[ADRIEN]
La fiesta ya no tiene el brillo inicial de los primeros brindis, pero sigue siendo impecable. La música envuelve el salón con una elegancia medida y los invitados se mueven entre mesas y copas con la misma precisión con la que se negocian acuerdos. Claire está a mi lado, serena, impecable, respondiendo con educación a cada felicitación. Nadie podría adivinar que debajo de esa calma existe una línea invisible que ambos estamos intentando no cruzar.
Es entonces cuando mi abuelo se pone de pie. No golpea la copa, no eleva la voz. Simplemente se levanta, y el salón entiende que debe callar. Claire lo percibe antes que yo; siento cómo su postura se endereza ligeramente.
—Queridos amigos —comienza él, con esa serenidad que siempre esconde estrategia—, esta noche celebramos una unión que trasciende lo evidente.
Las miradas se vuelven hacia nosotros. Claire mantiene la sonrisa exacta que exige la ocasión.
—Un matrimonio necesita tiempo lejos del ruido —continúa mi abuelo—. Lejos de compromisos. Lejos de todo aquello que no permita que dos personas se conozcan de verdad.
Siento que Claire respira apenas más lento.
—Por eso —añade—, he decidido hacerles un regalo que espero acepten sin reservas.
La organizadora aparece junto a él con una caja pequeña, elegante. La coloca frente a nosotros. Los aplausos comienzan incluso antes de que la abra. Claire me mira de reojo.
—¿Qué ha hecho ahora? —murmura apenas.
—Nada pequeño —respondo sin apartar la vista de la caja.
La abro.
Dos boletos privados. Una tarjeta grabada.
Villa Belladonna, Lago di Como. Una semana. Salida mañana a las ocho.
Levanto la vista lentamente.
—Mañana —repito en voz baja.
Mi abuelo sonríe.
—El avión ya está preparado, Adrien. La villa es completamente privada. Nadie los interrumpirá. Consideren esto… una oportunidad.
Claire inclina la cabeza con elegancia.
—Es un gesto muy generoso —dice con una sonrisa perfecta.
—Es un gesto necesario —responde mi abuelo, sin dejar de mirarme.
El salón estalla en aplausos. Brindis. Música.
Pero entre Claire y yo se instala algo más denso que cualquier celebración.
Logramos apartarnos unos minutos hacia un corredor lateral mientras los invitados nos conceden espacio.
—No puedes estar considerando esto en serio —dice ella en voz baja, sin perder la compostura.
—No puedo rechazarlo —respondo.
—Claro que puedes.
La miro con calma.
—No sin que parezca que hay algo que ocultar.
Ella cruza los brazos con suavidad, no en defensa, sino en contención.
—Habíamos acordado límites, Adrien.
—Y los seguimos teniendo.
—¿En una villa aislada en el Lago de Como? —pregunta con ironía leve.
—Es solo una semana.
—Una semana sin distracciones. Sin terceros. Sin distancia.
No responde desde el enojo. Responde desde la lógica.
—No voy a forzarte a nada —le digo.
—No se trata de fuerza —contesta inmediatamente—. Se trata de contexto.
El silencio entre nosotros se vuelve más pesado.
—Mi abuelo sabe exactamente lo que hace —añade.
—Siempre lo sabe.
—Nos está encerrando.
—Nos está probando.
Ella me observa fijamente.
—¿Y tú qué quieres, Adrien?
La pregunta no es simple. No respondo de inmediato.
Regresamos al salón porque no podemos desaparecer demasiado tiempo. La música inicia otra pieza y alguien nos pide que volvamos a la pista. Coloco mi mano en su cintura; ella no se aparta, pero tampoco se acerca.
Mientras bailamos, su voz apenas roza mi oído.
—No quiero que olvides por qué hicimos esto.
—No lo he olvidado.
—Entonces no actúes como si esto fuera una luna de miel real.
La giro con suavidad. El vestido roza mi pierna. Su perfume me distrae.
—¿Te asusta que pueda parecerlo? —pregunto.
Sus dedos se tensan en mi hombro.
—Me asusta que tú quieras que lo sea.
Sostengo su mirada.
—¿Y si quisiera?
Se detiene apenas un segundo.
—No es parte del acuerdo.
—Los acuerdos pueden evolucionar.
—No en una semana impuesta —responde con firmeza.
El baile termina y los aplausos nos envuelven nuevamente. Sonrío para las cámaras. La beso en la mejilla. Mis labios quedan demasiado cerca de los suyos.
Ella lo nota. Yo también.
Más tarde, cuando el salón se vacía y solo quedan luces suaves y ecos lejanos de conversación, nos quedamos un momento solos.
—¿Vas a intentar escapar mañana? —pregunto, en tono casi ligero.
—¿Tú lo harías?
—No.
Ella sostiene mi mirada durante largos segundos.
—Yo tampoco.
La respuesta no suena a rendición.
Suena a desafío.
Salimos finalmente del hotel pasada la medianoche. El coche nos espera bajo las luces tenues. Claire mira la ciudad por la ventana mientras avanzamos.
—Una semana —dice finalmente.
—Una semana —repito.
—En un lugar donde no habrá nada más que nosotros.
—Exacto.
—Y una sola suite —añade.
—Una sola suite.
El silencio que sigue ya no es discusión.
Es anticipación.
Y mientras observo su perfil iluminado por las luces de la ciudad, comprendo que el regalo de mi abuelo no es un viaje romántico.
Es una prueba. Y ninguno de los dos tiene intención de escapar.