Capitulo #1 - No quiero ser Reina.
El día transcurría con normalidad, Amira alimento las gallinas como de costumbre, llevo los desperdicios que había recogido de sus vecinos a los cerdos, y justo cuando se disponía a volver a casa para el desayuno, vio a su madre en la entrada con un guardia real, al parecer le entregaba una orden real. Asustada y preocupada a partes iguales corrió hacia ella, mientras el guardia se marchaba.
— ¿Que sucede, madre? — le pregunto a su madre, quien poseía un gesto de preocupación.
— Es una locura. — susurro ella. Amira estaba cada vez más preocupada.
— ¿Que es una locura, madre? — pregunto nuevamente, a su madre no le salían las palabras, así que solo le entrego la carta, o más bien, la orden real.
— Cada joven doncella que haya superado la mayoría de edad, y este en un rango de 18 a 25 años debe presentarse el día de hoy, por orden real. — leyó en voz alta Amira. — ¿Que estará tramando ese rey lunático? Acaba de llegar de la guerra y ahora quiere un harem. — dijo intentando hacer reir a su madre, que aún seguía pálida.
— Lee un poco más... — su madre soltó un suspiro y señaló más abajo. Amira posó su mirada donde ella tenía el dedo.
— El rey elegirá a su futura reina en un sorteo real, es obligatorio asistir o habrán consecuencias. — soltó una risita irónica. — entonces nos obligan... Hay muchas nobles que quieren el puesto de reina. ¿Para que querría que las plebeyas participen? ¿Habrá enloquecido? — pregunto más para si misma.
— Amira, debes arreglarte y prepararte. Eres mi hija mayor, y la única con la que cuento, pero no puedo permitir que el rey castigue a nuestra familia, sabes que tus hermanos dependen de las dos. — la tomó de las manos y la miro fijamente. — espero que seas tú a quien elija. — Amira soltó sus manos indignada.
— Tú lo has dicho madre, mis hermanos dependen de las dos. Yo no quiero ser reina, y no lo seré. Hay muchas mujeres que desean ese puesto, a mí no me interesa. — sentenció. — iré a servir el desayuno. — se dio la vuelta sin decir nada más.
Entro en la casa, y sus pequeños hermanos la recibieron con abrazos. Eran cinco hijos, ella la mayor, Amira acababa de cumplir 19 años, mientras que sus hermanos menores tenían 13 años, 9 años, 6 años y 4 años. Su padre había enfermado y había muerto no hacía más de un año, por eso Amira y su madre Ava trabajaban juntas sin cesar.
— Amira, ¿que hay para desayunar? — pregunto su hermano, Ben, de 9 años.
— Siéntate mocoso, es la única forma de saber que hay para desayunar. — dijo mientras con su mano agarraba la cabeza del pequeño y le daba media vuelta, dirigiéndolo hacia el comedor de madera que su padre había hecho con sus propias manos.
— Le diré a mamá que estás siendo indecente nuevamente. Así ningún caballero querrá desposarte. — amenazó el pequeño con un gesto de burla.
— Perfecto, así me quedo a atormentarlos a todos ustedes. — respondió Amira con un gesto divertido mientras servía en cada plato un poco de huevos revueltos y un pedazo de pan. — aquí tienen. — puso en frente de los dos más pequeños.
— ¡Otra vez huevos con pan! — le reprochó el más pequeño, Manson.
— Es lo que hay, Manson. Tenemos gallinas y tenemos trigo. Dale gracias a Dios. — dijo mientras volvía a dejar dos platos a los dos hermanos más grandes. Y de paso les daba una mirada amenazante para que no se atrevieran a decir nada.
— ¡Yo quiero tocino! — reviro Manson al tiempo que empujaba su plato lejos de él.
— ¡Bien, no lo comas! Lo guardaré para más tarde. — le dijo Amira mientras recogía el plato. El pequeño se cruzaba de brazos y se preparaba para hacer un berrinche.
