Posada

1573 Words
Katherine y Daniel cabalgaron durante horas, internándose por senderos estrechos que serpenteaban entre los árboles del bosque. La nieve lo cubría todo con un manto engañosamente puro, amortiguando el sonido de los cascos y volviendo el paisaje silencioso, casi irreal. El aire helado cortaba la piel y se colaba entre la ropa, pero ninguno de los dos se detuvo; avanzar era la única opción. A ratos, Katherine apoyaba inconscientemente la frente entre los omóplatos de Daniel para protegerse del viento, y él ajustaba las riendas sin comentar nada, como si ese contacto breve y necesario no lo perturbara... aunque en realidad lo hacía. De pronto, el caballo se detuvo de manera abrupta, clavando las patas en el suelo. El impacto fue tan inesperado que Katherine no tuvo tiempo de reaccionar y terminó golpeándose la nariz contra la espalda de Daniel. —¡Ay! —se quejó, llevándose la mano al rostro—. Eso me dolió. —Lo siento —respondió él de inmediato—. No fue culpa mía, el caballo se detuvo solo. Giró apenas el torso, preocupado, como si estuviera a punto de tocarle el rostro y se contuviera en el último segundo. —¿Y por qué se ha detenido? —replicó ella, aún adolorida—. Por poco me rompes la nariz. Daniel observó el terreno con atención, entrecerrando los ojos. —No lo sé... tal vez hay un pantano debajo de la nieve y por eso no quiso avanzar. —Creí que habías dicho que conocías el camino. —Cuando pasé por aquí la última vez aún no había nevado. Su voz no era defensiva, sino casi culpable, y Katherine lo notó. Ambos descendieron del caballo. Daniel tomó una roca grande del suelo y la arrojó unos pasos más adelante, justo donde el animal se había negado a continuar. La piedra se hundió lentamente en la nieve hasta desaparecer. —Definitivamente no es seguro seguir por aquí —dijo—. Lo mejor será volver al camino principal. —¿No habías dicho que ese camino tampoco era seguro? —Lo era antes —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero ahora este es aún peor. A medio día de camino hay un pueblo. No es grande y está bastante apartado, así que dudo que haya guardias buscándonos. Si nos damos prisa, llegaremos antes de que anochezca. Además, podremos darnos un baño y comer algo decente por fin. La miró de reojo al decirlo, como si imaginara su reacción. La sola idea de un baño hizo que los ojos de Katherine brillaran. —La verdad... agradecería muchísimo un buen baño. —Entonces no se hable más. Sonrió, y ella notó que esa sonrisa estaba dirigida solo a ella. Cuando llegaron al pueblo, Daniel buscó un lugar donde pudieran dejar al caballo. Se lo entregó a un granjero anciano, sacó unas cuantas monedas de debajo de su capa y se las dio. El hombre las tomó con una leve inclinación de cabeza y condujo al animal hasta un establo, donde enseguida le ofreció agua y forraje. El resto del trayecto lo hicieron a pie. El granjero les había indicado que solo había una posada en todo el pueblo, al final de la calle principal. Bastaba con caminar un poco para encontrarla. Daniel se mantuvo a su lado en todo momento, ajustando el paso al de ella sin decir palabra. La posada estaba casi vacía. Un par de hombres bebían cerveza en la barra, hablando en voz baja. Katherine y Daniel se sentaron en una mesa al fondo, y enseguida se les acercó una joven menuda, de cabello pelirrojo y rostro cubierto de pecas. —¿Necesitáis algo? —preguntó con una sonrisa abierta. —Dos habitaciones y algo para comer —respondió Daniel. Al escuchar lo de las dos habitaciones, la chica dedujo que no eran pareja. Sus ojos se detuvieron en Daniel con un interés evidente, y su sonrisa se volvió más insinuante. En un pueblo donde rara vez pasaban viajeros —y mucho menos hombres tan apuestos—, no pensaba desaprovechar la oportunidad. —Claro —dijo—. Si necesitáis algo más, no dudéis en pedirlo. Estoy disponible para lo que haga falta. Se alejó balanceando ligeramente las caderas, dejando tras de sí un silencio incómodo. Katherine sintió un nudo extraño en el estómago que no supo nombrar. —¿Siempre causas ese efecto en las mujeres? —preguntó Katherine, sin mirarlo. Apretó los dedos contra la mesa. Daniel, al notar su tono, decidió provocarla. —¿Efecto? No sé de qué hablas. —Es evidente que le gustas. —¿Ah, sí? —respondió con fingida sorpresa—. No me había dado cuenta. La observó con atención, divertido por algo más que la conversación. Antes de que Katherine pudiera