Lila. Debería haber sabido que el universo tramaba algo en cuanto mamá me dijo que me arreglara. Ella nunca dice eso. Normalmente es: “No uses jeans rotos para ir a la mesa” o “Lila, tu pelo parece que una familia de pájaros construyó un dúplex en él”. ¿Pero “arreglarse”? Esa era una palabra con mucha carga. Era el tipo de palabra que se usa cuando estás a punto de presentar a alguien importante. Lo cual, al parecer, era exactamente lo que ella planeaba. Entré en casa con mi bolsa de deporte colgada al hombro, que aún olía ligeramente a detergente de la lavandería del campus y al autobús que había cogido al volver de la universidad. Tenía la cabeza hecha un lío por los exámenes finales y lo único que quería era ponerme el pijama y darme un atracón de programas de telerrealidad basura. E

