El martes amaneció con un cielo gris plomo sobre Nueva York. Bianca llegó a la oficina con su armadura habitual: traje gris, café en mano y la mirada baja. Pero el ambiente no era el de siempre. Había un movimiento inusual de asistentes y un aroma a perfume floral caro que no pertenecía a nadie del equipo habitual.
En recepción, las dos mujeres que se encargaban de regalarles su mejor sonrisa a todo el que llegara, estaban algo tensas.
—Buenos días— dijo Bianca como cualquier otro día. —¿Hay correspondencia para presidencia?.
—Buen día Bianca, si, llegó esto— dijo la recepcionista y le dio una caja pequeña que decía frágil, eran las tazas qué ella misma había ordenado.
—Gracias, ¿Qué pasa hoy?—Preguntó ella mirando al grupo de hombres trajeados qué iban de la cafetería al elevador hablando un Francés perfecto.
—Oh, el señor Hale ya llegó, pero no llegó solo.
Bianca solo asintió, ¿No había llegado solo?, no le dijo que tendría visitas, era raro, subió a su piso y fue a dejar sus cosas en su escritorio, tomó la agenda y fue a la oficina del jefe, pero él no estaba ahí, no había llegado aun.
“Debe estar en la sala de juntas, o molestando a algún otro departamento”.
No le dio tanta importancia y fue a su escritorio, no tenia llamadas, ni mensajes, lo cual quería decir que él no la necesitaba, aún.
Tyler Hale, entró a las 9:15 AM, flanqueado por una mujer que Bianca no conocía. Era Victoria Vaughn, una alta ejecutiva de la sede de Londres. Victoria era impecable: cabello rubio platino recogido en un moño perfecto, un traje de sastre blanco que gritaba autoridad y una sonrisa más que perfecta.
Al pasar frente al escritorio de Bianca, Tyler ni siquiera se molestó en verla.
—López, prepara la sala de juntas pequeña, reúne a los gerentes, y dile a Marcus que no llegue tarde. La señora Vaughn y yo tenemos que revisar la fusión de Reino Unido. Y cancela mis llamadas de la mañana, no quiero interrupciones de ningún tipo —ordenó Tyler con una frialdad mecánica, sin dedicarle ni una mirada de soslayo.
Victoria, en cambio, se detuvo un segundo frente a Bianca. La recorrió de arriba abajo con una mirada analítica, casi despectiva, como quien evalúa el mobiliario de la oficina.
—¿Ella es tu secretaria?—preguntó Victoria con un acento británico afilado—. Parece… eficiente.
—Es útil —respondió Tyler desde la puerta de su oficina, con una voz que sonó como un portazo—. Entra, Victoria. Tenemos mucho que discutir.
Bianca se quedó petrificada frente a su computadora. “Útil”. Esa fue la palabra que usó. Útil.
Mientras preparaba la sala de juntas, sintió una punzada de algo que no quería admitir: ¿eran celos o simplemente irritación profesional? Victoria no era una secretaria; era una igual a Tyler, alguien que hablaba su mismo idioma de millones y adquisiciones.
En la sala de juntas duraron alrededor de dos horas, hasta que por fin todos salieron, luciendo profesionales.
Tyler y Victoria, hablaban con esa confianza que a Bianca le resultaba irritante, los vio encerrarse en la oficina de Tyler. A través del cristal esmerilado, Bianca solo podía ver sus siluetas moviéndose cerca, hasta que Tyler cerró las persianas.
“Imbécil”.
La tensión en el piso se podía cortar con un cuchillo. Bianca estaba en su escritorio, intentando concentrarse en una hoja de cálculo, pero sus oídos estaban afinados al máximo, captando cada risa amortiguada que salía de la oficina de Tyler.
De repente, el intercomunicador cobró vida.
—López, traiga los archivos del proyecto de expansión y dos aguas minerales. —la voz de Tyler era lacónica, desprovista de cualquier calidez.
—En seguida señor.
Cuando Bianca entró, se encontró con una escena que la hizo apretar los dientes. Tyler y Victoria estaban inclinados sobre la mesa que Tyler tenía en un rincón, ahí, él solía revisar planos, ellos estaban tan cerca que sus hombros casi se rozaban. Victoria señalaba un gráfico con una pluma estilográfica de oro, y Tyler asentía, escuchándola con una atención que rara vez le dedicaba a nadie.
—Aquí tiene, señor Hale —dijo Bianca, dejando las botellas con una precisión quirúrgica sobre una mesita de centro.
Tyler ni siquiera la miró.
—Gracias. Puede retirarse.—sentenció él, volviendo a sumergirse en la conversación con Victoria.
Bianca se dio la vuelta, pero antes de llegar a la puerta, la voz de Victoria la detuvo, no para hablarle a ella, sino para lanzar una invitación que sonó como un desafío directo al aire.