replicar, la mesera regresó con una bandeja. El aroma del estofado llenó el aire: carne humeante, pan recién horneado y queso. A Katherine se le hizo agua la boca. La joven dejó los platos sobre la mesa y, antes de marcharse, apoyó la mano en el hombro de Daniel. —Si necesitas compañía esta noche, no dudes en llamarme. Katherine se quedó mirándola, escandalizada. En la alta sociedad, un comportamiento así habría sido considerado impropio, casi indecente. Daniel respondió con una sonrisa pícara, lo que solo aumentó la molestia de ella. No retiró el hombro de inmediato, y Katherine lo notó. Decidió ignorarlo y concentrarse en la comida. Devoró el estofado sin prestar atención a nada más. Estaba delicioso, mejor que cualquier manjar del palacio... o quizá simplemente tenía un hambre voraz. O quizá estaba demasiado concentrada en no mirar a Daniel. Cuando terminaron, Daniel se levantó y fue hasta la barra. Habló brevemente con el posadero y regresó con una botella de vino de frutas. Sirvió un vaso para cada uno. Después de beber un par de copas, una mujer mayor —seguramente la esposa del posadero— los condujo hasta sus habitaciones, que estaban una junto a la otra. Les abrió las puertas y se marchó. —Si necesitas algo, llámame —dijo Daniel antes de entrar a su cuarto—. Mañana partiremos temprano, así que descansa. Su voz sonó más suave de lo habitual. —Hasta mañana —respondió Katherine. La habitación era sorprendentemente cómoda: una cama grande, una mesa con una jarra de agua, una chimenea encendida que llenaba el espacio de un calor reconfortante y un espejo colgado en la pared. Katherine se acercó a él... y se sobresaltó. La imagen reflejada apenas se parecía a ella. Estaba demasiado delgada, la piel pálida, el cabello enredado como si un pájaro hubiese hecho un nido en él. Tenía ojeras profundas y un pequeño rasguño en la mejilla, recuerdo de la flecha que había pasado rozándola durante la huida. —Me veo fatal —murmuró. Si su madre la hubiese visto así, se habría desmayado del susto. No quedaba rastro de la princesa que había sido. Y, aun así, Daniel la había mirado ese día como si no viera ninguna de esas imperfecciones. Sacudió la cabeza y decidió no pensar más en ello. Se desvistió, retiró las vendas y fue al baño. La bañera ya estaba llena. Se sumergió sin pensarlo, dejando que el agua caliente recorriera su cuerpo. Cerró los ojos, disfrutando de una sensación que no había tenido en mucho tiempo. Se lavó con cuidado. Sin embargo, al cabo de un rato, el ardor en las heridas de su espalda la obligó a salir. La medicina de Daniel había ayudado, pero aún no estaban curadas. Tomó una bata, se peinó y, sin ganas de ponerse la ropa sucia, se metió en la cama. Justo entonces, alguien llamó a la puerta. —¿Quién es? —Soy Daniel. El corazón de Katherine dio un salto inesperado. Katherine abrió apresuradamente. —Creí que ya estabas dormido. —Te traje ropa... y las vendas para tus heridas. —Gracias... —¿No vas a invitarme a entrar? —Ah... sí, pasa. Daniel entró y se sentó en la cama. Llevaba el cabello húmedo y ropa limpia: una camisa blanca, con varios botones desabrochados, y pantalones oscuros. Katherine se quedó de pie, nerviosa, consciente de cada latido de su corazón. —¿No vas a sentarte? —preguntó él. —Ah... sí. —Quítate la bata —¡¿Qué?! Se sonrojó al instante. Esta vez no llevaba nada debajo. El silencio que siguió fue espeso, cargado de cosas no dichas. —Si no lo haces, no podré ponerte las vendas. Dándole la espalda, Katherine la dejó caer, intentando cubrirse como pudo. Daniel aplicó la pomada con cuidado, sus dedos moviéndose con suavidad. Ella contuvo la respiración, sintiendo cada roce. El contacto era profesional... pero demasiado lento, demasiado consciente. Cuando terminó, suspiró aliviada... hasta que sintió los labios de Daniel rozar su cuello. El gesto fue breve, casi imperceptible, pero lo suficientemente íntimo como para incendiarle la piel. Se giró de golpe y le dio una bofetada. Daniel quedó sorprendido solo un segundo antes de reír. —¡Sal de mi habitación! —exclamó ella, furiosa, con el corazón desbocado. Como él no se movía, lo empujó hasta sacarlo y le cerró la puerta de un portazo. Se dejó caer en la cama, aún temblando de rabia... y de algo más que no quiso admitir. Pensó que no podría dormir... pero el cansancio la venció y cayó en un sueño profundo.
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