Emilia bajó la copa de cristal con lentitud, como si el movimiento de su mano fuera lo único que aún la mantenía cuerda. El líquido espeso, oscuro y amargo del vino resbaló por las paredes del cristal, dejando un rastro color granate semi transparente mientras volvía al centro de la copa. Ese sabor terroso ayudaba a disipar, poco a poco la alucinación del olor del humo que todavía le quemaba las fosas nasales como si ese olor hubiera cubierto la habitacion por completo, pero no habia rastro de humo y lo peor era que los ventanales estaban abiertos. Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire salino, obligándose a ignorar ese olor imaginario que aún creía sentir en la parte posterior de su garganta. Emilia se dio cuenta de que acababa de sufrir otra especie de "alucinación", en donde
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