2 de diciembre. En la mañana.
Camino al resort de los Hale. Breckenridge.
Mackenzie Hale
Cierro la puerta del baño con más fuerza de la necesaria y me quedo quieta, respirando hondo, como si pudiera expulsar con el aire todo lo que acabo de sentir. Pero no funciona, nunca funciona, y este maldito encuentro me ha hecho perder el control que tanto me ha costado mantener.
Apoyo las manos sobre el lavabo y dejo caer la cabeza entre los hombros. El vapor me envuelve, es caliente, denso y sofocante, pero no es eso lo que me pesa, soy yo.
Yo, intentando sostener algo que se me cae entre los dedos cada vez que él me mira como si aún le perteneciera, cómo si todo fuera igual que antes.
«¿Acaso no lo nota? ¿Es demasiado ciego o demasiado cínico? No lo sé…».
Abro el grifo y dejo correr el agua que sale fría. En otro momento odiaría tocar este tipo de agua, pero justo ahora la necesito para aclarar mi mente, después de lo que acaba de pasar.
Me salpico la cara para despejarme, pero lo único que logro es sentir mis ojos arder un poco más.
«No vas a llorar, Mack. Aguanta. No vas a botar una lágrima». Pienso cuando veo cómo se acumulan en mis ojos, a través del espejo.
Tomo un par de respiraciones que me ayudan a calmarme, porque no pienso llorar hoy.
No por él y no aquí.
Aunque por dentro algo se me aprieta de una forma que no quiero enfrentar ahora. Ya bastantes fuerzas estoy gastando en fingir que no pasa nada, cómo para desgastarme llorando por la situación.
Me observo en el espejo y me veo cansada. Me veo triste y lo peor, es que me veo nostálgica.
Ese sentimiento está clavado en mi pecho y se niega a irse, pero ¿cómo se va a ir? Si una parte de mí añora lo que éramos, lo que creía que éramos, lo que quise que fuéramos.
«Esto va a matarme. Este diciembre va a matarme».
Me seco el rostro con una toalla, respirando más lento e intentando convencerme de que soy capaz de fingir, de que puedo mantenerme firme, de que voy a sobrevivir estas semanas sin romperme.
Pero la verdad es que no estoy segura de que pueda sobrevivir siquiera al día de hoy sin que todo se vuelva un caos, pero no tengo otra salida, más que hacerlo.
Abro la puerta y veo que Killiam está de espaldas, frente a la cómoda, poniéndose una camiseta térmica oscura y un suéter grueso de lana que se ajusta demasiado bien a sus hombros. Lleva unos jeans y unas botas que sé que adora porque son de lo más cómodas para caminar en la nieve; pero lo peor es que se ve bien.
Demasiado bien para alguien que me está destruyendo poco a poco sin darse cuenta.
Pero qué digo… Por algo me gustó la primera vez que lo vi, por eso me lo comí con la mirada sin ningún pudor.
Es un hombre de negocios, exitoso, estructurado, acostumbrado a los trajes caros y al acero de los edificios corporativos y, aun así, siempre se vio mejor así. Natural, desenfadado. Hermoso sin esforzarse.
Uno de mis secretos favoritos era verlo llegar a casa, quitarse la corbata, remangarse la camisa o directamente ponerse ropa cómoda mientras me convencía de que ese era el verdadero él. Ese hombre sencillo, sexy sin pretenderlo, tan diferente al que el mundo conoce. Amé su sencillez, a pesar de su estatus social y de la vida a la que estaba acostumbrado.
Un nudo tonto se instala en mi garganta una vez más y me obligo a tragarlo.
«Deja de mirar, Mackenzie. No eres una adolescente hormonal, ¡cálmate!».
Me pierdo en ese pensamiento un segundo más de lo que debería, porque él se vuelve y me encuentra allí, quieta y atrapada en mis propios recuerdos.
Su expresión es tranquila. Demasiado tranquila para alguien que sabe exactamente lo que provoca y que disfruta haciéndolo.
—¿Lista? —pregunta como si no hubiera pasado nada en el baño—. Pensé que podríamos empezar el día con buen pie. Ya sabes… en la misma línea.
Parpadeo un par de veces y salgo de mi ensoñación. Observo cómo ajusta el borde del suéter dentro del pantalón como si fuera lo más normal del mundo.
—¿La misma línea? —repito, más seca de lo que pretendía, tratando de ordenar los pensamientos que hay en mi cabeza.
—Sí. —Asiente, acercándose lo justo para mirarme a los ojos, pero sin invadir mi espacio—. Fingir bien, hacer felices a tu familia, mantener las apariencias… lo que acordamos, ya sabes —Hace una pausa breve y se encoge de hombros—. Puedo hacerlo, Mack, pero necesito que tú también puedas. Lo que sucedió ayer en el auto de tus padres, no puede volver a suceder.
Sus palabras llegan donde no deberían, en esa parte que ni siquiera debería existir, pero que se niega a desaparecer. La parte de mí que quiere creerle.
Y es peor, porque esa versión de él, la que es paciente, la que respira hondo antes de hablarme, la amable que siempre me brindaba, la extraño tanto que me cuesta respirar.
—Eso no fue mi culpa —le espeto cuando menciona lo que pasó ayer en el camino hacia el pueblo.
No quisiera comportarme así, arisca, terca y odiosa, no es cómo me gusta ser, pero Killiam... Killiam es mi punto débil y me cuesta mucho resistir. No puedo ser la Mackenzie que resurgió a su lado, la que encontraba paz y equilibrio, alivio y tranquilidad, cada día de este mundo.
