La siento moverse, tratando de acomodarse porque la sábana prácticamente la está asfixiando. Y entonces lo recuerdo. —Acabo de caer en cuenta de algo peor —murmuro—. Todavía tiene llave. —¡¿QUÉ?! Antes de que podamos planear nada, la puerta del departamento se abre de golpe. El sonido me atraviesa el estómago. Reacciono sin pensar: acomodo a Emilia de un tirón y la dejo encima de mi pecho, como si fuera una almohada viva. La rodeo con los brazos, intentando crear la escena más creíble de “novios profundamente dormidos”. —Pretende que estás durmiendo —le susurro al oído. —¿Cómo voy a dormirme arriba de ti como un koala…? —Emilia. Cállate —le pido, subiendo la mano a su nuca—. Respira lento. Yo también intento hacerlo, aunque mi corazón va a mil. Nos quedamos quietos, abrazados, dem

