Capítulo 17. ¿Qué le ocurre al jefe?.
Al siguiente día por la mañana, Tyler volvió a la oficina con una actitud que Bianca no lograba descifrar.
—No te pongas paranoica— se decía así misma pensando en lo peor.
Y de pronto, él llegó hasta su escritorio y sin decir palabra, dejó un pequeño paquete envuelto en papel de seda oscuro sobre su escritorio.
Bianca lo miró, confundida, con el pulso empezando a acelerarse.
—¿Qué es esto, señor?.
—Un detalle. Por tu “eficiencia” —respondió él, con una voz plana, pero observándola con una fijeza que le quemaba la piel.
Con manos temblorosas, Bianca abrió el paquete. El corazón se le detuvo al ver el frasco de cristal tallado. No era un perfume cualquiera; era una edición limitada, una fragancia exquisita de sándalo y jazmín. El mismo aroma que ella utilizaba bajo la máscara de Nyx. El mismo que Tyler había respirado en su cuello apenas unas noches atrás.
Un perfume que sin duda valía lo que costaba.
Bianca palideció. Sus dedos se cerraron sobre el cristal frío como si sostuviera una granada a punto de estallar.
—Es un aroma muy específico —dijo Tyler, inclinándose sobre el escritorio, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo sentir el calor de su cuerpo—. Me recuerda a alguien. Quiero ver si en tu piel huele igual, no lo veas como algo raro, el aroma me gusta, eso es todo.
El mundo pareció detenerse para Bianca. Tyler la estaba acorralando, disfrutando de verla sudar frío tras sus gafas, analizando cada milímetro de su reacción. Ella sintió un escalofrío recorriéndole la columna; era una cacería y él acababa de encontrar una huella clara.
Se recompuso rápidamente, era imposible que él supiera quien era Nyx. —Señor Hale... yo no puedo aceptar esto —logró decir ella, intentando recuperar la voz—. Conozco este perfume. Sé lo que cuesta. Es demasiado caro para un simple "detalle" de oficina.
—El precio es irrelevante, López —replicó él, bajando el tono de voz hasta que fue casi un susurro—. Lo que me interesa es el resultado. Póntelo. Créeme, serás la envidia de las mujeres.
Él se retiró hacia su despacho sin esperar respuesta, dejándola sumida en el caos. Bianca se mordió el labio, abrumada por una mezcla de terror y una vergüenza que no podía ocultar.
Porque, a pesar de todo, él le gustaba.
Le había gustado verlo así la noche del beso. Le había gustado sentir que, por una vez, no era una reacción profesional, sino algo puramente personal. Ese idiota arrogante que la regañaba, que la presionaba y la hacía sentir pequeña, ahora la estaba volviendo loca de una forma que no podía controlar.
“No puede gustarme…”, se repitió en silencio. Pero era mentira. Le gustaba de noche, bajo su control absoluto, y le gustaba de día, cuando él la hacía perder el aliento con una sola mirada cargada de intenciones. Era un desastre, una idea absurda que la dejaba vulnerable, pero el frasco de perfume sobre su mesa era la prueba de que el juego se le estaba escapando de las manos.
Y además, se estaba volviendo loca, con esos celos impulsivos que nunca antes había sentido.
Bianca solo respiró hondo y se puso a trabajar.
La mañana transcurrió en una calma tensa y engañosa. El trabajo fluyó con la monotonía de siempre: llamadas, correos y una montaña de archivos que Bianca despachaba con una eficiencia robótica, tratando de ignorar el frasco de perfume que descansaba en su bolso como una bomba de tiempo.
Tyler se mantuvo encerrado en su despacho, frío y distante, como si el episodio de ayer hubiera sido mera casualidad. Sin embargo, al caer la noche, cuando el silencio del edificio vacío volvía a ser el único testigo, el teléfono de Nyx vibró con un mensaje que la dejó helada.
Tyler: “Estaré en un viaje de negocios por ahora. Nos vemos en un par de días.”
Bianca frunció el ceño, releyendo las palabras una y otra vez. Como su secretaria personal, ella conocía su agenda al milímetro; sabía qué comía, con quién se reunía y, sobre todo, sabía perfectamente que no tenía ningún viaje programado. Un nudo de inquietud se le instaló en el pecho. ¿Por qué le mentía a Nyx?.
No podía cuestionarlo sin revelar que ella era la dueña de su agenda, así que tragó saliva y tecleó una respuesta con el tono juguetón que Nyx solía usar.
Nyx: “Vaya, qué repentino… Está bien, diviértete en tu viaje de negocios.”
