ELLA

1122 Words
Al día siguiente regreso a la empresa a media mañana con la sensación de haber dejado algo abierto fuera. No en términos de negocio, sino en ese tipo de decisiones que no se cierran del todo hasta que las partes implicadas digieren lo ocurrido. Aun así, el acuerdo está encaminado, y eso es suficiente. No todo necesita resolverse en el instante para avanzar. El coche se detiene frente al edificio y permanezco unos segundos dentro, observando el reflejo de la fachada en el parabrisas. Es un gesto automático, casi un hábito adquirido con los años, como si necesitara ese breve margen para cambiar de ritmo antes de entrar. Ajusto la corbata con precisión, reviso los mensajes sin detenerme en ninguno y finalmente bajo, dejando atrás cualquier pensamiento que no tenga lugar dentro de lo que viene. El interior mantiene su dinámica habitual: movimiento constante, pero contenido. Nada interrumpe, nada desborda. Respondo algunos saludos sin frenar el paso y me dirijo directamente al ascensor. Todo funciona como debe funcionar. Cuando las puertas se abren en el piso ejecutivo, el ambiente cambia. Se vuelve más silencioso, más medido. Doy un paso al frente con la intención de continuar hacia mi oficina, pero algo detiene el impulso antes de que se complete. No es algo evidente. Es… una percepción. Está sentada en el área de recepción, ligeramente apartada, con una carpeta apoyada sobre las piernas y la espalda recta en un equilibrio que intenta parecer natural. Sus manos descansan sobre el documento, pero los dedos revelan una tensión contenida, como si todavía no terminara de soltarse dentro del espacio. Levanta la mirada cuando percibe mi presencia. Y en ese instante, mi atención se fija. No en conjunto. En detalles. Ojos verdes, pero no luminosos ni llamativos; más bien profundos, con una intensidad que no busca imponerse, pero que tampoco se diluye. Hay algo en la forma en que observa que no es completamente ingenuo, aunque su postura diga lo contrario. El cabello castaño cae sobre sus hombros con una naturalidad que no parece trabajada, con ligeras ondas que suavizan la línea de su rostro. La piel es clara, uniforme, sin exceso de maquillaje. Desciendo la mirada apenas un segundo más de lo necesario. El corte de su ropa es correcto, sobrio, pero no rígido. La tela se ajusta lo justo, marcando una silueta delgada con curvas sutiles que no buscan llamar la atención… pero la sostienen cuando uno decide mirarlas. Y ahí es donde me detengo. No físicamente. Mentalmente. Reconozco ese patrón. Esa forma de observar. Ese instante en el que dejo de ver a una persona como un todo y empiezo a descomponerla en partes. Es automático. Demasiado automático. —Señor Torreluna —interviene la recepcionista—. Ella es Siena Eltan. Está asignada a su departamento. Asiento sin apartar del todo la mirada. Siena se pone de pie con un movimiento contenido, ajustando apenas la postura. No hay torpeza, pero sí un leve esfuerzo por sostener la seguridad. —Buenas tardes —dice, y su voz no tiembla—. Gracias por recibirme. Me acerco lo justo para estrechar su mano, atento a cada detalle. El contacto es breve, correcto, con una presión medida. —Benicio —respondo—. Llegas puntual. —Quince minutos antes —corrige—. Prefiero tener margen. La observo un segundo más. No por lo que dice. Por cómo lo sostiene. Y es ahí donde la idea se instala con más claridad de la que me gustaría admitir. No es interés. Es costumbre. La forma en la que miraba antes. La forma en la que analizaba a las mujeres dentro de un contexto donde todo se reducía a estímulo, respuesta y posibilidad. Donde el deseo no tenía profundidad, solo dirección. Y ese… no es un lugar al que piense volver. —Eso es útil —digo finalmente, soltando su mano—. Ven. Camino hacia mi oficina sin comprobar si me sigue. No es necesario. Escucho sus pasos detrás de mí, ligeramente más rápidos de lo ideal, ajustándose al ritmo del lugar. Abro la puerta y le cedo el paso, manteniendo la distancia justa. Ella entra y su mirada recorre el espacio con atención real. No observa por curiosidad, sino para entender. Ese detalle no pasa desapercibido. Cierro la puerta y dejo la carpeta sobre el escritorio antes de quitarme el saco. —Último año de administración global —digo—. Expediente impecable. Recomendaciones poco comunes. —He intentado prepararme lo suficiente como para no desperdiciar la oportunidad —responde—. Sé que no es lo mismo que la experiencia. Me apoyo ligeramente contra el escritorio. —No lo es —digo—, pero evita errores innecesarios. Asiente. Hay una pausa breve. Y en esa pausa, vuelve. La forma en que la observo. Demasiado precisa. Demasiado fragmentada. Como si estuviera evaluando más de lo que debería. Aprieto apenas la mandíbula, corrigiendo el enfoque. No es ella. Soy yo. —Tu rol aquí no es observar —continúo—. Si vas a estar en mi equipo, vas a trabajar. —Entendido. —¿Alguna pregunta? Duda un segundo. —Sí. ¿Es igual de exigente con todos… o solo con quienes cree que pueden responder? La pregunta me arranca una leve sonrisa. —Depende —respondo—. ¿Tú en cuál crees que estás? Sostiene mi mirada. No la baja. —En la segunda. Ese gesto genera una ligera fricción interna. No por lo que significa, sino por cómo lo interpreto. Durante un segundo —demasiado breve como para justificarlo— mi mente intenta encajarla en un lugar que no le corresponde. Y eso es suficiente para incomodarme. Me aparto primero. —Bien —digo—. Entonces demuéstralo. Tomo un archivo y se lo entrego, cuidando que el contacto sea mínimo cuando sus dedos rozan los míos. —Quiero un análisis completo mañana a las nueve. —Lo tendrá. La observo una vez más. Esta vez con intención. No de deseo. De corrección. No es nada. No debería ser nada. Es una pasante. Joven. Inteligente. Y completamente fuera de cualquier categoría que no sea profesional. —Puedes retirarte por hoy —digo finalmente. Asiente y se dirige a la puerta. Antes de salir, se detiene un instante, como si evaluara decir algo más, pero decide no hacerlo. Y se va. El silencio que queda no es distinto por ella. Es distinto por mí. Permanezco de pie unos segundos, mirando la puerta cerrada, hasta que finalmente dejo escapar el aire con lentitud y paso una mano por la mandíbula. No es interés. No es curiosidad. Es un reflejo. Uno que reconozco demasiado bien. Y que no pienso permitir que vuelva a definir nada.
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