— ¡Quiero tocino! — grito.
— El cerdo es muy costoso, solo lo vendemos, no lo comemos. — le explicó ella. Manson lloraba y hacia pucheros.
Ava entro a la casa con mejor semblante y miro la escena, Amira estaba cruzada de brazos frente al pequeño que la miraba desafiante.
— ¡Tenemos cerdos! ¡podemos comer tocino¡ — alegó Manson.
— No, pequeño. No podemos comerlos. — respondió su madre antes de que Amira dijera algo. Ella tomo el plato y se sentó frente a su pequeño hijo, lleno la cuchara y se la llevó a la boca, el pequeño la aceptó sin discutir. Amira simplemente se dio la vuelta en busca de su comida. — pero esperemos que la suerte nos sonría cuando Amira se case. — dijo su madre. Todos sus hermanos soltaron una carcajada.
— Amira dice que no se casará. — replicó Ben.
— Así es, no lo haré. — secundó ella mientras se sentaba a su lado, poniendo el plato justo frente a ella.
— Bueno, ve a decírselo a los guardias que te esperan a fuera. — dijo Ava seriamente, al parecer no bromeaba.
Amira se levantó de un salto y entre abrió la ventana, dos guardias esperaban en la puerta.
— ¿Qué están haciendo ahí parados? — pregunto estupefacta.
— Saben que tengo una hija mayor y debe asistir al sorteo, quiera o no. Espero que quieras, porque de ser de otro modo te obligarán a ir. — dijo su madre al tiempo que le daba una cucharada más al pequeño Manson.
— Pero yo no quiero ser reina. No me interesa, ya te lo dije. — repitió ella.
— Entonces solo asiste, si es verdad que irán todas las doncellas del reino, solo debes asistir, hay muy pocas probabilidades de que seas la ganadora de dicho sorteo. — dijo su madre encogiéndose de hombros.
— Es verdad. Hay poca probabilidad. Así que volveré a la mesa, comeré mi desayuno e iré con esos tipos rudos.
Amira desayuno tranquilamente sin pensar tan siquiera en lo que la esperaba.
Las comidas con sus hermanos solían ser divertidas, aún así no la dejaba en paz esa incertidumbre, quería que todo pasará rápido, pero al mismo tiempo no quería que sucediera, tenia miedo. Pensaba en su familia y en como les iría sin ella, era quien más se esforzaba para que sus hermanos tuvieran un sustento. Sus hermanos reían entre bromas mientras ella solo podía pensar en que: no sabría que sería de ella sin ellos, los amaba. Y quizá ese rey horrible y despiadado no los aceptaría, es que incluso su madre siendo viuda y con 5 hijos no podía volver a casarse, ningún hombre la aceptaba con tantos hijos, así que para ellos su única esperanza era ella, pero Amira no quería casarse, no por conveniencia, creía en el amor, como el de su padre y su madre, lastimosamente el amor también duele y el de sus padres les dolió a todos, si no hubieran sido pobres, él se habría salvado.
Todo estaba mal en ese reino, a los pobres les cobraban más impuestos mientras que los ricos solo se hacían más ricos en intocables, el solo pensarlo hacia que le hirviera la sangre.
— Ami, Ami... — la llamo su madre repetidas veces. Ella la miró saliendo de sus pensamientos. Le echo una mirada interrogante. — ya debes irte. — dijo su madre señalando con la cabeza hacia la puerta.
Amira se giró y vio a los mismos guardias, prácticamente dentro de su casa.
— No puede hacer esperar al rey. — dijo uno de ellos.
— Él ni siquiera sabe que existo. Ni lo sabrá. — respondió ella restándole importancia.
— Debe asistir. — sentenció el otro.
— Bien, bien. — se levantó, sacudió la falda, le dio un beso a su madre en la cabeza y se despidió de sus hermanos prometiendo que cuando volviera les daría una paliza si las tareas de cada uno no estaban listas.