Brisa —¿Estás lista, querida? — ¿Querida? — Si necesitas ayuda, puedo entrar y ver en qué echarte una mano. Me mordí la lengua, tratando de no gritarle a Lucero lo que pensaba. ¿Desde cuando me trataba de querida? Si ella me odia con cada fuerza en su interior. Lo sé, ya que básicamente, compartímos ese sentimiento. Pero claro, ahora, mientras me ayudaban a ponerme el vestido de novia, para comprobar si hay que hacerle algún arreglo nuevo, le surge el repentino amor por su hija política. Miré a la chica, la cual estaba terminando de anudar el lazo en mi cintura y sonreí, fingiendo que esto era normal. Y con mi sonrisa trataba de decirle: “Si, nos llevamos súper bien con mi futura suegra. Bueno, cuando no tratamos de matarnos”. Por supuesto, no me salía y la sonrisa era evidentemen

