[ADRIEN]
Al día siguiente.
La taza de café caliente entre mis manos no parece ser de demasiada ayuda para un cuerpo que apenas ha podido descansar durante nuestra primera noche en este lugar que, para cualquier pareja normal, sería el paraíso. Desde el balcón de la suite el paisaje italiano se extiende silencioso bajo la luz suave de la mañana, las colinas cubiertas de viñedos dibujando líneas verdes que se pierden en la distancia, mientras el aire fresco trae consigo el aroma húmedo de la tierra.
Sin embargo, por hermoso que sea el paisaje, mi mente no ha dejado de girar alrededor del mismo problema desde que amaneció.
Por mi propio bien decidí dormir en el sofá. En su momento me pareció una decisión sensata, incluso necesaria. Pensé que la distancia ayudaría a mantener las cosas en su lugar, que un par de metros entre nosotros bastarían para recordarme que esto sigue siendo un acuerdo cuidadosamente establecido entre dos personas que sabían exactamente lo que estaban haciendo.
La realidad resultó ser bastante distinta.
La vista desde el sofá fue lo más parecido a una tortura silenciosa. Claire dormía en la cama apenas cubierta por una sábana que parecía empeñada en deslizarse cada vez que se movía, y el camisón ligero que llevaba puesto —demasiado fino para alguien que pretende mantenerse distante— se deslizaba sobre su piel con una naturalidad que convertía cada pequeño movimiento en una distracción peligrosa.
Intenté dormir.
Intenté cerrar los ojos y concentrarme en cualquier otra cosa: en el trabajo pendiente, en las decisiones que me esperan cuando regrese a París, en el consejo de administración, incluso en el problema del laboratorio que aún no está completamente resuelto.
Pero cada vez que abría los ojos, Claire seguía ahí.
Dormida.
Tranquila.
Completamente ajena al efecto que estaba causando.
Y fue entonces cuando la pregunta comenzó a repetirse en mi cabeza con una insistencia que no pude ignorar.
¿En qué momento empecé a verla de esta manera?
Esto debía ser un acuerdo. Un arreglo conveniente que nos permitía a ambos resolver problemas que de otro modo habrían sido mucho más difíciles de manejar. Claire necesitaba estabilidad para ayudar a su padre y proteger su lugar dentro de la empresa. Yo necesitaba demostrar a mi abuelo que era capaz de construir algo parecido a una vida personal estable.
Nada de eso incluía… esto.
Y, si soy completamente honesto conmigo mismo, Claire ni siquiera pertenece al tipo de mujer que solía llamar mi atención. No tiene esos ojos grandes y azules que parecen diseñados para hipnotizar en una portada de revista, ni la presencia cuidadosamente estudiada de las mujeres que se mueven con naturalidad en galas, inauguraciones y eventos empresariales.
Sus ojos son marrones, cálidos, y sin embargo tienen algo mucho más peligroso: una honestidad que resulta imposible de ignorar.
Su figura tampoco responde al molde que el mundo de la moda ha impuesto como ideal absoluto. Pero sus curvas tienen una delicadeza natural que despierta la imaginación con una facilidad que empiezo a considerar problemática.
Mi mente sigue avanzando por ese camino peligroso cuando una voz detrás de mí interrumpe el silencio de la mañana.
—Buenos días… ¿a qué hora te despertaste? No te escuché.
La realidad regresa de golpe.
Claire está despierta.
No me giro de inmediato. Sé que si lo hago demasiado rápido mi expresión podría delatar más de lo que quiero admitir.
—Muy temprano —respondo, intentando mantener el tono neutral—. Tenía algunos asuntos que resolver.
La mentira sale con demasiada facilidad.
Dejo la taza de café sobre la pequeña mesa del balcón y me preparo para entrar de nuevo a la habitación.
—Voy a ducharme.
Intento pasar junto a ella sin mirarla demasiado, pero Claire da un paso hacia mí antes de que pueda continuar.
—Adrien.
Me detengo.
Hay algo en su tono que me obliga a girarme finalmente.
—¿Qué ocurre? —pregunta con una preocupación genuina—. ¿Hice algo malo? ¿Te has enfadado conmigo?
Levanto la mirada.
Y en el momento en que la veo entiendo que ese fue un error.
Claire está descalza, todavía con el camisón de la noche anterior. La tela ligera cae suavemente sobre su cuerpo, delineando las curvas con una naturalidad que mi mente preferiría ignorar después de una noche entera intentando hacerlo.
Su cabello está ligeramente desordenado por el sueño y sus ojos me observan con una mezcla de curiosidad y preocupación que resulta extrañamente desarmante.
Respiro hondo antes de responder.
—No hiciste nada malo.
—Entonces ¿por qué estás actuando raro?
La pregunta es directa, como casi todas las que hace.
La observo unos segundos antes de hablar.
—Porque estoy intentando comportarme como una persona razonable.
Claire frunce ligeramente el ceño.
—No entiendo.
—Ese es precisamente el problema.
Doy un paso hacia ella antes de poder detenerme.
—Claire… dormiste a dos metros de mí toda la noche.
—Lo sé.
—Con ese camisón.
Sus mejillas se tiñen de un leve color rosado.
—Adrien…
—Y yo soy un hombre, no un santo.
El silencio que sigue es tan denso que parece llenar toda la habitación.
Claire baja la mirada durante un instante antes de volver a levantarla.
—Pensé que estabas dormido.
—Ojalá lo hubiera estado.
Una pequeña sonrisa nerviosa aparece en sus labios.
—Lo siento.
—No deberías.
—¿No?
—No.
Doy otro paso hacia ella.
Ahora la distancia entre nosotros es mínima.
—El problema no eres tú —añado con voz más baja—. El problema es que empiezo a olvidar que esto era solo un acuerdo.
Claire deja de respirar durante un segundo.
—Adrien…
Su voz suena distinta ahora.
Más suave.
—No deberías decir eso.
—¿Por qué?
—Porque complica las cosas.
—Las cosas ya están complicadas.
Nos miramos durante varios segundos sin que ninguno retroceda.
—Claire —digo finalmente, en voz baja—. Si me acerco un poco más ahora mismo… ¿vas a apartarte?
Ella no responde.
Sus ojos permanecen fijos en los míos.
Eso es suficiente.
Cierro la distancia lentamente, con cuidado, dándole tiempo para detenerme si quiere hacerlo.
Pero Claire no se mueve.
Cuando mi mano finalmente se eleva para tocar su rostro, su piel está tibia y su respiración se vuelve irregular.
—Dime que me detenga —murmuro.
No lo hace.
Sus labios están a apenas unos centímetros de los míos cuando finalmente la beso.
El gesto es suave al principio, casi una pregunta más que una afirmación.
Claire permanece inmóvil durante un segundo que parece eterno.
Luego responde.
No con urgencia.
No con experiencia.
Sino con una sinceridad que resulta mucho más peligrosa.
El beso dura apenas unos instantes antes de que me aparte.
No porque no quiera continuar.
Sino porque sé que, si no me detengo ahora, probablemente no lo haré después.
Claire abre los ojos lentamente.
Nos quedamos mirándonos en silencio.
—Eso… —dice finalmente con voz baja.
—Sí.
—No estaba en el acuerdo.
—Lo sé.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.
Pero ahora es diferente.
Porque ambos sabemos que algo acaba de cambiar.
Y ninguno de los dos puede fingir que no ocurrió.