Capítulo 4

1841 Words
  Punto de vista de Seraphina   Regresé de la oficina del abogado con la sensación de que habían metido mi alma en una trituradora.   Cuando atravesé la puerta principal, me invadió una ansiedad extraña. Tal vez era porque sabía que esta era una de las últimas veces que estaría en este lugar.   Observé el interior del vestíbulo, absorbiendo cada detalle: la foto de bebé de Daniel en la repisa, el retrato que le habían tomado a Kieran cuando fue ordenado Alfa, la foto de Daniel y yo en su quinto cumpleaños...   No había ninguna foto de Kieran y yo. Qué sorpresa.   Caminé directo a su oficina. Había salido muy temprano en la mañana porque no quería toparme con él y tener una conversación incómoda sobre el divorcio inminente. Me parecía que también había intentado evitar a Daniel.   ¿Cómo podría mirar esos ojos inocentes y decirle que su familia se estaba fragmentando?   —No... No entiendo.   El sonido de la voz infantil y confundida de Daniel me detuvo en seco justo afuera de la oficina de Kieran. La puerta estaba entreabierta y pude ver a mi pequeño sentado en una silla frente al escritorio de su padre como si fuera una visita. El Alfa estaba sentado frente a él, mirando a nuestro hijo con una ternura que nunca me había mostrado.   El hombre se inclinó hacia adelante y tomó las manos de Daniel. —Mami y Papi ya no vivirán juntos, campeón.   —Pero... ¿por qué? —Su pequeño labio inferior comenzó a temblar—. ¿No amas a mi mamá?   Mi cuerpo se tensó. ¿Cómo iba a responder a esa pregunta? De seguro no le diría a nuestro hijo que no amaba a su madre, pero la única otra opción era mentirle.   Kieran suspiró y se levantó de su asiento. Caminó hacia el lado de Daniel y tomó sus manos de nuevo, agachándose al nivel de su mirada.   —¿Sabes? Tu mamá me dio el regalo más grande del mundo —respondió. Luego levantó la mano y acarició la cabeza de Daniel con delicadeza—. Tú. Y por eso, siempre la amaré.   Mi corazón dio un vuelco. Durante diez años, había querido con desesperación escuchar esas palabras de su boca y ahora, ahí estaban mientras yo sostenía los papeles de divorcio.   Sin embargo, yo sabía muy bien lo que significaban en realidad: Kieran solo se había casado conmigo porque le había dado a Daniel, solo me había soportado por una década porque era la madre de su heredero. Era una prueba más de que él nunca fue parte de nuestro matrimonio.   Su amor verdadero e incondicional estaba reservado para Celeste.   Dejé escapar un sonido ahogado.   Kieran se puso rígido. Levantó la cabeza a la velocidad de un lobo y entrecerró los ojos salpicados de un color dorado en dirección a la puerta.   —Acá no espiamos las conversaciones privadas —afirmó con frialdad, poniéndose de pie. Estaba usando su voz de Alfa, la que hacía que los miembros de su manada se inclinaran de manera automática ante él.   Inhalé hondo y abrí la puerta.   —¡Mami! —Daniel se levantó de la silla y corrió hacia mí, lanzando sus brazos alrededor de mi cintura.   —Hola, mi amor. —Besé la parte superior de su cabeza.   —¿Es verdad? —preguntó, mirándome con sus ojos grandes y vidriosos.   Acaricié su cabeza. —No...   —Danny, danos a tu mamá y a mí un poco de tiempo a solas, ¿sí? Ve a ayudar al cocinero con los preparativos de la cena.   Mi niño hizo un puchero. —Pero…   —Ahora. —Esa única palabra cargaba con el peso de una orden directa.   Apreté su pequeño hombro para hacerle saber que todo estaría bien. —Hablaremos más en casa, mi amor. Ve.   Daniel soltó un suspiro y salió con los hombros un poco caídos.   Una vez fuera, cerré la puerta detrás de mí.   Kieran dirigió la mirada a los papeles en mi mano. Una expresión indescifrable apareció en su rostro.   —Supongo que son los documentos.   Asentí, sintiendo nervios de repente.   —Mi abogada redactó el acuerdo, estableciendo los términos de la custodia. —Me acerqué un par de pasos y coloqué el documento sobre su escritorio—.Todo está establecido de manera clara: horarios de visita, feriados, decisiones sobre su educación...   Kieran abrió el archivo y sacó los documentos. Frunció el ceño concentrado mientras sus ojos se movían a toda velocidad sobre las páginas.   —Eh... También me reuní con una agente de bienes raíces que me sugirió —continué, juntando mis manos ante mí—. Me mostró una casa encantadora a unos treinta minutos de aquí. Está amueblada con todo lo necesario, lista para mudarse, y la hipoteca es muy razonable. Además, está en territorio neutral, así que puedes visitarnos en cualqui...   —¿Cuál es la prisa?   Hice una pausa, frunciéndole el ceño. —¿Perdón?   —Yo soy el que pidió el divorcio. —Soltó los papeles sobre el escritorio—. Y, aun así, vienes con planes de mudanza y documentos legales antes de que siquiera se seque la tinta. ¿Estuviste contando los días?   La verdad se me quedó en la punta de la lengua. Sí, cada uno de los 3652 días que habíamos estado casados. Sin embargo, admitirlo solo le daría más armas que usar en mi contra en la batalla por la custodia que temía se avecinaba.   