«Hasta que él mismo decidió que no era suficiente».
—La que andaba enfurruñada hasta con sus padres, no era yo —me acusa.
Me cruzo de brazos y me obligo a no respirar siquiera, antes de reprenderlo y mostrar mi postura.
—El que los llamó sin consultarme, fuiste tú.
—Estaban emocionados. Además, se preocupan, Mack. No quiero que parezcamos peleados, al menos no hoy. Así que dime, ¿estamos o no en la misma línea?
Bajo la mirada, suspirando con el peso de todo lo que no digo. Me cuesta, ojalá pudiera regresar el tiempo y elegir no vivir esto, pero no puedo. Esta es mi nueva realidad.
—Sí —admito al fin, en voz baja—. Estamos en la misma línea. Haré mi parte lo mejor que pueda—. Levanto la vista para no parecer débil, aunque ya lo sea delante de él por todo lo que me provoca—. Déjame cambiarme y podemos salir.
Él sonríe un instante, esa sonrisa que no quiero volver a ver, pero que sigue teniéndome donde no debería.
—Te espero afuera, quiero ver cuán impresionante es la cabaña de día —dice, dándose la vuelta para tomar su abrigo.
Cierra la puerta de la habitación cuando sale y yo termino apoyándome un segundo contra la pared antes de moverme, recordándome que este viaje es temporal. Que esta cercanía es temporal. Que este amor… este amor que no quiero sentir y que no he logrado arrancar de mi pecho, también debería serlo.
Pero mi corazón, testarudo como siempre, no parece entender las razones que le da mi cabeza para terminar con esto que siento.
Salgo lista para enfrentarnos a mi familia y siento cómo el aire frío me quema las mejillas. Me adelanto sin decir nada y mientras caminamos por el sendero nevado que conecta nuestra cabaña con la casa principal del resort, me tomo un segundo para apreciar todo. La nieve cruje bajo nuestras botas, y el vapor que sale de mi boca forma pequeñas nubes fugaces que desaparecen antes de que pueda concentrarme en ellas.
Killiam camina a mi lado, demasiado cerca para mi tranquilidad, demasiado lejos para lo que los demás creerán. Ajusto mi bufanda, enfocándome en no mirarlo. Si lo miro, empiezo a recordar. Y si recuerdo, pierdo.
Me he mantenido ocupada por eso, porque si dejo que mi cabeza vaya por ese camino, todo esto se irá al caño antes de comenzar.
—Este lugar es increíble —dice él con entusiasmo genuino, como si fuera un niño descubriendo su parque favorito—. Sinceramente, Mack, me siento un poco resentido contigo por no haberme traído antes.
Giro los ojos cuando lo escucho.
—Por favor —murmuro—. No empieces con eso, ya lo estás conociendo y no es cómo si no vacacionaras en Colorado alguna vez.
—Sí, pero no aquí.
—Pues entonces añádelo a tu lista.
Él suelta una risa suave, esa que siempre me ponía de buen humor y que ahora solo me hace caminar más rápido.
La casa principal asoma entre los árboles, con sus luces cálidas y un olor lejano a pan recién horneado.
Todo parece perfecto. Ridículamente perfecto. El tipo de perfección que siempre odié, porque nunca la sentí para mí.
De pronto, algo frío impacta mi hombro y yo me detengo. Lentamente, muy lentamente, vuelvo la mirada hacia él.
Killiam está inclinándose para recoger otro puñado de nieve del suelo, con esa sonrisita traviesa y maliciosa de siempre.
—Ni se te ocurra —le advierto, bajito, pero firme.
—¿Qué? —finge inocencia mientras deja caer la nieve de una mano a la otra—. Nada más estoy admirando los recursos naturales de Colorado, apreciando todo lo que me puede ofrecer Breckenridge.
—Killiam, no —repito, cruzando los brazos.
—Vamos, Mack. No puedes estar en un lugar así y no jugar un poco. Es ilegal, estoy casi seguro. Deberían meterte presa solo por tener esa cara. Debería ir a denunciarte al ayuntamiento.
«Si él supiera…».
Ruedo mis ojos otra vez, porque no estoy de humor, no tengo paciencia y no hay nada que pueda sacarme una sonrisa genuina excepto una persona, que está en el lugar al que quiero llegar y que él, con sus juegos, me atrasa.
No lo soporto… Porque mientras más él se empeña en comportarse como él, como el hombre que pensé que tenía, el hombre que creí que era mi hogar, más me duele enfrentar la realidad.
Porque no lo es. Porque ya no puede serlo.
Porque hay cosas que me rompen por dentro cada vez que él actúa como si todo pudiera solucionarse con una broma o con una sonrisa.
Cómo si no estuviéramos en medio de un divorcio.
Sigo caminando sin darle importancia, ignorando cómo agita la nieve en su mano como un niño intentando llamar mi atención.
—Mack… —dice detrás de mí, con un tono más suave—. Solo intento que te relajes un poco.
—Pues no lo logras —contesto sin voltear.
Siento su paso detenerse por un segundo. Un silencio breve. Algo que no debería importarme, pero que al final, lo hace.
Lo escucho apresurar el paso para alcanzarme, pero ya no intento frenarlo ni dialogar, no puedo.
Porque cada vez que él intenta ser el hombre perfecto, solo me recuerda por qué duele tanto seguir a su lado.