POV. FRAN Debo confesar que me tranquiliza saber que Emilia no está huyendo de mí. Ni de mí, ni de haberla llamado mi novia frente a Serrat. Eso, contra todo pronóstico, me da calma. Una calma torpe, frágil, pero real. Sin embargo, lo que sí me aterra —y no poco— es la absurda coincidencia que acaba de explotarnos en la cara: que el ex de Emilia sea ahora el prometido de mi ex. ¿Cuál es la probabilidad de algo así? ¿Cuál? Ni las peores teorías del caos podrían justificarlo. Esto no es destino, es una broma cruel del universo. Y una muy bien escrita. Emilia sigue llorando. No de forma contenida ni elegante. Llora con fuerza, con ganas, con ese tipo de llanto que no busca consuelo inmediato porque lleva años acumulándose. Llora con el cuerpo entero. Con el pecho. Con la memoria. Y yo… y

