Grimm gruñe bajo, un sonido profundo que vibra en la cabaña. Está de pie detrás de ella, enorme, inmóvil, con los ojos clavados en su figura como si evaluara si vale la pena romperla en dos o simplemente ignorarla. Noa siente el impulso de retroceder, pero no lo hace. Se da la vuelta lentamente y lo mira de frente. Le dedica una sonrisa tensa, de esas que no esconden miedo, pero tampoco desafío abierto.
—¿Dónde quiere que empiece, alfa? —pregunta, intentando que su voz no tiemble.
Grimm frunce el ceño. Su paciencia se agota con rapidez.
—Te doy una hora para que salgas de mi territorio —responde. Su voz es tan profunda que Noa se estremece sin querer—. Después de eso, no respondo de lo que haga.
Noa traga saliva. Una hora no es nada. Recuerda las cajas que tiene dentro de la camioneta, aquí todo el espacio es frío y desolado. Hay mucho trabajo por hacer.
—No puedo hacerlo todo en ese tiempo —dice y se planta—. Así que no me iré.
El silencio que sigue es pesado. Grimm la observa durante un segundo más, como si no pudiera creer lo que acaba de oír. Luego, sin decir nada, se da la vuelta y entra en uno de los cuartos que usa como su despacho. Cierra la puerta de un golpe seco.
Noa suelta el aire que estaba conteniendo. Se quita los guantes con torpeza y el enorme abrigo y se acerca a la chimenea, agradeciendo el poco calor que emana. Frota sus manos y mira alrededor con más calma. El lugar es grande, pero oscuro, monótono. Todo es madera, piedra y sombras. No hay colores, no hay vida.
—¿Cómo puede vivir así? —murmura para sí misma.
No hay nada. Ni una fotografía, ni un recuerdo.
—Qué aburrido —dice en voz alta.
Un resoplido a su espalda la hace dar un salto. El corazón casi se le sale del pecho.
—¡Por todos los…! —se detiene cuando ve a Grimm detrás de ella.
Él no dice nada. La mira un segundo, con una expresión ilegible, y luego se da la vuelta otra vez. Sale de la cabaña sin explicaciones.
—No deberías hacer eso, casi me matas del susto —alcanza a decir, viéndolo alejarse hacia la nieve solo con una playera fina. ¿Acaso no tiene frío?
Se encoge de hombros. Si él quiere congelarse, no es su problema.
Decide ponerse a trabajar. Empieza por la chimenea, colocando una guirnalda muy hermosa. Luego sale a la camioneta y baja las otras cajas, una por una, resbalándose un poco en la nieve. Coloca luces en la ventana, con cuidado, y decora la puerta con lo que tiene a mano. El contraste es inmediato. La cabaña ya no parece tan hostil como antes.
Al final, baja el árbol navideño que había traído solo por si acaso. No es muy grande, pero quedará perfecta en la esquina de la sala, cerca de la chimenea. Luego de armarla, empieza a decorar.
Cuando termina, le duelen los brazos y la espalda. Han pasado un par de horas. Está exhausta, con las mejillas rojas por el esfuerzo. Se apoya un momento contra la pared y respira hondo.
Observa la decoración terminada con una sonrisa pequeña, sincera. No es grandiosa ni exagerada, pero hay luz, hay color. Hay algo que antes no estaba. Se cruza de brazos y asiente para sí misma, satisfecha. Al menos esto ya no parece una cueva abandonada en mitad de la montaña.
—Nada mal —murmura.
Se da la vuelta y choca con un pecho duro como una pared.
Grimm está ahí otra vez. Demasiado cerca. Noa da un pequeño salto hacia atrás.
—Te dije que no quería nada —gruñe él, señalando con un gesto brusco los adornos de la chimenea—. Quítalos todos ahora y vete.
Noa aprieta los labios. Por un segundo duda, pero algo dentro de ella se afirma. Quizás es el cansancio. Quizás el frío. O tal vez es simple terquedad.
—Ya los puse —responde—. No puedes hacer nada. Los quitaré luego de que terminen las fiestas.
Se sorprende a sí misma con lo firme que suena su voz.
Grimm da un paso al frente. Solo uno, pero es suficiente para acorralarla contra la pared. Su respiración es pesada, casi audible. Las venas de sus brazos y de su cuello palpitan bajo la piel, tensas. Risco, su lobo, está al borde queriendo saltar encima de ella.
Noa siente cómo el valor se le encoge en el pecho. Traga saliva.
—Me pagaron por este trabajo —añade, intentando no retroceder—. Y debo cumplir con mi parte. Aún me falta decorar la parte de afuera.
—Grimm, ella no puede irse —interviene una voz desde atrás.
Noa gira la cabeza, aliviada. Rowan aparece a unos metros en la puerta, con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido.
