INQUIETUD

1017 Words
[ADRIEN] El amanecer todavía no ha llegado, pero la noche ya no es oscura. La ciudad se filtra a través de los ventanales de la suite con un resplandor tenue que dibuja sombras suaves sobre el techo. No sé en qué momento dejé de intentar dormir; simplemente me quedé allí, mirando la penumbra, escuchando la respiración de Claire al otro lado de la cama como si fuera el único sonido real dentro de la habitación. La imagen regresa sin que la convoque. Sus hombros descubiertos cuando el vestido cedió bajo mis dedos. La piel tibia que rocé con una concentración demasiado consciente para ser accidental. No hubo nada impropio en el gesto. Fue práctico, necesario. Pero mi cuerpo no reaccionó como si lo fuera. Y esa es la parte que no logro acomodar dentro de la lógica que siempre me ha servido para mantener el control. Me muevo apenas, buscando una postura más cómoda, y el colchón responde con un leve hundimiento. Claire cambia el ritmo de su respiración casi de inmediato. No está dormida. —¿Sigues despierto? —pregunta sin abrir los ojos. Su voz es baja, áspera por el cansancio, pero firme. —Sí. Ella se gira lentamente hacia mí. La bata de seda se ha deslizado un poco durante la noche y deja al descubierto la curva de su clavícula. La luz tenue realza los contornos sin exagerarlos. No hay intención en el gesto, pero la escena tiene una intimidad que no estaba prevista cuando firmamos aquel acuerdo en mi despacho. —Mañana será largo —dice, como si necesitara recordar que el día que nos espera tiene estructura, agenda, propósito. La observo un instante antes de responder. —No he dejado de pensar en lo de hace unas horas. No necesito especificar a qué me refiero. Ella lo sabe. Su mirada se mantiene estable, pero percibo el leve endurecimiento en su expresión. —Te ayudé a quitarte el vestido —continúo—. Fue simple. —Lo fue. —No para mí. La confesión queda suspendida entre nosotros con una densidad que altera el aire. Claire se incorpora un poco, apoyándose sobre el codo. Ahora estamos más cerca. No lo suficiente para tocarnos, pero sí para que la distancia se sienta deliberada. —Adrien —dice con calma—. No compliquemos algo que funciona. La palabra funciona me provoca una reacción inmediata. —¿Eso es lo que crees que está pasando? ¿Que solo funciona? —Hasta ahora, sí. Su tono no es frío. Es racional. Como si estuviera defendiendo un proyecto que ambos diseñamos con precisión y no quiere que se desmorone por un impulso. Me inclino ligeramente hacia ella, no invadiendo, pero sí acortando el espacio que insiste en sostener. —Cuando te besé en la iglesia —digo—, no estaba pensando en el consejo. Su respiración cambia, casi imperceptible. —Lo noté. —Y cuando el vestido cayó… tampoco. El silencio que sigue es más honesto que cualquier respuesta inmediata. Claire baja la mirada un segundo antes de volver a sostener la mía. —Precisamente por eso marco la distancia. —¿Temes que no pueda controlarlo? —Temo que tú no sepas todavía si quieres hacerlo. La claridad con la que lo expresa me desarma más de lo que esperaba. No hay dramatismo. No hay provocación. Solo una evaluación directa. Me acerco un poco más. Ahora puedo sentir el calor que emana de su piel. No la toco. Pero sé que si extendiera la mano, la alcanzaría. —No entiendo por qué actúas como si yo fuera una amenaza —digo en voz baja. Ella niega apenas con la cabeza. —No eres una amenaza. Eres una posibilidad. Y yo no puedo permitirme confundirme. Esa última frase tiene un peso que va más allá de nosotros. Pienso en su padre, en el tratamiento, en la razón real por la que aceptó este matrimonio. Pienso en lo que ella arriesga si esto deja de ser un acuerdo claro. —No todo es cálculo, Claire. —Para mí sí lo es —responde con suavidad—. Tiene que serlo. Su honestidad me inquieta más que cualquier gesto físico. Porque entiendo que, para ella, la estabilidad no es un concepto abstracto como para mí. Es supervivencia. La observo en silencio, intentando descifrar qué parte de mi reacción le preocupa tanto. ¿Es el deseo? ¿Es la posibilidad de que yo deje de verla como una aliada y comience a verla como algo más? —¿Te molestó que me quedara un segundo más? —pregunto finalmente. Ella no aparta la mirada. —No. La respuesta me sorprende. —Entonces ¿qué te inquieta? Tarda unos segundos en responder. —Que tú no lo hicieras por protocolo. El aire entre nosotros parece volverse más denso. Me acerco apenas un poco más, lo suficiente para que nuestras respiraciones casi se mezclen. —¿Y si no quiero hacerlo solo por protocolo? No hay desafío en mi voz. Solo una curiosidad que empieza a volverse más difícil de ignorar. Claire sostiene mi mirada. Sus ojos oscuros reflejan la luz tenue de la ciudad. —Entonces tendríamos que cambiar las reglas. El silencio que sigue es largo, cargado, eléctrico. No nos movemos. No cruzamos la línea. Pero la posibilidad está ahí, tangible, suspendida a centímetros de distancia. Finalmente, soy yo quien rompe el equilibrio. Me recuesto de nuevo sobre la almohada, devolviendo espacio al aire entre nosotros. —Dormiremos —digo, más como una decisión que como una sugerencia. Ella asiente. La habitación vuelve a quedarse en silencio, pero ya no es el mismo silencio con el que comenzó la noche. Ahora hay una tensión latente, una conciencia mutua que antes no existía. Cierro los ojos y trato de ordenar mis pensamientos. No estoy enamorado. No he perdido el control. Pero algo ha comenzado a moverse bajo la superficie de esta estrategia perfectamente diseñada. Y lo más inquietante no es que la desee. Es que empiezo a querer entenderla. Y esa curiosidad puede ser más peligrosa que cualquier impulso.
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