—Por cierto, Tyler —dijo Victoria, reclinándose en su silla con una elegancia felina y una sonrisa de suficiencia—, sé que tu agenda es un caos, pero, necesito tu ayuda. Acabo de hablar con los representantes de la nueva firma de corretaje de Seattle. Es un contrato enorme, y resulta que el director general es un fanático del tenis. Quiere cerrar el trato con un partido amistoso hoy, dentro de…dos horas exactamente.
Tyler la miró con una ceja arqueada.
—Y… ¿cuál es el problema?.
—Su esposa también juega. El partido es dobles mixtos, Tyler. Yo… no tengo acompañante. Mi compañero habitual no pudo venir conmigo—Hizo una pausa dramática, acercándose más a él y clavando sus ojos en los suyos—. Tienes que acompañarme tú. Seríamos invencibles. Y además… —bajó la voz, con un tono sugerente—, me encantaría verte en un ambiente más relajado.
Tyler levantó la vista de los informes, y por un segundo, la máscara de frialdad que había mantenido todo el día flaqueó ante la sorpresa. Esbozó una sonrisa diplomática, de esas que reservaba para los socios de alto nivel, pero negó suavemente con la cabeza.
—Tengo una montaña de auditorías pendientes que no se van a revisar solas —respondió él, con un tono amable que Bianca rara vez escuchaba en la oficina—. Además, no estoy seguro de estar en forma. Quizá pueda buscar quien te ayude.
Victoria no se inmutó. Se reclinó en su silla, entrelazando sus dedos con una elegancia calculada, y sostuvo la mirada de Tyler con una confianza desafiante.
—Oh, vamos, Tyler. No me puedes dejar sola en esto, y yo te veo muy en forma —insistió ella, con una nota de burla juguetona en la voz—. Te lo pido por favor, ayúdame.
Tyler soltó un suspiro corto, mirando de reojo la pila de papeles que Bianca acababa de dejar y luego a Victoria. El silencio se prolongó unos segundos, una batalla silenciosa de voluntades en la que Victoria parecía llevar la delantera.
—Está bien, iré contigo —cedió Tyler finalmente, cerrando la carpeta frente a él con un gesto decidido—. Pero no te decepciones si no doy el ancho. López, mueva mi reunión de las seis para mañana a primera hora. Estaré en el club campestre con la señora Vaughn.
Bianca apretó el pomo de la puerta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Ver a Victoria, con esa seguridad de clase alta y esa sonrisa perfectamente ensayada, manejar la voluntad de Tyler con un par de frases sugerentes hizo que algo en su interior se rompiera. No era solo la secretaria eficiente la que estaba allí; por un segundo, la sombra de Nyx se asomó a través de sus ojos, gélida y desafiante.
Se giró lentamente, ignorando la presencia de Victoria por completo, y clavó su mirada en los ojos verdes de Tyler.
—Señor Hale —dijo, y su voz no sonó sumisa, sino cargada de una vibración metálica que detuvo a Tyler en seco—. El informe de la fusión de Londres tiene que estar en el servidor de la junta antes de medianoche. Es un trabajo que no se puede posponer bajo ninguna circunstancia.
Tyler arqueó una ceja, sorprendido por el tono. Bianca dio un paso hacia él, sosteniéndole el desafío visual.
—¿Está seguro de que quiere irse ahora? — preguntó ella.
Ese “¿Está seguro?” no fue una pregunta; fue un reto directo, una bofetada de realidad que sonó peligrosamente parecida a las órdenes que él recibía por la noche. Tyler sintió una chispa repentina, un calor que empezó a incendiarlo por dentro al reconocer, por un instante, esa misma chispa de insubordinación que tanto lo obsesionaba. El aire en el despacho se volvió tan denso que Victoria, por un momento, pareció desaparecer del cuadro.
Sin embargo, Tyler recuperó su máscara de hierro en un segundo. No podía permitir que su secretaria le dictara la agenda, y mucho menos frente a una igual como Victoria. Se enderezó, recuperando ese toque de frialdad absoluta que lo caracterizaba.
—Completamente seguro, López —respondió él, cortando la tensión con la frialdad de un bisturí—. Usted es lo suficientemente eficiente como para encargarse de ese informe sola. Revíselo dos veces y asegúrese de que el servidor lo reciba a tiempo. Se le pagarán horas extras por las molestias.
Volvió a mirar a Victoria, dándole la espalda a Bianca de forma definitiva.
—Vámonos, Victoria. Tenemos tiempo para hacer una parada rápida, tengo que pasar por algo.
Bianca salió de la oficina con un fuego en el pecho que la quería hacer gritar, los miró salir unos minutos después y la pluma entre sus manos casi se rompió. “Horas extras”. La estaba tratando como a una empleada a la que se le compra el tiempo, mientras él se iba a “sudar” con otra.