—El camino está cerrado a esta hora —continúa—. Y casi anochece. Es mejor que se quede esta noche en la habitación de invitados. Mañana cuando termine de hacer su trabajo, yo mismo la acompañaré.
Grimm aprieta la mandíbula. Respira con dificultad. Su lobo está inquieto, empujando desde dentro, reclamando atención, presencia. Esta pequeña humana lo está desordenando todo. Si se queda un minuto más, no sabe qué es capaz de hacer.
—No la quiero aquí —gruñe.
Pero Rowan ya se ha dado la vuelta, como si el asunto estuviera decidido.
Noa aprovecha el silencio incómodo. Toma un farol que aún no ha colocado y lo alza frente a Grimm.
—Ayúdame a poner este farol en ese lugar —dice, señalando una viga alta.
Ella lo observa con impaciencia con el farol balanceándose suavemente en su mano.
—Vamos —insiste—. Es muy alto. Ayúdame.
Él niega con la cabeza, pero Noa no se rinde.
—Súbeme. Yo lo acomodaré.
El lobo de Grimm, que no le ha quitado los ojos de encima desde que entró, empuja con fuerza. Antes de que pueda detenerse, su cuerpo se mueve.
Sus dos grandes manos caen sobre la delgada cintura de Noa.
Una corriente intensa le recorre los brazos y el pecho. Grimm contiene un gemido que amenaza con escapársele. El contacto es demasiado placentero.
No.
No puede ser.
Ella no puede ser su mate.
—Ya, súbeme —La voz de Noa lo arranca de sus pensamientos.
Por puro instinto, Grimm la eleva. Noa es liviana, mucho más de lo que esperaba. Su aroma lo envuelve al instante, cálido, floral, inquietante. Sus brazos se enrollan alrededor de su cuello para mantener el equilibrio, y él siente cómo su lobo ruge, satisfecho. Ella es muy suave. No puede ni imaginar lo que sería tenerla desnuda en su cama.
Grimm traga saliva con dificultad. Noa no nota nada de eso. Concentrada, acomoda el farol con cuidado, ajustándolo hasta que queda firme. Luego sonríe, orgullosa.
—Listo. Quedó hermoso.
Activa la luz. Aplaude, satisfecha.
La sala se ilumina con tonos suaves, dorados. Las sombras retroceden.
Grimm no dice nada.
Pero no la suelta de inmediato. La mira con una intensidad que asusta hasta a sí mismo.
—Mmm… también esa —dice Noa, señalando el otro farol que descansa sobre la mesita cercana—. Dámela. La pondremos allí.
Grimm no sabe por qué obedece. Su lobo solo empuja, insiste, como si la decisión no fuera suya. Sin soltarla, estira un brazo y toma el farol. Sus dedos rozan los de Noa al colocarlo en sus manos y ese contacto le provoca una tensión absurda en el pecho.
Luego la acerca al punto que ella indica, con cuidado.
Noa acomoda el farol y, cuando lo enciende, otra luz cálida se suma a la sala. Sonríe, satisfecha, de esa forma sencilla que no pretende nada y aun así lo desarma.
—Listo —dice—. Ya puedes bajarme.
Grimm la observa más de lo necesario. No responde. Solo emite un gruñido bajo, casi molesto consigo mismo y la deposita en el suelo, asegurándose de que esté estable antes de soltarla.
En cuanto lo hace, la sensación lo golpea.
Vacío.
Sus brazos se sienten extrañamente ligeros, incompletos. Da un paso atrás como si el aire se hubiera vuelto más frío de pronto.
Sin decir una palabra, se da la vuelta y camina hacia su habitación. Cierra la puerta de un portazo que hace vibrar una de las ventanas.
Noa parpadea, sobresaltada. Luego se rasca la cabeza, confundida.
—¿Todos los hombres lobo son así de gruñones? —se pregunta en voz baja, mirando la puerta cerrada como si esperara que le respondiera.
Suspira, sacude la cabeza y vuelve a observar la sala iluminada. A pesar del carácter del alfa, el lugar ya no se siente tan triste. Hay algo distinto en el ambiente, algo que no sabe explicar, pero que la hace sentir un poco menos fuera de lugar.
Mientras tanto, del otro lado de la puerta, Grimm camina de un lado a otro de su habitación.
Aprieta los puños. Resopla. Se pasa una mano por el cabello.
No le gustó esa sensación.
No le gustó en absoluto.
El vacío en sus brazos persiste, incómodo, insistente, como si su cuerpo recordara algo que su mente se niega a aceptar. Su lobo está alerta, satisfecho y molesto a la vez, dando vueltas dentro de él.
—Maldita humana… —murmura.
Noa se queda de pie en la sala durante varios minutos, mirando la puerta cerrada, como si esperara que él apareciera para echarla definitivamente o, al menos, decirle dónde va a quedarse. Nada sucede.