Cerró el chat con una mueca de duda. Por fuera parecía una broma ligera, pero por dentro su mente trabajaba a mil por hora. ¿Qué demonios le pasaba a Tyler? Si no había viaje, ¿a dónde iba realmente? ¿Y por qué sentía que ese alejamiento de Nyx tenía algo que ver con el perfume que le había regalado a ella esa misma mañana?.
Bianca no hizo preguntas, se fue a su departamento esa noche y trató de descansar.
Pero a la mañana siguiente, decidió mantenerse lejos, ¿Y si Tyler sospechaba algo?, era ridículo no había razón para sospechar nada, ella había sido cuidadosa.
Organizó documentos en la sala de juntas, respondió correos, incluso prefirió bajar escaleras cargando cajas antes que pedir ayuda.
Cada vez que escuchaba pasos firmes en el pasillo, se detenía, contenía la respiración… y se escondía detrás de la primera puerta disponible.
Tyler no podía verla así, porque él siempre notaba cosas, Tyler no era tonto.
Tyler por otro lado, tenía una interrogante en la cabeza que no lo dejaba pensar, y sin duda ya había notado que ella se estaba escondiendo.
Su secretaria torpe, siempre presente, siempre nerviosa alrededor de él, de pronto no aparecía por ningún lado.
No traía los informes, no tocaba la puerta, no pedía indicaciones.
Nada.
Tyler miró su reloj, irritado, volvió a revisar su agenda. ¿Dónde demonios se había metido?
Finalmente, decidió buscarla.
La encontró en la sala de archivo, de espaldas, reorganizando carpetas que claramente no necesitaban reorganizarse. Lo hacía con demasiada atención, como si su vida dependiera de ello.
Tyler se apoyó en el marco de la puerta.
—Bianca.
Ella se congeló. —S… sí, señor —dijo sin girarse.
Ese “señor” tembloroso le recorrió la piel.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó él, avanzando un paso—. Esto no es parte de tus tareas esta mañana.
—Pensé que… podía ayudar —respondió ella, inventando la excusa torpemente. No se atrevió a verlo.
Tyler entrecerró los ojos.
—Bianca —repitió, más despacio—. Mírame.
Ella tragó saliva, obligándose a girarse.
Y ahí estaba él:
Alto, serio, con esa mirada profunda que siempre la desarmaba…
Y que ahora llevaba un filo de inquietud.
—¿Qué ocurre? —preguntó Tyler, con un tono demasiado suave para ser él—. Me estás evitando.
Bianca sintió un vuelco en el estómago. —No… no lo estoy evitando —mintió pésimamente. —Ya le envié todo lo que me pidió a su correo, y la agenda está libre el día de hoy, ¿Necesita que haga algo?.
Tyler dio un paso más, estaba demasiado cerca ahora, lo suficiente para sentir su respiración.
—¿Va a ser un problema estar en la misma habitación que yo?.
Bianca bajó la mirada al suelo.
—¿Qué?. No, para nada, no se a que se refiere.
Tyler levantó suavemente su barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo.
—Si tanto te incomodo lo de la otra noche, solo olvidémoslo.
Su tono no era el de un jefe.
Era el del hombre que ella dominaba todas las noches, cediendo, haciendo lo que fuera por hacerla sentir bien.
Bianca sintió calor subiendo por su cuello, ¿Qué le pasaba estos días?, ¿En que pensaba Tyler?, ¿Qué quería lograr?.
—Vuelve a tu lugar, necesito a mi secretaria, si no te veo en tu escritorio me pongo ansioso.
Esa noche, Bianca cerró la puerta de su apartamento y se apoyó contra ella, dejando que el frasco de perfume que Tyler le había regalado rodara por la alfombra. Tenía las manos entumecidas.
—Esto es una locura —susurró para la habitación vacía.
Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. Lo que más la asustaba no era que Tyler estuviera cerca de descubrirla, sino que ella quería que la descubriera. Le gustaba el juego. Le gustaba entrar a la oficina y sentir la mirada posesiva de Tyler quemándole la espalda. Le gustaba incluso que él le diera órdenes bruscas, porque ahora sabía que ese mismo hombre, horas después, besaría el suelo por donde ella caminaba.
Se sentó en el sofá, mirando el techo. Se sorprendió a sí misma repasando mentalmente la agenda de Tyler, no por deber, sino por el placer de saber dónde estaría cada minuto del día. Se estaba enamorando del peligro, y lo peor de todo, se estaba enamorando de la dualidad de Tyler.