sacaste de un basurero?   Se levantó y llamó a su madre.   —¡Mamá, ven rápido! ¡No vas a creerlo!   Jason no se movió del sofá. Tampoco quería que Julia estuviera allí, pero tenía la carta de su padre. Lo había amado profundamente y no había nada que no estuviera dispuesto a hacer por él.   Todo habría sido más fácil si siguiera vivo. Podría haber discutido el asunto con él. Sin embargo, ya no estaba y lo único que le había dejado era aquella carta. Negarse a cumplir lo que decía sería como rechazar el último deseo de un muerto.   La Sra. Haward entró en la sala con el ceño fruncido por los gritos de James. En cuanto vio a Julia, soltó un chillido.   —¿Qué es eso? ¿Cómo ha llegado hasta aquí?   —Bueno, esto es lo que trajo el gato —dijo James, alzando las manos.   Jason le lanzó una mirada de advertencia.   —James, ya basta —lo reprendió Mirenda antes de dirigirse a la Sra. Haward—. Esa es la supuesta esposa de Jason.   —Estás bromeando, ¿verdad? —exclamó la Sra. Haward.   —No, no está bromeando. Mira su dedo —dijo James, señalando la mano de Julia.   Ella se apresuró a cubrir el anillo con la otra mano.   Desde que había entrado, no había oído más que un comentario humillante tras otro. Jason seguía sentado en el sofá como si formara parte del mobiliario, mientras ella permanecía clavada en el mismo lugar donde la había dejado el guardia.   —Jason, esto es inaceptable. ¿Cómo has podido hacernos algo así? —le recriminó la Sra. Haward—. ¿Cómo vamos a presentar eso ante el público?   Señaló a Julia.   Julia dio media vuelta y salió de la sala. Los guardias que estaban fuera la vieron cruzar la puerta principal y la detuvieron antes de que pudiera marcharse.   —¿Adónde crees que vas? —preguntó el guardia que le cerró el paso.   —Al lugar al que pertenezco —respondió ella al borde del llanto.   —No puedes irte.   —¿Por qué? No pertenezco aquí. ¿Por qué no puedo volver a casa? Mi mamá ni siquiera sabe que no estoy allí —protestó Julia.   —Espera en el coche —le sugirió él.   Era Peter, el guardaespaldas de mayor confianza de Jason. Sabía lo cruel que podía ser aquella familia con cualquiera que no cumpliera sus estándares. Trataban a esas personas como si fueran algo sucio.   Dos minutos después, Jason salió por la puerta principal. Se detuvo un instante, sumido en sus pensamientos. Estaba tan furioso que parecía posible percibir su ira a kilómetros de distancia, aunque ni siquiera eso restaba atractivo a su apariencia irresistible.   La camisa se ajustaba a su ancho pecho y marcaba sus bíceps. Se pasó una mano por el cabello n***o azabache y clavó la vista al frente. Bajo la intensa luz del sol, el azul de sus ojos resaltaba aún más. Después avanzó a grandes zancadas hacia aquel coche abarrotado.   Peter se apresuró a abrirle la puerta trasera. Jason subió y se sentó junto a Julia.   Al verlo, ella se apartó hasta pegar la espalda contra la puerta.   —Por favor, quiero irme a casa —suplicó.   —Por ahora no puedes —respondió él con frialdad.   —Por favor, mi mamá no sabe que he salido. Estará muy preocupada. Al menos déjame volver para decirle que estaré fuera un tiempo. Te lo ruego.   Jason contempló su rostro triste y suplicante, y sintió lástima por ella.   —Está bien. Te dejaré ir a casa con una condición: mañana regresarás antes de las seis de la mañana. Ya sabes que puedo encontrarte si intentas huir —la amenazó.   —Sí, por favor. —Julia asintió.   Ya la habían secuestrado dos veces y nadie había hecho nada porque todos les tenían miedo. Eran ricos y poderosos. Podían hacer desaparecer a alguien sin dejar rastro.   Julia no sabía quién era aquel hombre, pero parecía tener toda la ciudad bajo su control.   —Llévala a casa de su madre y vuelve a buscarme más tarde —ordenó Jason antes de salir del coche.   Julia sintió un enorme alivio en cuanto él se marchó. Su sola presencia parecía capaz de asfixiarla hasta la muerte.   Peter la llevó de regreso a casa y la dejó allí.   —Mañana vendré a recogerte a las cinco de la mañana. Debes estar lista —le advirtió.   Ella respondió con un gesto de asentimiento.   Entró en la casa deseando con todas sus fuerzas poder escapar de aquella familia rica. Pero ¿adónde podía ir?   Su amiga Michael aún se estaba recuperando de la paliza. Y Tilly no volvería a hablarle cuando descubriera que había revelado sus nombres y datos de contacto.   Julia se quedó de pie en el porche, angustiada y sin saber qué hacer.
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