—Genial —murmura—. Muy hospitalario.
El cansancio empieza a pesarle en los hombros. Recuerda entonces lo que oyó decir a Rowan antes: algo sobre una habitación de invitados. Suspira, toma aire y camina hacia el fondo de la cabaña. Abre una de las puertas con cautela.
El contraste la detiene en seco.
El cuarto es pequeño, pero acogedor. Hay cortinas en tonos pastel, una colcha suave sobre la cama y pequeños detalles que no encajan en absoluto con la austeridad del resto de la casa. Se nota de inmediato que fue de una mujer. No solo por la decoración, sino porque todo está intacto, como si nadie hubiera querido tocar nada desde hace mucho tiempo.
Noa traga saliva.
Deja su cartera sobre la cama y avanza despacio, observando. Sus ojos se detienen en una encimera donde descansan varios retratos. Los toma con cuidado. En uno hay una pareja de adultos, sonrientes. En otro, dos jóvenes. Reconoce a Grimm de inmediato, más joven. A su lado hay una chica muy parecida a él: mismos ojos, misma línea de la mandíbula.
—¿Su hermana…? —susurra.
La pregunta queda flotando en el aire. ¿Dónde están todos ellos? ¿Por qué este cuarto parece congelado en el tiempo mientras el resto de la cabaña es pura oscuridad y silencio?
De pronto, algo sale volando desde detrás del retrato.
—¡Ah! —chilla Noa, dando un brinco.
El movimiento brusco hace que el marco se le escape de las manos. El retrato cae al suelo y se rompe con un sonido seco, estrepitoso, que resuena demasiado fuerte en la quietud de la cabaña.
Noa se queda paralizada.
—No, no, no… —murmura, llevándose una mano a la boca.
No termina la frase. Grimm ya está frente a ella. Su presencia llena el cuarto, lo ahoga todo. Sus ojos brillan.
—¿Quién te dio permiso de entrar aquí? —pregunta.
Su voz es áspera, cortante. Noa siente el impacto físico de esas palabras, como si le hubieran golpeado el pecho.
—Yo… yo solo quise mirar —balbucea—. No sabía que…
—¡Fuera de aquí! —ruge.
Noa parpadea, incrédula.
—No tienes que ser grosero —se planta, aunque el corazón le late muy rápido—. Fue un accidente.
Grimm aprieta los puños. Su respiración es pesada, irregular. El lobo dentro de él empuja.
—¡Fuera de mi vista ahora! —grita.
Noa se levanta, pasa a su lado sin mirarlo y sale de la habitación. Grimm no se mueve. Su pecho arde, la imagen del retrato roto de su hermana sigue clavada en su mente.
Noa cruza la sala y abre la puerta principal.
El frío la golpea de inmediato.
La tormenta ha empeorado. Rowan tenía razón. La nieve cae con más fuerza, el viento corta la piel y la visibilidad es mínima. Noa da un paso afuera, luego otro. La puerta se cierra detrás de ella con un golpe seco.
—Genial… —murmura, tiritando.
Se da cuenta demasiado tarde de que olvidó su abrigo dentro. Se abraza a sí misma, intentando conservar algo de calor. No tiene humor ni fuerzas para volver. Dar un paseo la va a calmar.
Camina despacio, con cuidado, observando el paisaje desde lo alto de la montaña. Todo es blanco, silencioso y engañosamente hermoso. La nieve cruje bajo sus botas. El viento le azota el rostro.
Da unos pasos más. Y no se da cuenta de la pendiente. Uno de sus pies resbala.
—¡Ah!
Pierde el equilibrio y cae. Su cuerpo rueda varios metros cuesta abajo. La nieve le entra por el cuello, por las mangas. Se golpea el costado, luego la espalda. Todo ocurre demasiado rápido.
Cuando por fin se detiene, queda boca arriba, jadeando.
El dolor llega después, punzante. Le cuesta moverse. La cabeza le da vueltas. Intenta incorporarse, pero apenas lo logra. El viento aúlla por encima de ella.
—Esto… esto fue una pésima idea —murmura, con la voz temblorosa.
De pronto, un aullido viene muy cerca de ella. Ella se queda quieta. Oye unos pasos acercarse. Cuando da la vuelta muy lentamente, varios lobos la están rodeando.
En la cabaña, Grimm se queda inmóvil de pronto.
Su lobo se sacude con violencia dentro de él. Algo está mal.
Su oído capta un sonido que no debería estar allí. Un grito humano, luego varios aullidos.
Sus ojos se oscurecen. No son lobos de su manada, son renegados. Sus manos tiemblan cuando recuerda que oyó a Noa salir de la cabaña hace unos minutos.
—Maldita sea… —gruñe.
❄️🐺🎄