Capítulo I
El sol comienza a entrar por la ventana poco a poco, hasta que ilumina por completo la habitación de Mía. Sus ojos están abiertos, pero ella sigue inmóvil sobre su cama, con la esperanza de que cualquiera de sus padres venga a despertarla; eso significaría que ella les importa.
El reloj, al sonar, avisa no solo que se está haciendo tarde, sino también que nuevamente sus padres no están y su idea de un desayuno familiar otra vez es descartada.
Triste y deprimida, sale de su cama y se dirige directamente al baño. Mientras se cepilla los dientes, observa su reflejo como buscando respuestas a preguntas que ni ella misma entiende. Al terminar de darse una larga ducha caliente, va al clóset y busca algo de ropa para ponerse, sin preocuparse en si se ve bien o no.
"De todos modos, nunca me voy a ver bien", piensa ella.
Sale de su casa y comienza a caminar rumbo al colegio, evitando el bus colegial, ya que las burlas y ofensas tan temprano solo empeorarían más las cosas, si es que pueden estar peor.
A lo lejos se distingue ese gran edificio en el cual Mía ha sufrido por mucho tiempo en silencio, sin tener a quién acudir para desahogarse, sumergida en la soledad que parece nunca llegar a su fin.
Repite su tormentosa rutina diaria y se sienta en las sillas del fondo del salón, intentando pasar desapercibida para Will y sus amigos, los "populares", pero ellos tienen otros planes para ella.
La campana suena, anunciando la hora de almuerzo.
Extrañamente, Will y sus amigos no le han hecho ninguna broma a Mía, pero no por eso ella bajará la guardia; las bromas podrían llegar en cualquier momento.
Sola en una mesa apartada de los demás, se encuentra Mía comiendo su almuerzo, como siempre: tranquila, sin molestar a nadie. Luego de un rato es rodeada por Will y sus demás amigos. Mía, incómoda, intenta levantarse e irse, pero Connor y Bárbara la sostienen para que no se marche.