Kieran se rio con burla de mi silencio y se recostó en su silla. —Dame la dirección de tu nueva casa—añadió—. Mi hijo y yo cenaremos, luego lo llevaré contigo, junto con tu copia firmada de los documentos.   La firmeza en su voz extinguió mi esperanza de una última comida familiar. Era de esperarse, el gran Alfa Kieran no se dignaría a compartir el pan con su futura exesposa.   Cuando salí de la oficina, el agujero en mi pecho se había abierto más. No había podido dormir la noche anterior después de recibir la noticia, así que había usado ese tiempo para empacar todas mis pertenencias.   Nunca había tenido la oportunidad de hacer de este lugar mi hogar, así que todo lo que tenía cabía en dos maletas.   Después de cargar todo en mi auto, en lugar de irme, solo me quedé sentada en el asiento del conductor.   Contemplé la casa frente a mí, recordando todos los momentos vividos. Mis memorias con Daniel eran brillantes y coloridas, llenas de amor y risas. Por otro lado, los recuerdos con Kieran eran grises, aburridos y vacíos. Cada conversación forzada, cada toque retenido, cada sonrisa que había guardado para alguien más.   Sin previo aviso, el estridente tono de llamada de mi teléfono interrumpió mi ensueño. El nombre de mi madre parpadeaba en la pantalla, congelando la sangre en mis venas. ¿Dos llamadas en tan pocos días después de una década sin contacto? El universo tenía sentido del humor, sin duda alguna.   —Hola, mamá. —Me esforcé para sonar feliz—. ¿Cómo estás?   Ella se saltó las formalidades, como siempre. —¿Es verdad?   Apreté mi teléfono entre mis dedos. —¿Qué cosa?   —Que por fin te vas a divorciar de Kieran.   Me quedé sin aire. Claro que lo sabía, Kieran debía haber llamado a Celeste la noche anterior.   —Sí —mascullé entre dientes.   El sonido de su suspiro de alivio me cortó más profundo que cualquier cuchilla; era un maldito alivio genuino.   —Es lo mejor—respondió—. Ese matrimonio fue un error desde el principio. Esta... Esta es la solución que todos hemos estado esperando.   Me quedé boquiabierta y una sola lágrima de traición se deslizó por mi rostro. ¿Qué clase de madre celebraba que le rompieran el corazón a su propia hija? La respuesta llegó de inmediato y llena de amargura: el tipo de madre que siempre había querido que su otra hija ganara.   Colgué sin decir ni una sola palabra más y apagué mi teléfono antes de que pudiera hacerme más daño.   Justo entonces, la puerta principal se abrió y Daniel salió. Kieran salió detrás de él, cargando una bolsa de lona grande al hombro. Fruncí el ceño al verla. De ninguna manera todas las cosas de Daniel estaban ahí. Su padre quería dejar algo en claro: no importaba que nos mudáramos, este seguía siendo el hogar de Daniel.   Los ojos de mi hijo se iluminaron cuando me vio en el auto. Bajé mientras él corría hacia mí y lo abracé.   —Te dije que yo mismo lo llevaría—espetó Kieran mientras se acercaba.   —Perdón, solo estaba…   —¿Así serán las cosas? —me cortó—. Ya es bastante malo que te lleves lejos de mí a mi hijo, pero ¿también reducirás mi tiempo con él?   Daniel tiró de la manga de Kieran con su diminuta mano. —Papá... Está bien. —Su voz era suave, pero firme—. Nos veremos mañana en el funeral del abuelo.   El hombre apretó tan fuerte los dientes que podría romper piedras entre ellos. Por un instante, pensé que comenzaría a discutir, pero solo exhaló con fuerza y alborotó el cabello de Daniel.   —Sí. Nos vemos mañana, campeón. —Me dirigió por un segundo su mirada fría y desdeñosa—. Hazle caso a tu madre.   Acto seguido, me entregó la bolsa de lona y regresó al interior de la casa sin otra palabra.   Me tragué el nudo en mi garganta y guardé la bolsa en silencio. Daniel subió al asiento del pasajero sin quejarse, observándome con cuidado con esos ojos llenos de sabiduría. Al ponernos en marcha, me obligué a mí misma a no mirar hacia atrás: ni a la casa, ni a la vida que no había logrado que funcionara.   Tras dos minutos de viaje, Daniel rebuscó en su mochila y sacó un sándwich un poco aplastado.   —No cenaste —comentó de modo casual, presionándolo en mi mano.   Entonces, las lágrimas que tanto había intentado contener se desbordaron.   —Daniel... —Mi voz se quebró—. ¿Me odias? ¿Por todo esto? ¿Por alejarte de tu papá?   Él lo analizó con una seriedad que ningún niño de nueve años debería poseer. Mi corazón se detuvo, preparándose para el golpe...   —No —dijo, jugando con su cinturón de seguridad entre sus dedos—. Sé que casi siempre estabas triste. Quizás ahora puedas ser feliz.   Se me escapó un sollozo y la carretera frente a mí se volvió borrosa. Deslizó su pequeña mano sobre la mía, apretando con fuerza.   —No llores, mamá. —Su susurro era seguro, cargado de una promesa—. Me tienes a mí, yo te haré feliz.   Acerqué sus nudillos a mis labios, saboreando la sal y la esperanza. ¿Y qué si Kieran nunca me había amado? Este niño extraordinario sí me amaba con todo su corazón y de manera incondicional. En este instante, era suficiente.   Más que suficiente.
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